la farmacia del hospital, o algo por el estilo, aunque las otras enfermeras no lo hayan querido mencionar -dejo escapar un hondo suspiro-. Probablemente, el Adolf este no tiene nada que ver con el caso. Nacio despues de la erupcion, de modo que los cuerpos del sotano no tienen nada que ver con el, y estoy convencida de que son ellos el eje de todo.
– Tambien puede ser que no exista relacion alguna entre los dos casos -dijo Bella-. Esas cosas pasan.
– No creo -dijo ?ora, aunque no tenia muchos argumentos para defender su teoria-. Lo peor es que dudo de que la familia de Markus me haya contado toda la verdad. Normalmente, pensariamos que una madre pondria el interes de su hijo por delante del suyo propio y el del marido, sobre todo cuando se da la circunstancia de que el marido esta ya en las ultimas y su hijo Markus tiene todavia media vida por delante.
– Ni idea -dijo Bella tomando un sorbo de su copa-. Yo soy soltera y no tengo hijos, asi que ni idea de que es lo que preferiria defender.
De pronto aparecio la camarera con la bebida de ?ora. No era la misma mujer que habia tomado la comanda, esta parecia mayor y de gesto cansado. Llevaba una bandeja redonda con una bebida de aspecto lechoso en un vaso alto rematado por una sombrilla de colores y una cereza pintada de verde. ?ora le dio las gracias y le dijo el numero de su habitacion. La camarera estaba a punto de irse despues de anotarlo, pero ?ora le pregunto:
– ?Sabes de alguien que sea un muy buen conocedor de la erupcion y de la vida de Heimaey en esa epoca? Alguien con quien pudiera charlar un ratito.
La mujer miro a ?ora.
– ?No preferirias ir a ver un documental que hay sobre la erupcion? Es de lo mas popular -miro el reloj de la pared-. La proxima sesion empieza dentro de una hora.
– No, no se trata de eso -repuso ?ora-. Estoy buscando a alguna persona que pudiera responder unas cuantas preguntas sobre la vida de Heimaey en esa epoca -?ora sonrio, con la esperanza de que la mujer no fuera a pedir mas detalles, porque no los tenia.
La mujer se encogio de hombros.
– Naturalmente, aqui hay montones de gente que estarian encantados de hablar de la erupcion. Aunque la mayoria prefieren contar su propia experiencia, pero me da la sensacion de que lo que tu buscas es otra cosa - dijo mirando a ?ora, que asintio con un movimiento de cabeza-. Entonces creo que lo mejor es un tipo -prosiguio-. Se llama Paddi «Garfio» y sabe un monton. Cuentan que solo salio de la isla una vez en su vida, y fue la noche de la erupcion. Por eso sabe mas que nadie sobre la vida de por aqui. Ademas, le vuelve loco hablar, de modo que tendreis que andar con cuidado para que guarde la compostura. No siempre es del todo claro en sus respuestas, pero eso no es obstaculo ninguno para el.
– ?Donde podemos encontrar a ese hombre? -dijo ?ora, expectante.
– Tiene una barca que alquila a turistas. Sobre todo para pescar con cana -respondio la mujer-. Os aconsejo que le pagueis para dar un paseo en barca, porque de otro modo es posible que no se muestre muy dispuesto a hablar con vosotras. Esta a la que salta, y nunca quiere dejar pasar un trabajo -les sonrio-. ?Quereis que le llame y reserve un paseo?
?ora dio las gracias a la mujer y le pidio que lo hiciera, para ella y su amiga. Que le daba igual si era una excursion para ver la costa o para pescar. Bebio un sorbo de su bebida. Se permitio paladear por un momento el sabor del coco antes de continuar:
– Bueno, por una vez podemos darnos el gusto de salir a pescar.
Leifur estaba con su padre en el dormitorio que la familia le acondiciono en el piso bajo de la casa cuando Klara renuncio a seguir con su esposo en el dormitorio de matrimonio. Magnus no hacia mas que despertarla y preguntarle enfadado quien era, que hora era o sencillamente quien era el mismo. Cuando a eso se sumaron por las noches la furia y la violencia, la mujer decidio que ya era suficiente. Habia dos posibilidades, o llevarlo a una residencia o tomar las medidas necesarias para que pudiera seguir en casa sin que ella tuviera que pasarse despierta dia y noche. Leifur estaba sentado al lado de la cama mirando las estanterias de libros, que eran lo unico que quedaba del mobiliario original de la llamada «habitacion del cabeza de familia». El resto habia ido a parar al sotano, desde donde los muebles acabarian en manos de desconocidos despues de la muerte de sus padres. O al vertedero. Maria y el carecian de espacio para aquellas cosas, y sus hijos no tenian ningun interes en unos muebles usados, aunque hubieran pertenecido a la familia. Nada importaba que fueran de mejor calidad que los muebles que estaban de moda, por mucho que ahora fueran infinitamente mas caros. Seguramente, su hijo habia cambiado mas veces de sofa desde que se marcho de casa ocho anos atras que el y su mujer en todo el tiempo que llevaban juntos. Maria, su mujer, llevaba un tiempo insistiendo en que derribaran la casa, se desprendieran de todos los trastos, o los vendieran, y construyeran una nueva. Habia conseguido ir aplazando la idea, pero sabia que dentro de no mucho tiempo se veria en la tesitura de ceder o de correr el riesgo de perder a su mujer. Algo habia cambiado en ella, pues seguia pidiendo lo mismo pero con menos conviccion. Eso le llenaba de aprension, porque sabia que la rendicion era con frecuencia precursora de medidas mas radicales. A lo mejor se trataba del primer paso de su mujer hacia la libertad que tanto ansiaba y que, para ella, no podia existir en otro sitio que en Reikiavik, libertad para ir de comprar y para pasear de cafeteria en cafeteria, libertad para dar envidia a sus amigas por la opulencia en la que pensaba vivir. Si se separaba de Leifur tendria de sobra, indudablemente, para permitirse todo lo que le pudiera apetecer. Los contratos matrimoniales no eran habituales cuando se casaron, pero aunque hubieran sido cosa corriente, Leifur no habria insistido en que su novia firmara nada semejante.
Leifur aparto la vista de la anticuada libreria, pero no pudo dejar de darse cuenta de que ya estaba un poco inclinada. No era lo unico que daba muestras de que la alegria del hogar ya habia empezado a declinar. Leifur miro a su padre, que estaba adormilado; de su semblante habia desaparecido todo lo que en otro tiempo lo caracterizaba. Estaba palido, y sus fuertes mandibulas escualidas, sus labios y su boca parecia anormalmente grandes. Manchas en la piel y los labios. Por una comisura de la boca se le descolgaba la saliva, y Leifur aparto la mirada. Para eso todos los trastornos, a fin de que su padre pudiera seguir viviendo en casa todo el tiempo que fuera posible. Leifur no podia ni imaginarse que el anciano viviera con otras personas que le hubieran conocido desde hace muchos anos, desde antes de convertirse en uno de los pilares de la sociedad local, una gente que fuera a tratarle ahora como a un nino pequeno. Un nino pequeno sin el encanto que los hace tan encantadores y que lleva a la gente a tratarlos con una sonrisa en los labios y a limpiarles la saliva y los mocos sin la menor repugnancia. Maria, su mujer, habia intentado convencerle de que si se iban a vivir a Reikiavik seria mucho mas facil tener a su padre en algun centro donde nadie le conociera. Leifur habia respondido que jamas conseguirian plaza en una residencia de la tercera edad de Reikiavik, pues las listas de espera eran enormes. Los pondrian en el ultimo lugar de la lista, por muy dificil que fuera su situacion. Por eso era mucho mejor organizarlo asi, estarian mucho mejor que si se marchaban a Reikiavik. Ciertamente, algo si que cambiaria: alli Maria tendria mas cosas que hacer y menos tiempo para su suegro. Era una gran carga para Maria. Era quien mas se ocupaba del anciano y aunque pudiera parecer increible, lo hacia sin quejarse y sin estar siempre pendiente de que madre e hijo se lo estuvieran agradeciendo constantemente. Naturalmente, se tenia bien merecidos unos muebles nuevos, y su marido no pondria la menor objecion la proxima vez que Maria hablara de lo ridiculo que era todo el mobiliario de su casa. Menuda sorpresa se llevara. A lo mejor, Leifur anadia al lote, encima, comprar un apartamento en uno de los nuevos bloques de pisos de Skulagata, asi podria ir cuando quisiera a Reikiavik a visitar a su hijo y de paso librarse por una temporadita de todos los lios de Heimaey. Y seguramente ya era hora de buscar una mujer que ayudara en casa de sus padres; lo mejor seria encontrar una enfermera o una cuidadora, aunque fuera extranjera. No es que tuviera que mantener largas conversaciones con su padre. De eso se encargaria la madre de Leifur. La mujer podria dormir en la habitacion del padre, y ya no tendrian que seguir encerrandole con llave por las noches. A Leifur habia empezado a preocuparle que pasara cualquier cosa mientras ellos dormian, aunque no sabia que era lo que podria pasar. Alli dentro no habia nada con lo que pudiera hacerse dano, a menos que se esforzara por conseguirlo; lo cierto es que el comportamiento de su padre se habia vuelto bastante impredecible. Lo ultimo que hizo fue darle un empujon al televisor, que cayo de la mesa y acabo hecho pedazos. Cuando Leifur intento que explicara por que lo habia hecho, se limito a mirarlo como un tonto y a sacudir la cabeza, como un chiquillo que niega haber tocado el monton de pedazos rotos del suelo. No hacia muchos anos desde que llego a casa con el televisor e invito a comer a Leifur y Maria para presumir de sus dimensiones, pues no era nada habitual que los padres de Leifur gastaran el dinero en objetos inutiles. Leifur todavia recordada lo orgulloso que estaba su padre, como le gustaban los colores de la inmensa pantalla.
Su padre murmuro algo y Leifur dirigio su atencion a el. El anciano abrio los ojos y sonrio. La sonrisa era debil
