»—?Que te pasa…? —Se me acerco mirandome a la cara—. ?Que es lo que siempre ha estado pasando? ?Por que miras de ese modo el craneo, el guante?

»Hizo esta pregunta con delicadeza…, pero no con la suficiente. Habia un leve calculo en su voz, una indiferencia inalcanzable.

»—Te necesito —le dije sin querer decirlo—. No puedo soportar el perderte. Eres la unica companera que he tenido en la inmortalidad.

»Pero, ?por cierto que debe haber otros! ?Sin duda no somos los unicos vampiros de la Tierra! —le oi decir, como yo lo habia dicho, se lo oi con mis propias palabras, que volvian a mi en la marea de su toma de conciencia, de su busqueda.

»Pero no hay dolor —pense de improviso—. Hay urgencia, una urgencia despiadada.

»—?Acaso no eres como yo? —pregunto, mirandome de frente—. ?Tu me has ensenado todo lo que se!

»—Lestat te enseno a matar. —Recogi el guante—. Aqui tienes, vamos…, salgamos. Quiero salir…

»Yo tartamudeaba y trate de ponerle los guantes. Levante la gran masa de rizos de sus cabellos y los arregle sobre el cuello del abrigo.

»—?Pero tu me ensenaste a ver! —me dijo—. Tu me ensenaste las palabras ojos de vampiro —continuo ella—. Tu me ensenaste a beberme el mundo, a tener hambre de algo mas que…

»—Nunca quise que esas palabras ojos de vampiro tuvieran el significado que tu les das —le dije—. Suenan distintas cuando tu las pronuncias. —Ella me tiraba de la manga tratando de que yo la mirase—. Vamos —le dije—. Tengo que mostrarte algo…

»Y rapidamente la hice pasar por el corredor y las escaleras en espiral y a traves del patio a oscuras. Pero yo no sabia lo que tenia que mostrarle ni a donde me dirigia. Unicamente que tenia que ir, con un instinto sublime y condenado.

»Pasamos deprisa por la ciudad en las primeras horas de la noche; el cielo mostraba ahora un palido violeta y las nubes habian desaparecido; el aire a nuestro alrededor era fragante, aun cuando nos alejamos de los jardines espaciosos hacia esas callejuelas angostas y pobres donde las flores estallan en las grietas de las piedras y las inmensas adelfas brotan con gruesos y resinosos tallos blancos y rosados, como una hierba monstruosa, en los terrenos baldios. Oia el staccato de los pasos de Claudia a mi lado mientras se apresuraba siguiendome, sin pedirme en ningun momento que aminorara la marcha; y finalmente llego con su cara de infinita paciencia a una calle angosta y oscura donde aun habia unas pocas casas francesas antiguas entre las fachadas espanolas, unas antiguas casitas con el yeso carcomido. Yo habia encontrado la casa con un esfuerzo ciego, consciente de que siempre habia sabido donde estaba y que siempre la habia evitado; que siempre habia girado en el farol de la esquina sin querer pasar por la ventana baja donde habia oido llorar a Claudia por primera vez. La casa estaba en silencio. Mas hundida que en aquellos tiempos, la entrada cruzada por cuerdas para colgar la ropa, las hierbas altas entre los bajos cimientos, las dos ventanas rotas y emparchadas con telas. Toque las persianas.

»—Aqui fue donde te vi por primera vez —le dije, pensando contarselo todo para que ella comprendiese, pero sintiendo aun la frialdad de su mirada, de su expresion—. Te oi llorar. Estabas en esa habitacion con tu madre. Y tu madre estaba muerta. Hacia dias que lo estaba y tu no lo sabias. Te aferrabas a ella, gimiendo…, llorando lastimeramente, y vi tu cuerpo blanco, febril y hambriento. Tratabas de despertarla de la muerte, te aferrabas a ella en busca de calor, por miedo. Era casi la manana y… —Me lleve las manos a las sienes—. Abri las persianas… Entre en la habitacion. Senti lastima por ti. Lastima, pero tambien… algo mas.

»Vi que abria los labios, los ojos.

»—Tu… ?te alimentaste de mi? —susurro—. ?Yo fui tu victima!

»—Si —le dije—. Lo hice.

»Hubo un momento tan elastico y doloroso que fue casi insoportable. Se quedo inmovil en las sombras, y sus ojos inmensos se concentraron en la oscuridad; el aire calido se elevo de repente, suavemente. Entonces dio media vuelta. Oi el sonido de sus zapatos mientras corria. Y corrio, corrio… Me quede petrificado, oyendo los sonidos cada vez mas debiles. Y, entonces, gire; se desato en mi el miedo, miedo creciente, enorme e insuperable, y corri detras de ella. Era impensable que no pudiera alcanzarla, que no la alcanzara de inmediato y le dijera que la amaba, que debia tenerla, debia conservarla. Y cada segundo que corri por la callejuela a oscuras era como alejarme de mi gota a gota; mi corazon latia, hambriento, latiendo y resonando y rebelandose contra el esfuerzo. Hasta que, subitamente, me detuve. Ella estaba bajo un farol de la calle, mirando, muda, como si no me conociera. La tome de la pequena cintura con ambas manos y la levante hasta la luz. Ella me estudio con su rostro contorsionado, la cabeza de costado como si no quisiera mirarme directamente, como si debiera reflejar una abrumadora sensacion de repulsion.

»—Tu me mataste —susurro—. ?Tu me robaste la vida!

»—Si —le dije, cogiendola de la mano para poder sentir los latidos de su corazon—. Mas bien trate de hacerlo. Beberte la vida. Pero tenias un corazon como ningun otro que yo hubiera oido, un corazon que latia y latia hasta que tuve que dejarte, tuve que alejarte de mi a menos que aceleraras mi pulso hasta causar mi muerte. Y Lestat me encontro; a mi, a Louis, el sentimental, el tonto, dandose un banquete con una nina de cabellos dorados, una Inocente Sagrada, una nina pequenita. Te trajo del hospital donde te habian llevado y yo nunca supe lo que pensaba hacer, salvo lo que intui. “Tomala, terminala”, dijo el. Volvi a sentir la pasion. Oh, ya se que te he perdido ahora para siempre. ?Lo puedo ver en tus ojos! Me miras como a los mortales, desde lejos, desde una fria region de autosuficiencia que no puedo entender. Pero yo lo hice. Volvi a sentir por ti un hambre vil e insoportable, quise tu martilleante corazon, esta mejilla, esta piel. Eras rosada y fragante como los ninos mortales, dulce con la pizca de sal y de polvo. Te volvi a poseer. Y cuando pense, sin que eso me importara, que tu corazon me mataria, el nos separo y, abriendose su propia muneca, te dio de beber. Y tu bebiste. Bebiste y bebiste hasta que casi lo desangraste y el quedo debilitado. Pero entonces ya eras una vampira. Esa misma noche, bebiste sangre humana y, desde entonces, lo has hecho cada noche.

»Su rostro no habia cambiado. Su piel era como la cera de las velas; unicamente sus ojos tenian vida. No habia nada mas que decirle. La baje al suelo.

»—Te tome la vida —dije—. El te la devolvio.

»—Y aqui esta —dijo entre dientes—. ?Y os odio a los dos!

El vampiro se detuvo.

—Pero, ?por que se lo conto usted? —pregunto el muchacho despues de una pausa respetuosa.

—?Como podia no decirselo? —El vampiro lo miro con cierta perplejidad—. Tenia que saberlo. Tenia que sopesar una cosa con la otra. No era como si Lestat le hubiera sacado toda la vida como lo habia hecho conmigo; yo la habia atacado. ?Se hubiera muerto! No hubiera tenido ninguna vida mortal. Pero ?que importancia tiene? Para todos nosotros es una cuestion de anos. ?Morir! Entonces lo que ella vio mas graficamente fue lo que sabian todos los hombres: que la muerte llega inevitable a menos que uno elija… ?esto!

Abrio las manos y se miro las palmas.

—?Y la perdio? ?Se fue?

—?Irse! ?Adonde podria haberse ido? Era una nina no mas grande que esto. ?Quien la hubiera hospedado? ?Hubiera encontrado una tumba, como un mitico vampiro, para echarse entre los gusanos y las hormigas y para levantarse y vagar por algun pequeno cementerio y sus alrededores? Pero esa no fue la razon para que no se fuera. Habia algo en ella que estaba pegado a mi como toda ella podria haberlo estado. Lo mismo le sucedia a Lestat. ?No podian soportar vivir solos! ?Necesitabamos nuestra compania! Una multitud de mortales nos rodeaba, empujando, ciegos, preocupados, y eran los consortes de la muerte. “Unidos en el odio”, me dijo ella despues con calma. La encontre en el hogar vacio recogiendo los gajos pequenos de una alhucema. Me senti tan aliviado de verla alli que hubiera hecho cualquier cosa, hubiera dicho cualquier cosa. Y cuando la oi que me preguntaba si le contaria todo lo que yo sabia, lo hice, contento. Porque todo el resto no era nada comparado con ese viejo secreto: que yo le habia arrebatado la vida. Le conte de mi lo que te he contado a ti. Como llego Lestat y lo que sucedio la noche que el la saco del hospital. No hizo preguntas y, de tanto en tanto, alzaba la mirada de esas flores. Entonces, cuando hube terminado y estaba alli sentado mirando aquella calavera miserable de la chimenea y oyendo el suave sonido de los petalos de las flores que caian en su falda y sintiendo un dolor sordo en mis miembros y en mi cabeza, ella me dijo:

»—?No te detesto a ti!

»Me desperte. Ella salto de los altos almohadones de damasco y vino hacia mi, cubierta por el aroma de las

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