»Se alejo de nosotros, pero nos indico que lo siguieramos en la oscuridad, donde los demas estaban reunidos, reunidos como remotas estatuas de marmol, con sus caras y manos demasiado iguales a las nuestras. Entonces tuve la fuerte sensacion de descubrir hasta que punto proveniamos todos del mismo material, una idea que solo se me habia ocurrido de vez en cuando en todos los largos anos de Nueva Orleans; y me preocupo en especial cuando vi a dos mas de ellos reflejados en los largos espejos que rompian la densidad de esos horribles murales.
»Claudia parecio despertarse cuando encontre una silla de roble tallado y alli me sente. Se inclino hacia mi y dijo algo extranamente incoherente que me dio la sensacion de significar que debia hacer lo que habia dicho Armand: no decir una palabra sobre nuestros origenes. Quise hablar con ella, pero pude ver al vampiro de alta estatura, Santiago, vigilandonos, con sus ojos moviendose lentamente de Armand a nosotros. Varias vampiras se reunieron alrededor de Armand y senti un tumulto de sentimientos cuando las vi pasar, abrazandolo por la cintura. Y lo que me dejo perplejo no fue su forma exquisita, sus facciones delicadas y sus manos graciosas, endurecidas como el cristal por su naturaleza vampirica, ni sus ojos perturbadores que ahora se fijaron en mi en subito silencio; lo que me dejo perplejo fueron mis propios celos descomunales. Tenia miedo cuando las vi tan cerca de el, temi cuando el se dio vuelta y beso a cada una. Y, a medida que las acercaba a mi, me senti inseguro y confuso.
»Estelle y Celeste son los nombres que recuerdo. Bellezas de porcelana que acariciaron a Claudia con la licencia de los ciegos; pasaban sus manos sobre el radiante pelo, tocaban sus labios, mientras ella, aun brumosa y distante, lo toleraba todo, sabedora de lo que yo tambien sabia y que ellas parecian no comprender: que una mente de mujer tan madura y penetrante como las propias vivia dentro de ese cuerpo pequeno. Me pregunte mientras ella era mimada y les mostraba sus faldas y sonreia friamente ante su adoracion, cuantas veces yo tambien debia haberme olvidado; cuantas veces le debia haber hablado como a una nina, llevado a mis brazos con el abandono de un adulto. Mi mente se disparo en tres direcciones: la ultima noche en el Hotel Saint-Gabriel, que parecia un ano atras, cuando ella hablo de amor con rencor; mi lacerante sorpresa ante las revelaciones de Armand o su carencia de revelaciones, y, en una quieta absorcion, en los vampiros a mi alrededor, quienes susurraban en la oscuridad debajo de los grotescos murales.
Porque yo podia aprender mucho de los vampiros sin hacerles una sola pregunta; la vida vampirica en Paris quizas era todo lo que me temia que era, todo lo que nos habia indicado ese pequeno espectaculo en el teatro.
»Las luces mortecinas eran obligadas, y las pinturas, apreciadas en su totalidad, eran aumentadas casi cada noche cuando un vampiro traia un nuevo grabado o pintura hecho por un artista contemporaneo. Celeste, con una mano fria sobre mi brazo, hablo de los hombres con desprecio como creadores de esas imagenes; y Estelle, que ahora tenia a Claudia en sus rodillas, me puso de manifiesto, a mi, el inocente criollo, que los vampiros no habian hecho esos horrores sino que, simplemente, los habian coleccionado, confirmando una y otra vez que los hombres eran capaces de un mal mucho mayor que los vampiros.
»—?Es un mal hacer esas imagenes? —pregunto suavemente Claudia.
»Celeste tiro hacia atras sus rizos negros y se rio:
»—Lo que podemos imaginarnos, puede realizarse —contesto rapidamente, pero sus ojos reflejaron cierta hostilidad contenida—. Por supuesto, nosotros competimos con los hombres en crimenes de toda laya.
»Santiago se acerco y saco el tema de nuestras habitaciones en el Hotel Saint-Gabriel; terriblemente inseguro, dijo, con un exagerado gesto escenico de sus manos. Y demostro un conocimiento de esas habitaciones que fue aterrador. Conocia el armario en el que dormiamos; le parecia vulgar.
»Me senti vagamente horrorizado de que mi frances tuviera ese acento, pero esa no fue mi preocupacion inmediata. El tenia una voluntad poderosa y era extremadamente posesivo, y me arrojo encima una imagen de esa posesion que broto en mi de inmediato. Y, mientras tanto, los vampiros a nuestro alrededor continuaban hablando; Estelle explico que el negro era el color de la ropa de los vampiros; que el encantador vestido de Claudia era hermoso pero carente de gusto.
»—Nosotros nos mezclamos con la noche —dijo—. Tenemos un resplandor funereo.
»Y entonces, poniendo su mejilla contra la de Claudia, se rio para amenguar su critica; y Celeste tambien se rio, asi como Santiago, y la habitacion cobro vida con el tintineo sobrenatural de sus risas: las veces sobrenaturales que repiqueteaban contra las paredes pintadas y avivaban las debiles llamas de las velas.
»—Ah, pero hay que cubrir estos rizos —dijo Celeste, jugueteando con el pelo rubio de Claudia. Y entonces me di cuenta de algo que era absolutamente obvio: todos se habian tenido de negro sus cabellos con la excepcion de Armand. Y eso era lo que junto a las negras vestimentas daba la perturbadora impresion de que eramos estatuas del mismo cincel y de las mismas pinceladas. No puedo decir cuanto me impresiono ese hecho. Parecio tocar algo en mi interior, algo que yo no podia averiguar del todo.
»Me encontre mirando uno por uno los espejos angostos y observando a todos por encima de sus hombros. Claudia brillaba como una joya; lo mismo le sucederia a ese chico mortal que dormia en la habitacion de abajo. Tome conciencia de que los encontraba opacos de una manera espantosa: opacos, todos opacos dondequiera que yo mirara; sus brillantes ojos de vampiros se repetian, su ingenio era opaco como una campana de laton.
»Unicamente el conocimiento que necesitaba distrajo esos pensamientos.
»—Los vampiros del este de Europa… —dijo Claudia—, esas criaturas monstruosas, ?que relacion tienen con nosotros?
»—Unos espectros —contesto suavemente Armand desde lejos, jugando con sus perfectos oidos sobrenaturales, que podian oir lo que era mas mudo que un susurro. La habitacion quedo en silencio—. Su sangre es diferente, vil. Aumentan como nosotros, pero sin habilidad ni cuidado. En los viejos tiempos…
«Abruptamente dejo de hablar. Pude ver su rostro en el espejo. Estaba extranamente rigido.
»—Cuenta de los viejos tiempos —dijo Celeste, con su voz chillona con un tono humano. Habia algo sordido en su voz.
»Y entonces Santiago tambien hablo con tono provocador:
»—Si, cuentanos de los aquelarres y de las hierbas que nos harian invisibles —sonrio—. ?Y de las cremaciones en la estaca!
»Armand fijo sus ojos en Claudia.
»—Cuidate de estos monstruos —dijo, y sus ojos, de forma deliberada, pasaron de Celeste a Santiago—. Estos espectros te atacaran como si fueras humana.
»Celeste se estremecio, murmurando algo con desprecio; una aristocrata hablando de primos vulgares que llevaban el mismo nombre. Pero yo miraba a Claudia, cuyos ojos parecian tener las mismas brumas que antes. De repente, aparto la vista de Santiago.
»Las voces de los otros volvieron a oirse, como si conferenciaran entre ellos sobre las muertes de esa noche, describiendo este o aquel encuentro sin un indicio de emocion; los desafios a la crueldad surgian de vez en cuando como relampagos de luz blanca: un vampiro alto y delgado estaba arrinconado por una inutil narracion de vida humana, carente de espiritu, que le impedia hacer lo mas entretenido que se podia hacer en ese momento. Era simple, opaco, de palabra lenta, y caia en largos periodos de silencio estupefacto, como si, casi ahito de sangre, se pudiera meter ya en el ataud y permanecer alli. Y, no obstante, seguia escuchando, mantenido por la presion de su grupo anormal, que habia hecho de la inmortalidad un circulo de conformistas. ?Como lo habria averiguado Lestat? ?Habia estado con ellos? ?Por que se habia ido? Nadie habia imperado sobre Lestat; el habia sido el amo de su pequeno circulo, ?pero como habrian elogiado su inventiva, su juego felino con las victimas! Y la “perdida”…, esa palabra, ese valor que habia tenido suprema importancia para mi como vampiro novato y que tantas veces habia escuchado: Tu “perdiste” la oportunidad de matar a ese nino; tu “perdiste” la oportunidad de asustar a esa vieja o enloquecer a aquel hombre, lo que habria logrado una pequena prestidigitacion.
»La cabeza me daba vueltas. Un comun dolor de cabeza humano. Desee alejarme de esos vampiros. Unicamente la figura distante de Armand me clavaba en el sitio pese a sus advertencias. Ahora parecia remoto, aunque a menudo sacudia la cabeza y pronunciaba unas pocas palabras aqui y alli, de modo que parecia formar
