?Donde estaba? Espero un rato. Tiro hacia arriba de un brazo y sintio que sus ropas se rasgaban. Busco la daga en la parte trasera de su calzon y con ella, tanteando, arranco los otros tres clavos que mantenian sujetas sus ropas a la tabla. Busco en la oscuridad y, palpando el muro, llego a una puerta. La abrio con cuidado y vio algo de luz. Salio al pasillo. Estaba en el pabellon principal de la encomienda. Tomo una palmatoria de la pared y volvio sobre sus propios pasos al cuarto de donde habia salido. Alli estaba el cuerpo de Tomas. Contemplo el rostro desfigurado por la tortura del pobre joven y lloro amargamente por el. Volvio a sentir nauseas y vomito de nuevo. Al fondo de la estancia yacia el cuerpo del timador, con las ropas de Arriaga y la cabeza reventada tras el choque con las rocas. Habia sentido tener que arrojarlo por la ventana, pero era su vida o la del otro, y no habia duda.

Echo un vistazo de nuevo al pasillo y salio. Subio hacia la primera planta con tiento, sin hacer ruido. Si el tesoro estaba en Chevreuse debia de haber guardias por todas partes. Salio al camino de ronda de la muralla. Hacia mucho frio. Vio la figura de un guardia que se perfilaba sobre la luna. Se acerco con cuidado a el y sujetandole la frente con fuerza con la zurda, lo degollo con la diestra. Tomo su ballesta, su espada y su pequena hacha. Se dirigio al otro pabellon, entro y subio al segundo piso. Oyo voces tras la puerta del aposento reservado a las visitas ilustres. Se preparo. Empujo la puerta de un golpe y entro en la estancia. Jacques de Rossal estaba sentado junto al fuego, con la cabeza apoyada en una columna de madera. Parecia cansado y permanecia con los ojos cerrados mientras hablaba con su amigo Andre. La saeta que salio de la ballesta zumbo por la habitacion y se incrusto profundamente en su frente, De Ros-sal quedo inerte, con los ojos abiertos, y clavado en la recia madera.

Andre de Montbard se quedo petrificado un instante, mirando a Arriaga.

– ?Vos! -dijo-. ?Si estais muerto!

La daga volo clavandose en su pecho. Rodrigo se le acerco lentamente y recupero el punal tirando hacia si del mismo. Entonces golpeo con su rodilla la entrepierna del ilustre fundador de la orden, que se doblo como un junco. Cogiendolo por el pelo paso la daga por su gaznate suavemente y continuo andando hacia la estancia contigua. Andre de Montbard quedo agonizando en el suelo. Gorgoteaba, desangrandose como un cerdo.

Arriaga atraveso el otro cuarto y tras abrir una recia puerta de roble cruzo un largo pasillo. Llamo a otra puerta que al instante abrio Lorena Saint Claire.

– Esta hecho -dijo el entrando.

– Estais horrible, pareceis un muerto.

– No me jodais -dijo el apoyandose con la espada en el suelo a modo de baston. Vomito algo de color verde.

– ?Estan muertos? -pregunto ella.

– Os he dicho que estaba hecho, ?no?

– He preparado algo de vino para brindar -dijo ella senalando una pequena bandeja de plata con dos pequenas copas.

– ?Que hora es? ?Cuanto tiempo ha pasado?

– Es mas de medianoche.

– ?Y Jean?

– Partio esta tarde hacia La Rochelle.

– ?Lleva escolta?

– Cuatro sargentos. Bebed algo, os hara bien. Pareceis un pordiosero con las ropas del timador. Estais verdoso. No todos los dias se vuelve de la muerte.

El se sento delante de las dos copas. Estaba muy cansado.

– ?Teneis algo de comer?

– Unos frutos secos -dijo ella girandose hacia un aparador donde habia una fuente con nueces y pasas.

Rodrigo hizo girar la pequena bandeja de plata cambiando los vasos de sitio sin que ella le viera.

– Pero primero, brindad -repuso ella dejando el plato sobre la mesita, junto a las copas.

Alzaron los vasos.

– Por la venganza -dijo el.

– Por la venganza -anadio ella.

Bebieron. La joven pregunto:

– ?Como lo habeis hecho? Debo confesar que no creia que pudierais conseguirlo.

– No ha sido una experiencia agradable, creedme. Es una vieja receta que me preparo un medico arabe en Toledo. Hace muchos anos de aquello y me costo una verdadera fortuna. Segun decia el, el polvo que ingeri este amanecer y que produce una muerte aparente, capaz de confundir a cualquier medico, fue ingerido por Jesucristo para enganar a los romanos y que le bajaran de la cruz. Como veis estoy acostumbrado a escuchar todo tipo de blasfemias… pero el caso es que es efectivo.

– ?Y que contiene?

– Nunca me revelo la receta exacta pero se que hay huesos de animales, algunos venenos de serpientes del Africa y una toxina de un pez traido de mas alla de la India, el pez globo.

– Nunca oi hablar de el.

– No os acostareis sin aprender algo nuevo. ?Que veneno habia en mi copa?

Ella lo miro con los ojos muy abiertos. El sonrio. Lorena miro la bandeja. Comprendio.

– Sois bueno -dijo-. Habeis girado la bandeja y he bebido…

– Era evidente que no os interesaba dejarme vivo.

– Bastardo -repuso Lorena.

Entonces se doblo, atravesada por un profundo dolor.

– Es por Beatrice. Mi venganza.

Ella levanto la vista y lo miro implorante.

– Parece doloroso. Solo tendreis la muerte que me habiais preparado -dijo el-. Beatrice era una joven inocente, trabajaba en la posada de su padre y no sabia de estas conspiraciones. No debiais haberla matado. Se que ahora os arrepentis.

Comenzo a registrar la habitacion ajeno a la agonia de Lorena, que emitia pequenos gemidos de dolor.

– ?Aqui! -dijo Rodrigo sacando una llave de un pequeno arcon-. ?Fantastico!

Entonces se acerco a ella, que yacia junto a una cortina, moribunda; un hilillo de sangre resbalaba de su boca y caia hacia un lado de su bello rostro. Se arrodillo junto a aquella perfida mujer y le dijo al oido:

– Ah, se me olvidaba… Yo no mate a Robert, murio de manera natural. Os menti.

– Hijo… de… puta… -le parecio oir que murmuraba mientras el abandonaba la calida estancia.

Salio al exterior y bajo al patio. Tenia que darse prisa. Llego a la muralla norte y luego a los calabozos. No habia nadie de guardia, pues ya no quedaba alli preso alguno. Saco la llave de Lorena y abrio la puerta que daba acceso al recinto secreto. Escaparia desde alli por el tunel que llevaba a la iglesia del pueblo. Cuando ilumino la pequena estancia con la antorcha que portaba, quedo boquiabierto, pues estaba repleta de papeles, cajas y pergaminos.

El tesoro. El legado. Tenia que salir de alli a toda prisa si queria alcanzar a Jean de Rossal. Solo habia un pensamiento en su mente: venganza.

A pesar de ello no pudo evitar que la curiosidad lo hiciera detenerse un momento. Alli estaban los miles de documentos que el Temple habia hallado bajo la mezquita de Al-Aqsa. Aquellos papeles les harian invencibles, conocerian secretos, armas, que les harian imponerse a toda la humanidad. Los odiaba. Habian matado a Tomas, a Toribio, a Beatrice…

Habia miles de pergaminos, cajas anosas a punto de reventar con papiros en hebreo. El tesoro. Los secretos de una cultura antigua que se perdia en el tiempo, cuando los hombres veian la cara de Dios. La cara de Dios.

?Podria hacerle llegar un mensaje al sustituto de Agrigento?

Imposible.

Ademas, aunque lo consiguiera, aquellos desalmados cambiarian el tesoro de sitio antes de que Roma pudiera hacerse con el.

Reparo en una caja de mayor tamano. Tomo una lampara de aceite de la pared y la coloco junto al cofre. La

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