chirrido. Ahora yo podia oir mi propia respiracion y trate de acallarla. Entramos por el pasillo inferior que llevaba a su celda. Pero corri detras de el y me di cuenta de una horrible verdad. El me estaba rescatando a mi, pero a mi unicamente. Estire una mano para detenerlo, pero el me empujo para que lo siguiera. Solo cuando estuvimos en el callejon al lado del Theatre des Vampires, pude detenerlo. Y aun entonces, estaba a punto de continuar andando. Empezo a sacudir la cabeza antes de que le hablara.

»—?No puedo salvarla! —exclamo.

»—Realmente, ?no esperaras que me vaya sin ella! ?Ellos la tienen alli! —Yo estaba horrorizado—. ?Armand, debes salvarla! ?No tienes otra posibilidad!

»—?Por que me dices eso? —me contesto—. Simplemente, no tengo el poder; lo debes comprender. Se levantaran contra mi. No hay ninguna razon para que no lo hagan. Louis, te lo repito, no puedo salvarla. Solo arriesgare perderte. Tu no puedes volver.

»Me negue a admitir que eso pudiera ser verdad. Mi unica esperanza era Armand. Pero, en verdad, puedo decir que yo habia superado el miedo. Lo unico que sabia era que tenia que rescatar a Claudia o morir en el intento. Fue algo realmente simple y no un asunto de valentia. Asimismo, yo sabia, y lo podia ver en la pasividad de Armand, en la manera de hablar, que el me seguiria si yo volvia, que no trataria de evitar que fuera.

»Yo tenia razon. Corri de vuelta al pasillo y estuvo detras de mi en un santiamen; nos dirigimos a la escalera que daba al salon. Pude oir a los demas vampiros. Pude oir toda clase de sonidos, hasta el transito de Paris, que resonaba como una congregacion en la boveda superior. Y entonces, cuando llegue al rellano de la escalera, vi a Celeste en la puerta del salon. Tenia una de las mascaras de escena en la mano. Simplemente, me contemplaba. No parecia alarmada. En realidad, parecia extranamente indiferente.

»Si me hubiera atacado, si hubiera hecho sonar la alarma, yo podria haber comprendido. Pero no hizo nada. Dio un paso atras y entro en el salon, al parecer disfrutando de los sutiles movimientos de su falda; parecio girar por el simple placer de mover la falda y, haciendo un gran circulo, llego al centro del salon. Se llevo la mascara a la cara y dijo en voz baja detras de la calavera pintada:

»—Lestat…, es tu amigo Louis que te llama. Mira bien, Lestat.

»Dejo caer la mascara y se oyeron unas carcajadas. Vi entonces que todos estaban en el salon, en las sombras, sentados aqui y alli, juntos. Lestat, en un sillon, estaba sentado con los hombros encogidos y su rostro miraba en direccion opuesta a la mia. Parecia que tenia algo en las manos, algo que no pude ver; lentamente, levanto la vista y sus rizos rubios le cayeron en la cara. Sus ojos demostraban miedo. Era innegable. Miro a Armand. Este se movio por el salon con pasos lentos y seguros y todos los vampiros se alejaron de el, vigilantes.

»—Bonsoir, monsieur —le dijo Celeste, con la mascara delante, como un espectro. El no le presto atencion. Miro a Lestat.

»—?Estas satisfecho? —le pregunto.

»Los ojos grises de Lestat miraron a Armand con sorpresa y sus labios trataron de formar una palabra. Pude ver que se le llenaban los ojos de lagrimas.

»—Si… —murmuro, mientras su mano luchaba con el objeto que trataba de esconder debajo de su abrigo negro; pero entonces me miro y las lagrimas le rodaron por el rostro—. Louis —dijo con la voz profunda y rica, en lo que parecio ser una batalla insoportable—, por favor, debes escucharme. Tienes que volver… —y entonces, agachando la cabeza, hizo una mueca de verguenza.

»Santiago se reia en alguna parte. Armand le dijo en voz baja a Lestat que se debia ir, dejar Paris; que era un paria.

»Y Lestat quedo sentado con los ojos cerrados, la cara transfigurada de dolor. Parecia el doble de Lestat, alguien herido, una criatura debilitada que yo jamas habia conocido.

»—Por favor —dijo, y su voz era elocuente y amable cuando me imploraba—. ?No puedo hablar contigo aqui! No te puedo hacer comprender. Vendras conmigo… por un tiempo nada mas… ?hasta que yo me recupere?

»—Esto es una locura… —dije, y de repente me subi las manos a las sienes—. ?Donde esta ella? —Mire sus rostros quietos, pasivos; esas sonrisas inescrutables—. Lestat… —le hice dar media vuelta, tomandolo de la lana negra de sus solapas.

»Y entonces vi el objeto en sus manos. Supe de que se trataba. En un instante se lo arranque de las manos y me quede mirandolo. Era una cosa fragil de seda, era… el vestido amarillo de Claudia. Se llevo una mano a los labios y desvio la cabeza. Se le escaparon unos sollozos reprimidos, suaves, cuando tomo asiento mientras lo miraba, mientras miraba el vestido. Movi lentamente los dedos por encima de las lagrimas, vi las manchas de sangre y mis manos se cerraron temblorosas cuando lo aplaste contra mi pecho.

»Durante largo rato simplemente me quede inmovil; el tiempo no contaba para mi ni para esos vampiros movedizos, con una risa suave y eterea que me llenaba los oidos. Recuerdo haber pensado que queria taparme los oidos con las manos, pero no deje escapar el vestido, no pude dejar de tratar de hacerlo tan pequeno hasta que quedo escondido en mis manos. Recuerdo que ardia una hilera de candelabros, una hilera despareja contra la pared pintada. Una puerta estaba abierta a la lluvia y todas las velas trepidaban y se movian en el viento, como si las llamas fueran levantadas de su cabo. Pero se aferraban a la cera y seguian ardiendo. Supe que Claudia estaba tras aquella puerta. Las velas se movieron. Los vampiros las habian cogido. Santiago tenia una vela; me hizo una reverencia y me invito a traspasar el umbral. Apenas era consciente de su presencia. No me importaba nada ni el ni ninguno de los demas. Algo en mi interior me dijo: “Si te preocupan, te volveras loco; y, en realidad, carecen de importancia. Ella si importa. ?Donde esta? Encuentrala”. La risa de los vampiros era distante y parecia tener color y forma pero no formar parte de nada.

»Entonces vi algo a traves del portal abierto, algo que habia visto antes, hacia mucho, muchisimo tiempo. Nadie sabia que lo habia visto antes. No, Lestat lo sabia, pero no importaba. Ahora no lo reconoceria ni lo entenderia. Que yo y el hubieramos visto esa cosa, los dos de pie en la puerta de esa cocina de ladrillos en la rue Royale, dos cosas encogidas que habian tenido vida, madre e hija abrazadas, la pareja asesinada en el suelo de la cocina. Pero estas dos que yacian bajo la suave lluvia eran Madeleine y Claudia, el hermoso pelo rojo de Madeleine se mezclaba con el rubio de Claudia, que se estremecia y brillaba en el viento que pasaba por la puerta abierta. Lo unico viviente que no habia sido quemado era el pelo, no el largo y vacio vestido de terciopelo, no la pequena camisa manchada de sangre con sus lazos blancos. Y la cosa ennegrecida, quemada, que era Madeleine aun tenia la estampa de su rostro vivo y la mano que se aferraba a la nina era totalmente como la mano de una muneca. Pero la nina, la antigua, nina, mi Claudia, era cenizas.

»Di un grito, un grito salvaje y amenazador que salio de las entranas de mi ser, elevandose como el viento en ese espacio angosto, el viento que sacudia la lluvia que caia sobre esas cenizas, golpeando las huellas de una pequena mano contra los ladrillos, el pelo rubio que se elevaba, esos sueltos mechones que flotaban, volando hacia arriba. Recibi un golpe cuando aun gritaba, y me aferre a algo que crei que era Santiago. Lo golpeaba, lo destruia, retorcia esa sonriente cara blanca con unas manos de las que el no se podia liberar, manos contra las que lucho, gritando y mezclando sus gritos con los mios. Sus pies pisaron esas cenizas cuando le di un gran empujon; mis ojos seguian enceguecidos por la lluvia, por mis lagrimas, hasta que el se alejo de mi y fue entonces cuando el estiro su brazo para atajarme y pude verlo: era Armand contra quien yo luchaba. Armand, que me empujaba y me alejaba de esa pequena fosa y me metia en el remolino de colores del salon, de los gritos, de las voces entremezcladas, de esa risa plateada, penetrante.

»Y Lestat me llamaba:

»—?Louis, esperame; Louis, debo hablarte!

»Pude ver los ojos profundos y marrones cerca de mi. Me senti debil y vagamente consciente de que Claudia y Madeleine estaban muertas, y su voz decia suavemente, quiza sin sonidos:

»—No pude evitarlo, no pude evitarlo…

»Ellas estaban muertas, simplemente muertas. Y yo perdia el conocimiento. Santiago aun estaba cerca de ellas, viendo aquel cabello en el viento, barrido encima de los ladrillos; aquellos rizos sueltos. Pero yo perdia ya el conocimiento…

»No pude llevarme sus cuerpos conmigo, no los pude sacar. Armand me paso un brazo por la espalda y el otro bajo mi brazo, y me llevaba por algun lugar vacio y con ecos. Se levantaban los olores de la calle y alli habia unos carruajes brillantes detenidos. Me pude ver corriendo claramente por el boulevard des Capucines con un pequeno ataud bajo el brazo, la gente abriendome paso, docenas de personas poniendose de pie, las mesas llenas del cafe al aire libre y un hombre levantando su brazo. Parece que alli tropece, yo, el Louis a quien Armand

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