pasaban, a medida que el humo en el cafe se hacia mas espeso y que caia y subia el telon del pequeno escenario iluminado por una lampara, en el que cantaban mujeres robustas, con la luz brillando sobre sus joyas baratas, y resonaban sus voces ricas y profundas, a menudo planideras, exquisitamente tristes, me pregunte vagamente como seria sentir esta perdida, esta indignacion, y verse justificado en ellas, ser merecedor de simpatia, de aliento. Yo no hubiera contado mi dolor a ninguna criatura. Mis propias lagrimas no significaban nada para mi.

»?Adonde ir entonces si no me moria? Fue extrano como me llego la respuesta. Extrano como sali entonces del cafe y di una vuelta alrededor del teatro incendiado y, al final, me dirigi a la ancha Avenue Napoleon y por ella hasta el palacio del Louvre. Fue como si ese palacio me llamara y, sin embargo, jamas habia estado dentro de sus muros. Habia pasado mil veces delante de su extensa fachada, deseando poder visitarlo como un ser mortal por solo un dia y pasear entonces por esos salones y ver sus magnificos cuadros. Ahora lo haria en posesion unicamente de una vaga nocion de que en las obras de arte podia encontrar alivio; de que yo no podia brindar nada fatal a lo que era inanimado y, sin embargo, magnificamente poseido del espiritu de la vida misma.

»En algun sitio de la Avenue Napoleon, oi detras de mi el paso inconfundible de Armand. Me hacia llegar senales, me hacia saber que estaba cerca. Pero no hice otra cosa que aminorar el paso y dejar que se me pusiera a la par. Durante largo rato, caminamos sin pronunciar palabra. No me animaba a mirarlo. Por supuesto, no habia dejado de pensar en el ni por un instante; como si fueramos humanos y Claudia hubiese sido mi amor, al final podria haber caido en los brazos de el debido a la necesidad de compartir un dolor comun tan fuerte, tan absorbente. Ahora el dique amenazaba quebrarse, pero no se rompio. Yo estaba entumecido y caminaba como tal.

»—Ya sabes lo que he hecho —dije por ultimo; habiamos salido de la avenida y ahora podia ver alla delante la larga fila de columnas dobles contra la fachada del Museo Real—. Sacaste tu ataud, como te adverti…

»—Si —me contesto. Senti un alivio subito e inequivoco al escuchar su voz. Me debilito. Pero, simplemente, yo estaba demasiado lejos del dolor, demasiado cansado.

»—Y, sin embargo, estas aqui a mi lado. ?Quieres vengarlos?

»—No —dijo el.

»—Eran tus companeros, tu eras su jefe —dije—. ?No les avisaste que yo estaba tras ellos, del mismo modo que yo te avise?

»—No —dijo.

»—Pero seguro que me detestas por ello. Sin duda respetas alguna norma, alguna lealtad de alguna especie.

»—No —dijo en voz baja.

»Me sorprendio la logica de sus respuestas, aunque no las podia explicar ni comprender.

»Algo se me aclaro en las remotas regiones de mis propias consideraciones incesantes.

»—Habia guardias; estaban los acomodadores que dormian en el teatro. ?Por que no estaban alli cuando entre? ?Por que no estaban alli para proteger a los vampiros?

»—Porque eran empleados mios y los despedi. Los eche —dijo Armand.

»Me detuve. Estaba imperturbable cuando lo mire de frente, y tan pronto como se encontraron nuestros ojos desee que el mundo no fuera una negra ruina vacia con cenizas y muertes. Desee que fuera fresco y hermoso y que ambos vivieramos y nos pudieramos dar amor.

»—?Tu hiciste eso sabiendo lo que yo pensaba hacer?

»—Asi es —dijo.

»—?Pero tu eras su jefe! Confiaban en ti. Creian en ti. ?Vivian contigo! —dije—. No comprendo como tu… ?Por que?

»—Piensa la respuesta que mas te guste —dijo con calma y sensatez, como si no quisiera herirme con ninguna acusacion o desden sino mostrarme lo literal de sus palabras—. Puedo pensar en muchas. Piensa en la que necesites y creela. Es igual a cualquiera. Te dare la razon verdadera de lo que hice, que es la menos autentica: estaba por irme de Paris. El teatro me pertenecia. Por tanto, los despedi…

»—Pero, con lo que sabias…

»—Te lo dije; fue la razon real y la menos verdadera —me dijo con paciencia.

»—?Me destruirias con la misma facilidad con que permitiste su destruccion? —le pregunte.

»—?Por que habria de hacerlo?

»—?Dios Santo! —susurre.

»—Has cambiado mucho —dijo—. Pero de cierta manera, eres el mismo.

»Segui caminando y me detuve ante la entrada del Louvre. Al principio me parecio que sus muchas ventanas eran oscuras y plateadas con la luz de la luna y la llovizna. Pero entonces me parecio ver una luz debil que se movia en el interior, como si un guardia caminara entre esos tesoros. Y tercamente fije mis pensamientos en el, en ese guardian, calculando como un vampiro podia atacarlo, arrebatarle la vida y la linterna, y las llaves. El plan era una confusion. Era incapaz de planes. Solo habia hecho un unico plan en mi vida y lo habia terminado.

»Y entonces, por ultimo, me rendi. Volvi a Armand y deje que sus ojos penetraran en los mios y lo deje acercarse como si quisiera hacerme su victima. Baje la cabeza y senti su brazo firme sobre mi hombro. Y, subitamente, recordando las palabras de Claudia que casi habian sido sus ultimas palabras —la admision de que ella sabia que yo podia amar a Armand porque habia sido capaz incluso de amarla a ella—, esas palabras me parecieron ricas e ironicas, mas llenas de significado de lo que ella se pudo haber imaginado.

»—Si —le dije en voz baja—, este es el maximo mal: que hasta podamos llegar tan lejos como amarnos, tu y yo. ?Y quien mas nos podria mostrar una particula de amor, una pizca de compasion o misericordia? ?Quien mas, conociendonos como nosotros nos conocemos, podria hacer algo mas que destruirnos? Y, sin embargo, nos podemos amar.

»Durante largo rato se quedo mirandome, acercandose inclinando su cabeza poco a poco a un lado, y abriendo los labios como a punto de hablar. Pero solo sonrio y sacudio la cabeza suavemente para confesar que no comprendia.

»Yo ya no pensaba mas en el. Tuve uno de esos raros momentos en que pareci no pensar en nada. Mi mente era informe. Vi que se habia detenido la lluvia. Vi que el aire estaba claro y frio. Que la calle estaba iluminada. Y quise entrar en el Louvre. Forme palabras para decirselo a Armand, preguntarle si podia ayudarme a hacer todo lo necesario para pasar la noche en el Louvre.

»Considero que era una peticion muy simple. Unicamente dijo que se preguntaba por que habia esperado yo tanto tiempo.

»Nos fuimos de Paris poco tiempo despues —siguio relatando el vampiro—. Le dije a Armand que queria regresar al Mediterraneo; no a Grecia, como habia sonado tanto tiempo, sino a Egipto. Queria ver el desierto y, mas importante todavia, queria ver las piramides y las tumbas de los reyes. Queria tomar contacto con esos ladrones de tumbas que saben mas de ellas que los academicos, y queria descender a las tumbas todavia virgenes y ver como estaban enterrados esos reyes, y las pinturas en los muros. Armand estaba mas que dispuesto. Y partimos de Paris a primera hora de un atardecer, sin el menor indicio de ceremonia.

»Yo habia hecho una cosa que debo anotar. Habia vuelto a mis habitaciones en el Hotel Saint-Gabriel. Tenia el proposito de llevarme algunas pertenencias de Claudia y de Madeleine y colocarlas en ataudes y hacerlas enterrar en el cementerio de Montmartre. No lo hice. Me quede un rato en las habitaciones, donde todo estaba en orden y arreglado por los empleados, de modo que parecia que Claudia y Madeleine podian regresar en cualquier momento. En una mesita estaba el bordado de Madeleine junto a sus ovillos. Mire eso y todo lo demas, y mi tarea me parecio absurda. En consecuencia, me retire.

»Pero algo me habia pasado alli; o, mas bien, algo de lo que yo habia sido vagamente consciente se aclaro entonces. Aquella noche yo habia ido al Louvre para encontrar algun placer trascendente que me aliviara el dolor y me hiciera olvidar por completo incluso de mi mismo. Eso me habia sostenido. Ahora, cuando estaba a las puertas del hotel esperando el carruaje que me llevaria a encontrarme con Armand, vi la gente que caminaba por alli —la incesante muchedumbre de la avenida, las damas y caballeros elegantes, los vendedores de periodicos, los carruajes de equipaje, los conductores de vehiculos—, y todo lo vi bajo una nueva luz. Antes, todo el arte habia tenido para mi la promesa de una comprension mas profunda del corazon humano. Ahora el corazon humano no significaba nada. No lo denigre. Simplemente, me olvide de el. Las magnificas pinturas del Louvre para mi no estaban relacionadas intimamente con las manos que las habian pintado. Estaban cortadas y sueltas como ninos

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