encendio. La caja era de roble y estaba adornada con pan de oro en los lados. Era pesada y apenas pudo moverla, pese a que no era demasiado grande. En aquella caja habian guardado las tablas, sin duda. En ausencia del Arca, aquel era el continente de las losas sagradas. La forzo haciendo palanca con la espada y fue sacando unos pesados volumenes que habia dentro, para hallar una bolsa aterciopelada que contenia algo pesado. La extrajo y se dispuso a abrirla.

– Aqui hay luz. ?Venid! -exclamo una voz desde la galeria de los calabozos.

Cuando se dio cuenta tenia a un templario tras de si. No lo conocia. Seria nuevo en la encomienda. Rodrigo se dio prisa, golpeo el rostro del otro con la guarda de la espada y empujo la puerta, cerrandola de golpe.

– ?La llave, la llave! -escucho decir al otro lado.

El joven templario que habia entrado en el cuarto acerto a levantarse y lo ataco con su daga. Arriaga lo atraveso de parte a parte con su espada y el otro se doblo como un junco apoyandose sobre el. Estaba muerto.

Le costo zafarse de su abrazo, asi que le empujo con fuerza sacandole el hierro del cuerpo. El templario cayo con estrepito sobre el arcon reventando la lampara de aceite. Su cuerpo y sus ropas prendieron como una tea. La inmensa caja que habia contenido las tablas comenzo a arder y los pergaminos adyacentes se incendiaron inundandolo todo con mil lenguas de fuego. El sonido de la llave girando en la cerradura le hizo volverse, la puerta se abrio y vio como un pie y una mano se asomaban. Volco unas cajas obstaculizando el porton. Detras de el la estancia ardia. Tenia que salir de alli cuanto antes. Arrojo su antorcha a las cajas que obstaculizaban el paso tras la puerta y, esquivando las enormes llamas del arcon, huyo por el pasadizo. Volvio a por la bolsa de terciopelo.

– ?Se queman los pergaminos, se queman! ?Agua, por Dios, traed agua! -escucho gritar tras la puerta.

El enorme resplandor que dejo tras de si le hizo saber que aquella sabiduria robada del Templo se perdia para siempre. Debia darse prisa o le alcanzarian antes de salir de la iglesia del pueblo. Al menos el fuego los mantendria ocupados. Salio de la iglesia caminando junto a los muros, entre callejones. Nada. Gano la oscuridad de los huertos, luego el bosque, y corrio hasta el pueblo mas cercano, Saint Remi. Alli desperto al posadero, que al ver un sueldo de oro le ensillo su mejor caballo: un potro negro y brioso con el que volo hacia La Rochelle en mitad de la noche.

Consumatum est [18]

No le costo trabajo encontrar el rastro de Jean y los cuatro sargentos que le servian de escolta. Gracias a la bolsa de monedas siguio su camino, basandose en la informacion obtenida en dos posadas. Mas adelante los leyo en el barro: habia seis monturas. Jean llevaba dos caballos, uno para si y el otro cargado con sus pertrechos. Los hallo a media jornada del puerto de La Rochelle, acampados en mitad de un bosquecillo, en un claro. Estaban arrebujados bajo sus mantas alrededor de un fuego. Era noche cerrada.

– Manana saldremos a primera hora -dijo De Rossal-. El barco parte a mediodia y no quiero llegar tarde. Nadie me conoce alli y no querria comenzar el viaje dando una mala impresion.

Dejaron a uno de los sargentos de guardia mientras que los demas se acurrucaban a dormir. Rodrigo decidio esperar.

Una sombra surgio de entre la maleza y paso junto al vigia, que cabeceaba al calor de la hoguera. Este se desplomo degollado. Uno de los sargentos abrio los ojos y se vio frente a un rostro demoniaco que desaparecio de pronto.

– ?El muerto, el muerto!- grito despertando a los demas.

El fuego lanzo entonces una suerte de explosion, una llamarada inesperada que lo llevo hasta el cielo.

Los tres sargentos dieron un paso atras horrorizados.

– ?Brujeria! ?El fantasma!

– ?Que decis?- grito Jean malhumorado.

– ?Ese Arriaga! ?Lo he visto! Junto a mi, ahi… me ha susurrado «?Vais a morir!».

Jean miro a su alrededor conmocionado. El vigia se desangraba luchando por respirar. Los sargentos comenzaron a recular. Uno de ellos alzo el indice y dijo:

– ?Mirad!

Unas extranas luces comenzaron a encenderse frente a ellos en el bosque.

– Es Arriaga -dijo el sargento mas joven-. Yo lo escuche, en el calabozo, juro que se vengaria. Ha vuelto desde la muerte a por vos.

– ?No seais ignorantes! -grito Jean tomando su cinto del suelo y desenvainando la espada. Entonces se oyo el zumbido de una saeta que surgio de la oscuridad para clavarse en la frente de uno de los sargentos. Antes de que pudiera darse cuenta Jean, los dos soldados restantes huyeron monte a traves gritando:

– ?Es su fantasma! ?Es su fantasma!

Al momento, una figura andrajosa se perfilo delante de la hoguera. Portaba la espada delante de si, sujeta con las dos manos, y tenia las piernas abiertas, en posicion de combate.

– ?Lo veo y no lo creo! -dijo Jean-. ?Maldito y taimado hijo de puta!

La aparicion se acerco lentamente. De Rossal volvio a hablar:

– Claro, el cuerpo que se estrello contra las rocas era el del otro preso, el timador. Esa perra os ayudo… Debi suponerlo… Es igual, os alcanzaran. La orden es poderosa y poseemos encomiendas en todas partes.

– Vais a morir -dijo Rodrigo-. Como Lorena Saint Claire, vuestro padre o Andre de Montbard. Y disfrutare haciendolo.

Jean quedo perplejo ante aquellas noticias, como el que encaja un golpe.

– Vamos, vamos -contesto el comendador de Chevreuse bajando su espada y apoyandola en el suelo-. Los dos sabemos que este es un combate desigual. No peso ni la mitad que vos, sois soldado y mi cargo, puramente administrativo, me ha impedido entrenarme en los ultimos cinco anos…

– ?Y?

– Que no matareis a un hombre que no va a luchar con vos.

– Creeis conocerme muy bien.

– Por eso os amaba, amigo.

– Hijo de puta.

Estaban situados frente a frente. Rodrigo quedo mirando a su viejo camarada. Parecia cansado, muy cansado. No era la clase de hombre que mata a un tipo indefenso. Entonces se giro y justo cuando parecia que iba a alejarse dio la vuelta lanzando un mandoble de reves que secciono de golpe la cabeza de Jean de Rossal. La testa del templario rodo por el suelo golpeando la tierra con un ruido sordo que lo transporto al pasado. La detuvo pisandola con el pie y entonces se fijo en el cuerpo de Jean boca abajo. Una mano a la espalda escondia la daga traicionera que iba a utilizar contra el.

– Consumatum est -dijo satisfecho.

Entonces penso. ?A donde iria? No podia ir hacia Roma, tenia que recorrer el camino hacia atras y era evidente que de aquella direccion vendrian partidas en su busca. ?A Paris? Imposible. Alli el Temple le encontraria enseguida. A sus tierras de Benasque no podia ni acercarse. El Temple estaba en todas partes. Ni luchando contra el moro en Aragon y Castilla lograria deshacerse de ellos, lo perseguirian sin descanso toda la vida, como sabuesos que hallan el rastro de una presa y no se rinden hasta verla muerta.

«El Temple esta en todas partes», penso otra vez.

?En todas?

Las palabras de Jean de Rossal junto al fuego vinieron a su memoria: «El barco parte al mediodia y no quiero llegar tarde. Nadie me conoce alli y no querria comenzar el viaje dando una mala impresion».

Se encamino hacia el equipaje del muerto.

Llego a La Rochelle poco antes del mediodia y encamino su caballo directamente hacia el puerto. Una vez alli, no le resulto dificil encontrar la enorme embarcacion.

Bethania se llamaba aquel barco inmenso, de recia madera negra, como un

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