y el labio inferior estaba tan seco que se le abrio una grieta y broto una gota de sangre. Corrio lenta y se detuvo antes de poder salir del todo de los labios azulados. Era como si la corriente sanguinea de su cuerpo estuviera tan desordenada como su cabeza. La sonrisa desaparecio tan repentinamente como habia aparecido, y Leifur penso que seria por el dolor que debia de ocasionarle la grieta del labio. Pero no era asi. Miro a Leifur a los ojos, con una claridad desacostumbrada, y mantuvo el contacto visual, algo que rara vez sucedia en los ultimos tiempos.
– Le estamos haciendo un flaco favor -le dijo a Leifur, agarrando con fuerza el brazo de su hijo.
Leifur noto el tacto de sus dedos huesudos y si hubiera cerrado los ojos habria podido imaginar que le tenia agarrado un esqueleto.
– ?A quien, papa? -pregunto Leifur con calma-. ?No estarias sonando?
– A Alda -respondio el anciano-. Tu me perdonas, ?verdad?
– ?Yo? -pregunto Leifur extranado-. Claro que te perdono, papa.
– Bien, Markus -respondio el anciano-. Se cuanto te gusta esa chica -volvio a entornar los ojos-. No llegues tarde al colegio, amiguito -dijo entonces, soltando a Leifur-. No llegues tarde.
Hacia tiempo que Leifur habia dejado de sentirse dolido cuando su padre no le reconocia, aunque recordaba el dolor que sintio la primera vez. En aquel momento, su padre estaba diciendole a su secretaria que iba a tomarse una semana de vacaciones y que Leifur le sustituiria, pero cuando llego el momento de decir su nombre, se quedo con la boca abierta mirando fijamente a Leifur, tan extranado de no recordarlo como su hijo.
– No llegare tarde -dijo Leifur, disponiendose a ponerse en pie. Su padre estaba durmiendose y se sentiria muy incomodo si seguia mucho mas tiempo a su lado sin hacer nada.
– ?Crees que el halcon estara bien? -dijo una debil voz cuando Leifur abrio la puerta con todo el cuidado que pudo para que no crujieran los goznes.
– Si, papa -le susurro Leifur-. El halcon estara perfectamente. No te preocupes -cerro la puerta a su espalda, extranado.
No sabia que su padre hubiera tenido especial interes por las aves, aparte del frailecillo, que en tiempos fue su plato favorito. Ahora habia que darle de comer casi a la fuerza, y de momento no le daban nunca frailecillo, sino solamente lo que se podia meter facilmente en la boca con una cuchara y que no corria el peligro de que se le quedara atravesado en la garganta. Pero Leifur jamas habia oido a su padre hablar de halcones. Naturalmente que podia ser una tonteria como otra cualquiera, recuerdos incoherentes, incluso fragmentos de algun programa de television que aun siguiera vivo en su polvoriento cerebro. Fuera lo que fuese de aquella ave, era muy penoso que su padre no hubiera olvidado las cosas desagradables de su vida y recordara solamente lo positivo. Y desde luego, no era razonable que recordara a Alda.
Nada razonable.
Capitulo 25
Sabado, 21 de julio de 2007
La barca zarpo del muelle y ?ora agito la mano para saludar a dos chicos que nadaban en el puerto vestidos con trajes de neopreno. Uno devolvio el saludo pero el otro, que parecia unos cuantos anos mayor, hizo como que no veia a ?ora y siguio nadando hacia una barquita que abandonaba el puerto al mismo tiempo que ?ora, Bella y su guia.
– ?No esta prohibido cazar frailecillos ahora? -pregunto ?ora al hombre que llevaba el timon y que estaba repleto de huellas de su larga vida al aire libre al ver la red de cazar frailecillos que llevaban en el otro barco-. En algun sitio he visto que hubo problemas con las puestas durante tres anos seguidos -anadio como si fuera toda una lugarena.
– Si, si -dijo el hombre, como sin darle importancia-. No hay prohibicion, solo una recomendacion. Se puede cazar para comer sin danar los nidos.
– ?Y esos hombres van a eso? -pregunto ?ora senalando la barquita que en aquellos momentos les adelantaba a gran velocidad.
Paddi «Garfio» saludo con la mano a los tres hombres, que tambien levantaron las manos. Ninguno de ellos sonrio ni hizo ningun otro gesto. ?ora observo a Paddi al timon; miraba fijamente la embocadura del puerto, al frente. Habia respirado mas tranquila al verle a la hora convenida y comprobar que sus manos estaban intactas, pues habia estado dandole vueltas a la razon por la que le llamaban «Garfio». Pasaron por delante del acantilado Heimaklettur y vieron a un joven sentado en el mismo borde, a muchas decenas de metros por encima de ellos. Estaba rodeado de frailecillos muertos. A su lado habia una red y una bandera amarilla clavada en un monticulo de hierba delante de el. Todo alrededor estaba lleno de frailecillos.
– ?Que bandera es esa? -pregunto ?ora, confiando en que no seria un aviso de peligro.
– El frailecillo es curioso por naturaleza -respondio Paddi «Garfio» despues de echar un vistazo a lo que ?ora le estaba senalando-. Quiere ver la bandera, de modo que esta le facilita la caza al muchacho.
– ?Tiene una familia muy grande? -pregunto ?ora, extranada por la gran cantidad de aves que yacian como pequenos tocones alrededor del joven cazador.
– Al colocar asi a los pajaros muertos, atrae a los que estan aun volando -respondio Paddi, sin prestar atencion alguna a la extraneza de ?ora por la cantidad de frailecillos-. No entienden lo que les ha pasado a sus companeros y creen que no hay peligro alguno si se acercan.
?ora opto por no seguir preguntando mas por la caza del frailecillo. Se daba cuenta de que aquel hombre la consideraba una tipica urbanita de Reikiavik que no sabia nada de la caza y que pretendia hacerse la lista. Y no dejaba de tener razon, tambien ?ora se sentia muy molesta cuando unos extranjeros defensores de las ballenas se ponian a opinar sobre las que pescaban los islandeses. No queria dar mas motivos al capitan para que pensara asi de ella, de modo que observo en silencio al muchacho del acantilado, que movia la red en circulo por encima de su cabeza. ?ora sonrio cuando el frailecillo al que intentaba cazar se escapo por un pelo y continuo su torpe vuelo. Ella estaba de parte del frailecillo, tenia un aspecto muy amigable, era mal volador y parecia tener un caracter fuerte. En el librito que ?ora se habia entretenido en leer mientras esperaba a que Bella se cambiara de ropa, explicaban que el frailecillo elegia pareja para toda la vida. En otono, cada uno de los miembros de la pareja seguia su propio camino, pero el macho regresaba unas semanas antes que la hembra. A ?ora le resulto especialmente simpatico que el macho aprovechara el tiempo para limpiar el agujero que servia de nido a la pareja y dejarlo en perfecto estado para la llegada de su esposa. Y cuando todo estaba que parecia el palacio de una reina, se situaba en la entrada del agujero a esperar a su hembra. Tampoco le disgusto a ?ora que si la hembra no aparecia el macho tomara una nueva esposa, a la que dejaba sin dudarlo si la primera volvia a aparecer.
– ?Nos vamos a internar mucho en el mar? -pregunto ?ora cuando salieron de la bocana del puerto.
– Si quereis pescar algo, tendremos que alejarnos un poco de la costa -dijo Paddi, que parecia estar oteando la superficie del mar como esperando que los caladeros le indicasen el mejor sitio.
– En realidad no sufrire lo mas minimo aunque no pesquemos nada -refunfuno Bella-. Yo no como pescado. Me resulta desagradable -?ora se volvio hacia Bella y carraspeo para darle a entender que tenian que ganarse a aquel hombre y que ese no era el mejor camino. Bella clavo sus ojos en los de ?ora y anadio-: Pero el frailecillo me encanta -?ora respiro aliviada.
Paddi «Garfio» farfullo algo incomprensible y siguio paseando la vista por el mar en calma. El tiempo era todo lo bueno que podia ser. Los rayos de sol se reflejaban en la tranquila superficie del mar, que se convertia asi en un deslumbrante mar de luz.
Paddi detuvo la embarcacion al lado de Bjarnaey. En las elevadas paredes del acantilado derruidas por el mar se veian cables a los que se sujetaban los que trepaban hasta la zona herbosa en lo mas alto de la isla, en la que habia una pintoresca cabana de pescadores. ?ora no era capaz de imaginar nada que la hiciera a ella escalar hasta alli arriba. Aunque, al menos, estaba claro que si subia tendria un sitio donde quedarse a vivir. Porque bajar era algo que jamas conseguiria hacer.
– Probemos aqui -dijo el anciano marino, que se seco las manos en su ajado pantalon vaquero-. Aqui podemos sacar algo.
Un grupo de gaviotas que habia estado revoloteando alrededor del barco descendio hasta posarse en el mar.
