»—Te devolvere la vida —dijo, y los ojos le temblaron con la angustia de sus palabras, el pecho agitado y esa mano moviendose nuevamente y cerrandose impotente en la oscuridad—. Tu me prometiste —le dijo a Santiago— que lo podia volver a llevar a Nueva Orleans. —Y entonces, cuando miro a uno, y a otro, y a otro, se le agito aun mas la respiracion—. ?Claudia!, ?donde esta? ?Ella me lo hizo! ?Os lo dije!
»—Tiempo al tiempo —dijo Santiago. Y cuando se acerco a Lestat, este dio un paso atras y casi perdio el equilibrio. Encontro el brazo de sillon que necesitaba y se aferro a el, cerro los ojos y recupero el dominio de si mismo.
»—No —dijo—. Louis, debes regresar a mi lado. Hay algo que debo decirte… sobre aquella noche en el pantano… —Pero se detuvo y volvio a mirar en derredor como si estuviera enjaulado, herido, desesperado.
»—Escuchame, Lestat —dije—, tu la dejas ir, la dejas en libertad… y yo… volvere contigo —dije, y las palabras sonaron vacias, metalicas. Trate de dar un paso en su direccion, de hacerle leer mis ojos, hacer que de ellos emanara mi poder como dos rayos de luz. El me miraba; me estudiaba, luchando todo el tiempo contra su propia fragilidad. Celeste me cogio de la muneca—. Tu se lo debes decir —continue diciendo—: Como nos tratabas; que no conociamos las leyes; que ella no sabia de la existencia de otros vampiros.
»Yo pensaba sin cesar mientras esa voz mecanica salia de mi: “Armand volvera esta noche, Armand tiene que volver. El pondra fin a todo esto; no permitira de ningun modo que esto siga”.
»Se oyo el ruido de algo que arrastraban por el suelo. Pude oir el llanto exhausto de Madeleine. Mire en derredor y la vi en una silla y, cuando ella vio mis ojos, su miedo parecio aumentar. Trato de levantarse pero no se lo permitieron.
»—Lestat —dije—, ?que quieres de mi? Te lo dare…
»Y entonces vi lo que hacia ruido. Lestat tambien lo habia visto. Era un ataud con grandes cerrojos de hierro lo que arrastraban en la habitacion. Comprendi de inmediato.
»Lo que entonces sucedio fue desesperado, nebuloso y miserable; yo los pateaba, trataba de liberar los brazos, les aullaba que Armand no les permitiria hacer lo que estaban haciendo, que no osaran hacerle dano a Claudia. No obstante, me metieron en el ataud; mi esfuerzo frenetico solo sirvio para hacerme olvidar los sollozos de Madeleine, sus alaridos espantosos y el miedo de que en cualquier momento se le sumaran los gritos de Claudia. Recuerdo haberme levantado contra la tapa que me aplastaba y haberla mantenido un momento antes de que la cerraran encima de mi y trabasen los candados con gran ruido de metales y llaves.
»Unas palabras antiguas volvieron a mi, un Lestat estridente y sonriente en aquel sitio distante, ajeno a los peligros, donde nosotros tres habiamos peleado juntos: “Un nino hambriento es un espectaculo horrendo… Un vampiro hambriento es aun peor. Oirian sus gritos hasta en Paris”. Mi cuerpo empapado de sudor y tembloroso quedo tieso en el ataud sofocante, y me dije: “Armand no permitira que esto suceda; no hay ningun lugar en que me puedan esconder y quedar seguros”.
»Levantaron el ataud, hubo ruidos de pasos, y comenzo una oscilacion de lado a lado. Mis brazos estaban apretados contra los costados de la caja, y cerre los ojos quiza por un instante. Me dije a mi mismo que no debia tocar los costados ni sentir el estrecho margen de aire entre mi rostro y la tapa; note que el ataud se movia cuando los pasos llegaron a los escalones. En vano trate de distinguir los gritos de Madeleine, porque me parecio que lloraba por Claudia, que la llamaba como si ella nos pudiera ayudar: “Llama a Armand; el debe volver esta noche”, pense con desesperacion. Unicamente el pensamiento de la horrible humillacion de oir mi propio grito encerrado conmigo, inundando mis oidos pero encerrado conmigo, me hizo evitar que lo hiciera.
»Pero otra idea se apodero de mi incluso cuando aun fraseaba esas palabras: “?Y si no viene? ?Y si en algun sitio de aquella mansion tenia un ataud escondido al que volvia…?”. Y entonces mi cuerpo parecio escapar de repente, sin aviso previo, del dominio de mi mente, y golpee contra las maderas que me rodeaban, luche por darme vuelta y poner toda la fuerza de mi espalda contra la tapa del ataud. Pero no pude hacerlo; era demasiado estrecho y mi cabeza volvio a caer contra las planchas; el sudor me empapo la espalda y los costados.
»Dejaron de oirse los gritos de Madeleine. Lo unico que oia eran los pasos y mi propia respiracion. “Entonces, el vendra manana por la noche —si, manana por la noche— y ellos se lo diran y el nos encontrara y nos liberara.” El ataud se movia. Un olor a humedad me lleno la nariz; su frescura se hizo palpable a traves del calor cerrado del ataud; y, entonces, al olor a humedad se sumo el olor a tierra. Pusieron el ataud en el suelo. Me dolieron los miembros y me frote los brazos con las manos, tratando de no tocar la tapa del ataud para no sentir lo proxima que estaba, temeroso de que mi propio miedo degenerara en panico, en terror.
»Pense que entonces me dejarian solo, pero no lo hicieron. Estaban cerca, atareados, y me llego a la nariz otro olor que era crudo y desconocido. Entonces, cuando estaba echado, inmovil, me di cuenta de que estaban poniendo ladrillos y que el olor provenia del cemento. Lenta, cuidadosamente, subi una mano para secarme la cara. “Muy bien, entonces, manana por la noche”, razone conmigo mismo, y mis hombros parecieron crecer y apretarse contra los costados del ataud. “Vendra manana; y, hasta entonces, estos son, simplemente, los confines de mi propio ataud, el precio que he pagado por todo esto noche tras noche.”
»Pero las lagrimas me brotaron de los ojos y me vi golpeando la madera. La cabeza se me iba de un lado al otro y solo pensaba en manana y en la noche posterior. Y entonces, como para distraerme de toda esa locura, pense en Claudia, solo para sentir sus brazos en mi cuerpo a la luz mortecina de aquellas habitaciones del Hotel Saint-Gabriel, y solo pude imaginarme la curva de su mejilla a la luz, el movimiento languido y suave de sus cejas, la superficie sedosa de sus labios. Se me puso tenso el cuerpo y di puntapies contra las tablas. Habia desaparecido el ruido de los ladrillos y se alejaban los pasos de los vampiros. Grite su nombre: “?Claudia!”, hasta que me dolio todo el cuello. Hundi las unas en las palmas de mis manos, y lentamente, como una corriente helada, la paralisis del sueno se apodero de mi. Trate de llamar a Armand, tonta, desesperadamente, apenas consciente de la pesadez cada vez mayor de mis parpados y de mis manos inmoviles y de que el tambien estaria durmiendo en algun sitio, que el tambien descansaba en su cuarto. Lo intente una ultima vez. Mis ojos vieron la oscuridad, mis manos sintieron la madera. Pero estaba debil. Y entonces no hubo nada mas.
»Me desperto una voz —prosiguio el vampiro—. Era distante pero clara. Pronuncio mi nombre dos veces. Por un instante no supe donde estaba. Habia estado sonando; algo desesperado que amenazaba con desaparecer por completo sin dejar la menor pista acerca de lo que habia sido; y era algo terrible que yo estaba ansioso por dejar escapar. Entonces abri los ojos y senti la tapa del ataud. Recorde donde estaba en el mismo instante en que, misericordiosamente, supe que era Armand quien me llamaba. Le conteste, pero mi voz estaba encerrada conmigo y era ensordecedora. En un momento de terror, pense: “Me esta buscando y no puedo decirle que estoy aqui’’. Pero entonces escuche que me hablaba y que me decia que no tuviera miedo. Y oi un fuerte ruido. Y otro. Y hubo un sonido de algo que se rompia y luego la caida tumultuosa de los ladrillos. Me parecio que varios golpearon el ataud. Entonces oi que los levantaba uno por uno. Sono como si estuviera arrancando los candados por los tornillos.
»Se rompio la madera dura de la tapa. Un punto de luz brillo ante mis ojos. Respire a traves del mismo y senti que el sudor me empapaba la cara. La tapa se abrio y, por un instante, quede enceguecido; luego me sente viendo la luz brillante de una lampara a traves de mis dedos.
»—Deprisa —me dijo—. No hagas el menor ruido.
»—Pero, ?adonde vamos? —pregunte. Pude ver un pasillo de ladrillos que llegaba hasta la puerta que el habia roto. A lo largo del pasillo, habia puertas hermeticamente cerradas, tal como habia estado esta. De inmediato tuve una vision de ataudes detras de esos ladrillos, de vampiros muriendose de hambre y pudriendose alli. Pero Armand me levanto y me volvio a decir que no hiciera ruido; nos arrastramos por el pasillo. Se detuvo ante una puerta de madera y entonces apago la lampara. Por un instante todo quedo a oscuras hasta que, por debajo de la puerta, aparecio una luz. Abrio la puerta con tanto cuidado que los goznes no hicieron el menor
