»—?Que te pasa…? —Se me acerco mirandome a la cara—. ?Que es lo que
»Hizo esta pregunta con delicadeza…, pero no con la suficiente. Habia un leve calculo en su voz, una indiferencia inalcanzable.
»—Te necesito —le dije sin querer decirlo—. No puedo soportar el perderte. Eres la unica companera que he tenido en la inmortalidad.
»
»Pero no hay dolor —pense de improviso—. Hay urgencia, una urgencia despiadada.
»—?Acaso no eres como yo? —pregunto, mirandome de frente—. ?Tu me has ensenado todo lo que se!
»—Lestat te enseno a matar. —Recogi el guante—. Aqui tienes, vamos…, salgamos. Quiero salir…
»Yo tartamudeaba y trate de ponerle los guantes. Levante la gran masa de rizos de sus cabellos y los arregle sobre el cuello del abrigo.
»—?Pero tu me ensenaste a ver! —me dijo—. Tu me ensenaste las palabras
»—Nunca quise que esas palabras
»Y rapidamente la hice pasar por el corredor y las escaleras en espiral y a traves del patio a oscuras. Pero yo no sabia lo que tenia que mostrarle ni a donde me dirigia. Unicamente que tenia que ir, con un instinto sublime y condenado.
»Pasamos deprisa por la ciudad en las primeras horas de la noche; el cielo mostraba ahora un palido violeta y las nubes habian desaparecido; el aire a nuestro alrededor era fragante, aun cuando nos alejamos de los jardines espaciosos hacia esas callejuelas angostas y pobres donde las flores estallan en las grietas de las piedras y las inmensas adelfas brotan con gruesos y resinosos tallos blancos y rosados, como una hierba monstruosa, en los terrenos baldios. Oia el
»—Aqui fue donde te vi por primera vez —le dije, pensando contarselo todo para que ella comprendiese, pero sintiendo aun la frialdad de su mirada, de su expresion—. Te oi llorar. Estabas en esa habitacion con tu madre. Y tu madre estaba muerta. Hacia dias que lo estaba y tu no lo sabias. Te aferrabas a ella, gimiendo…, llorando lastimeramente, y vi tu cuerpo blanco, febril y hambriento. Tratabas de despertarla de la muerte, te aferrabas a ella en busca de calor, por miedo. Era casi la manana y… —Me lleve las manos a las sienes—. Abri las persianas… Entre en la habitacion. Senti lastima por ti. Lastima, pero tambien… algo mas.
»Vi que abria los labios, los ojos.
»—Tu… ?te alimentaste de mi? —susurro—. ?Yo fui tu victima!
»—Si —le dije—. Lo hice.
»Hubo un momento tan elastico y doloroso que fue casi insoportable. Se quedo inmovil en las sombras, y sus ojos inmensos se concentraron en la oscuridad; el aire calido se elevo de repente, suavemente. Entonces dio media vuelta. Oi el sonido de sus zapatos mientras corria. Y corrio, corrio… Me quede petrificado, oyendo los sonidos cada vez mas debiles. Y, entonces, gire; se desato en mi el miedo, miedo creciente, enorme e insuperable, y corri detras de ella. Era impensable que no pudiera alcanzarla, que no la alcanzara de inmediato y le dijera que la amaba, que debia tenerla, debia conservarla. Y cada segundo que corri por la callejuela a oscuras era como alejarme de mi gota a gota; mi corazon latia, hambriento, latiendo y resonando y rebelandose contra el esfuerzo. Hasta que, subitamente, me detuve. Ella estaba bajo un farol de la calle, mirando, muda, como si no me conociera. La tome de la pequena cintura con ambas manos y la levante hasta la luz. Ella me estudio con su rostro contorsionado, la cabeza de costado como si no quisiera mirarme directamente, como si debiera reflejar una abrumadora sensacion de repulsion.
»—Tu me mataste —susurro—. ?Tu me robaste la vida!
»—Si —le dije, cogiendola de la mano para poder sentir los latidos de su corazon—. Mas bien trate de hacerlo. Beberte la vida. Pero tenias un corazon como ningun otro que yo hubiera oido, un corazon que latia y latia hasta que tuve que dejarte, tuve que alejarte de mi a menos que aceleraras mi pulso hasta causar mi muerte. Y Lestat me encontro; a mi, a Louis, el sentimental, el tonto, dandose un banquete con una nina de cabellos dorados, una Inocente Sagrada,
»Su rostro no habia cambiado. Su piel era como la cera de las velas; unicamente sus ojos tenian vida. No habia nada mas que decirle. La baje al suelo.
»—Te tome la vida —dije—. El te la devolvio.
»—Y aqui esta —dijo entre dientes—. ?Y os odio a los dos!
El vampiro se detuvo.
—Pero, ?por que se lo conto usted? —pregunto el muchacho despues de una pausa respetuosa.
—?Como podia no decirselo? —El vampiro lo miro con cierta perplejidad—. Tenia que saberlo. Tenia que sopesar una cosa con la otra. No era como si Lestat le hubiera sacado toda la vida como lo habia hecho conmigo; yo la habia atacado. ?Se hubiera muerto! No hubiera tenido ninguna vida mortal. Pero ?que importancia tiene? Para todos nosotros es una cuestion de anos. ?Morir! Entonces lo que ella vio mas graficamente fue lo que sabian todos los hombres: que la muerte llega inevitable a menos que uno elija… ?esto!
Abrio las manos y se miro las palmas.
—?Y la perdio? ?Se fue?
—?Irse! ?Adonde podria haberse ido? Era una nina no mas grande que esto. ?Quien la hubiera hospedado? ?Hubiera encontrado una tumba, como un mitico vampiro, para echarse entre los gusanos y las hormigas y para levantarse y vagar por algun pequeno cementerio y sus alrededores? Pero esa no fue la razon para que no se fuera. Habia algo en ella que estaba pegado a mi como toda ella podria haberlo estado. Lo mismo le sucedia a Lestat. ?No podian soportar vivir solos! ?Necesitabamos nuestra compania! Una multitud de mortales nos rodeaba, empujando, ciegos, preocupados, y eran los consortes de la muerte. “Unidos en el odio”, me dijo ella despues con calma. La encontre en el hogar vacio recogiendo los gajos pequenos de una alhucema. Me senti tan aliviado de verla alli que hubiera hecho cualquier cosa, hubiera dicho cualquier cosa. Y cuando la oi que me preguntaba si le contaria todo lo que yo sabia, lo hice, contento. Porque todo el resto no era nada comparado con ese viejo secreto: que yo le habia arrebatado la vida. Le conte de mi lo que te he contado a ti. Como llego Lestat y lo que sucedio la noche que el la saco del hospital. No hizo preguntas y, de tanto en tanto, alzaba la mirada de esas flores. Entonces, cuando hube terminado y estaba alli sentado mirando aquella calavera miserable de la chimenea y oyendo el suave sonido de los petalos de las flores que caian en su falda y sintiendo un dolor sordo en mis miembros y en mi cabeza, ella me dijo:
»—?No te detesto a ti!
»Me desperte. Ella salto de los altos almohadones de damasco y vino hacia mi, cubierta por el aroma de las
