inmediato. Me acerque cuando el aire y la luz me dijeron que tenia unos quince minutos para ejecutar mi plan. Yo sabia que, encerrados, los vampiros del teatro ya estaban en sus ataudes. Y que incluso si uno de los vampiros estaba a punto de irse a dormir, no oiria las primeras maniobras mias. Rapidamente coloque los lenos al lado de la puerta cerrada. Hundi los clavos, que entonces cerraron esas puertas desde afuera. Un transeunte se percato de lo que yo estaba haciendo, pero siguio su camino, creyendo que quizas estaba cerrando el establecimiento con el permiso del propietario. No lo se. Sin embargo, sabia que antes de que terminara quiza me encontrara con los taquilleros, con los acomodadores y con los que barrian, y que quiza permanecieran en el interior, vigilando el sueno de los vampiros.
»Pensaba en esos hombres cuando lleve el carruaje hasta la misma callejuela de Armand y lo deje estacionado alli; me lleve dos pequenos barriles de queroseno hasta la puerta de Armand.
»La llave abrio con facilidad, tal como esperaba, y una vez en el interior del pasillo inferior, abri la puerta de su celda para cerciorarme de que el no estaba alli. El ataud habia desaparecido. De hecho, todo habia desaparecido menos los muebles, incluyendo la cama del muchacho difunto. Rapidamente abri un barril y, empujando el otro por las escaleras, me di prisa en mojar las vigas con queroseno y en empapar las puertas de madera de las demas celdas. El olor era fuerte, mas fuerte y mas poderoso que cualquier ruido que pudiera haber hecho para alertar a alguien. Y aunque me quede absolutamente inmovil al pie de las escaleras con el barril y la guadana, escuchando, no oi nada, nada de esos guardias que yo suponia que estaban alli, nada de los vampiros. Aferrado al mango de la guadana, me aventure lentamente hasta que estuve ante la puerta que daba al salon. Nadie estaba alli para verme verter el queroseno en los sillones o en los cortinados; nadie me vio vacilar un instante ante la puerta del pequeno patio donde habian sido asesinadas Claudia y Madeleine. ?Oh, cuanto quise abrir esa puerta! Me tento tanto que casi me olvido del plan. Casi dejo caer los barriles y abro la puerta. Pero pude ver la luz a traves de las grietas de la madera vieja de esa puerta. Y supe que debia seguir adelante. Madeleine y Claudia ya no estaban alli. Estaban muertas. ?Y que hubiera hecho de haber abierto esa puerta, de haberme enfrentado con esos restos, con ese pelo despeinado, sucio? No habia tiempo, no tenia sentido. Corri por los pasillos que antes no habia explorado, bane con queroseno antiguas puertas, seguro de que los vampiros estaban alli encerrados; entre en el mismo teatro, donde una luz fria y gris que venia de la puerta principal me hizo apresurar, y produje una gran mancha oscura en los cortinados de terciopelo del telon, en las sillas, en las cortinas de la entrada.
»Y, por ultimo, terminado el barril y dejado a un lado, saque la antorcha casera que habia hecho, le acerque una cerilla a los trapos mojados con queroseno y prendi fuego a las sillas. Las llamas lamieron su gruesa seda. Movi la antorcha en mi carrera hacia el escenario y encendi ese oscuro telon con un solo golpe rapido.
»En pocos segundos, todo el teatro ardio como con la luz del dia, toda su estructura parecio chirriar y grunir cuando el fuego subio por las paredes, chupando el gran arco del proscenio, los adornos de yeso de los palcos. Pero no tuve tiempo para admirar el espectaculo, para saborear el olor y el sonido, la vision de los escondrijos y rincones que salian a la luz en la furiosa iluminacion que muy pronto los consumiria. Volvi corriendo al piso inferior, prendiendo fuego con mi antorcha al sofa del salon, las cortinas, todo lo que ardiera.
»—?Tu, maldito seas…!
»Y yo me quede sobrecogido; entrecerre los ojos para defenderme del humo, senti que me lagrimeaban, irritados, pero sin dejar de enfocar ni por un instante su imagen, pues el vampiro usaba ahora todo su poder para atacarme con tal rapidez que se haria invisible. Cuando esa cosa oscura que era su ropa se acerco, blandi la guadana y vi que le daba en el cuello. Senti el impacto en su cuello, y lo vi caer a un costado, buscando con sus manos la espantosa herida. El aire estaba lleno de gritos, de alaridos; un rostro blanco brillo encima de Santiago, una mascara de terror. Algun otro vampiro corrio por el pasillo delante de mi hacia la puerta secreta del pasillo. Pero yo me quede alli mirando a Santiago, viendolo levantarse pese a la herida. Volvi a esgrimir la guadana, golpeandolo con facilidad. Y no hubo herida. Nada mas que dos manos buscando una cabeza que ya no estaba alli.
»Y la cabeza, con la sangre que manaba del resto del cuello, y los ojos que miraban despavoridos bajo las vigas ardiendo, y el pelo oscuro y sedoso empapado de sangre, cayo a mis pies. Le di un fuerte puntapie con la bota y la envie volando por el pasillo. Corri tras ella con la antorcha y la guadana mientras levantaba los brazos para protegerme de la luz del dia que inundaba las escaleras hasta la callejuela.
»La lluvia caia en agujas brillantes sobre mis ojos, que se esforzaron por ver el contorno oscuro del carruaje que relumbro contra el cielo. El conductor dormido se sacudio con mis ordenes, su torpe mano fue instintivamente al latigo y el carruaje salio disparado cuando abri la portezuela; los caballos avanzaron rapidos mientras yo abria la tapa del ataud; mi cuerpo cayo a un lado, mis manos quemadas bajaron por la protectora seda fria, la tapa cayo y reino la oscuridad.
»El paso de los caballos acelero su ritmo cuando nos alejamos de la esquina donde ardia el edificio. No obstante, aun podia oler el humo, me sofocaba, me irritaba los ojos y los pulmones, y tenia la frente quemada por la primera luz difusa del sol.
»Pero nos alejabamos del humo y de los gritos. Nos ibamos de Paris. Lo habia logrado. El Theatre des Vampires era devorado por el fuego.
»Cuando senti que se me caia la cabeza de sueno, imagine una vez mas a Claudia y Madeleine abrazadas en ese patio sordido, y les dije en voz baja, agachandome hasta las imaginarias cabezas de pelo rizado que brillaban a la luz de la lampara:
«—No pude traeros. No pude traeros. Pero ellos yaceran arruinados y muertos en vuestro derredor. Si el fuego no los consume, sera el sol. Si no se queman, entonces la gente que vaya a combatir el fuego los vera y los expondra a la luz del sol. Os lo prometo: todos moriran como vosotras habeis muerto; todo aquel que este alli esta madrugada, morira. Y esas son las unicas muertes en mi larga vida que considero exquisitas y buenas.
»Volvi dos noches despues —relato el vampiro—. Tenia que ver el sotano inundado donde cada ladrillo estaba calcinado, destrozado; donde unas pocas vigas esqueleticas apuntaban al cielo como estacas. Esos murales monstruosos que una vez habian rodeado el salon eran ahora fragmentos deshechos: una cara pintada aqui, un trozo de ala de angel alla; eso era lo unico identificable que quedaba.
»Con los periodicos vespertinos, me abri paso hasta el fondo de un pequeno cafe al otro lado de la calle. Alli, bajo la luz mortecina de las lamparas y el espeso humo de cigarros, lei las notas sobre el siniestro. Se encontraron pocos cuerpos en el teatro incendiado, pero en todas partes habia ropas y disfraces desparramados, como si los famosos actores de vampiros hubieran escapado del teatro hacia mucho tiempo. En otras palabras, unicamente los vampiros mas jovenes habian dejado sus huesos; los antiguos habian sufrido una consumicion total. Ninguna mencion de testigos o de algun sobreviviente. ?Como podria haberlos habido?
»Sin embargo, algo me preocupo considerablemente. Yo no temia a ningun vampiro que se pudiera haber escapado. No tenia ganas de cazarlos en caso de haberlo conseguido. Estaba seguro de que habia muerto la mayoria de los integrantes del grupo. Pero, ?por que no habia habido guardias humanos? Yo estaba seguro de que Santiago habia mencionado guardias y supuse que eran acomodadores y porteros que preparaban el teatro antes de las actuaciones. Y me habia dispuesto a enfrentarlos con la guadana. Pero no habian estado alli. Era extrano. Y lo extrano no me tranquilizaba mucho.
»Pero, por ultimo, cuando deje los diarios a un costado y volvi a pensar en esas cosas, no me importo mas ese elemento extrano. Lo importante era que yo estaba absolutamente solo, mas solo de lo que jamas habia estado en mi vida. Que Claudia habia desaparecido para siempre. Y yo tenia menos razones para vivir que nunca. Y menos ganas.
»No obstante, mi pesadumbre no me abrumo, no me invadio, no me convirtio en esa criatura miserable y quebrada en que temia transformarme. Quiza no fuera posible aguantar el dolor que habia sentido cuando vi los restos de Claudia. Quiza no fuera posible saber eso y sobrevivir por mucho tiempo. A medida que las horas
