Si nos decidieramos a abordar ya el tema tabu, la muerte, que seguramente nos espera con menos paciencia, amigos, que a los demas, podriamos recordar que el positivista e higienista siglo xix quiso introducir el uso de la cremacion. Estallaron diatribas terribles que se prolongaron durante decadas entre «calcinadores» y «putrefactotes». Increible: los calcinadores eran los ateos que, con esta purificacion definitiva por medio del fuego, demostraban inconscientemente su mayor espiritualidad.

?Como me he comportado yo? De forma ambigua, dando disposiciones conforme a la ideologia laica pero con el corazon encogido de autentica materialista que, como les pasa a ciertos locos, le gustaria conservar aqui un cuerpo, por siempre proximo, a ser posible guardado en un armario. Que en realidad vendria a ser la version autarquica y pobre de lo que hicieron los refinados padres de Madame de Stael: erigir un pequeno mausoleo, casi un saloncito, donde su hija pudiera verlos, embalsamados y sentados, cuando iba a visitarlos.

Confesemoslo: a veces amamos tanto un cuerpo que nos oponemos incluso a uno de los actos mas logicos, pero no por ello menos generosos, que pueden hacerse en recuerdo de una persona muy querida que ha fallecido: la donacion de sus organos.

?En el fondo, sin embargo, que nos importa lo que pase despues?

Es lo inmediatamente antes lo que nos interesa realmente, cuando nuestros dolores desencadenan el frenesi, el empeno, hasta el orgullo o la vanidad de los medicos que se ponen a competir con quien es mas fuerte que ellos, atormentandonos y prolongando nuestro sufrimiento. Puede que vosotros, como me ha ocurrido a mi, hayais gritado entre lagrimas: «?No estoy cansada de vivir, estoy cansada de la enfermedad!».

«A veces se me ocurren ideas que no comparto», dice el filosofo ridens Woody Allen. Tambien a mi.

Fui de las primeras en redactar, concienzudamente, con la esperanza de que algun dia pudiera tener valor, un testamento de autodeterminacion biologica en el que pedia que me ahorrasen agujeros, canulas y sondas, convencida de que la naturaleza, nuestra madre, se apiadaria de mi.

Solo despues conoci la enfermedad, su injusticia y caracter azaroso, y descubri que somos infinitamente adaptables, que cambiamos ideas e ideales en razon de los empeoramientos, que nuestras exigencias se vuelven minimas: nos conformamos con respirar, durar, seguir tirando.

Cuando me costaba caminar, anoraba mi paso agil; cuando tambien perdi la voz, me habria conformado con solamente cojear.

?Tendre el valor, cuando llegue el momento, de sacar de debajo de la almohada el documento en el que rechazo los tratamientos?

Resulta raro: cada situacion tragica hace resonar en nuestro oido interno una cancioncilla tonta como la de Monsieur de La Palisse.

?Quien no se acuerda de la genial estupidez de Petrolini?

Me alegra morir

Pero me da pena

Me da pena morir

Pero me alegra. [32]

Ahora bien, nosotros no vamos a enrolarnos en el ejercito de Hamlet, heroe eponimo de la duda, que lleno el escenario de muertos sin conseguir siquiera vengar bien a su padre; ni tampoco vamos a unirnos al coro que repite el ambiguo estribillo.

Solo mantendremos un trocito de duda, quizas oculta en lo mas profundo de un cajon, para que siempre nos recuerde que nada es seguro.

El mirlo blanco

Dona Z. habia acertado con su presentimiento: este verano no iba a vivirlo plenamente.

El cielo sigue invariable, vibrante en el sol de junio, pese a que el trozo que le toca se ha empequenecido, encuadrado por una sola ventana. Ha aprendido a conformarse.

Los mirlos que se alternan freneticos alrededor del arbol hueco parecen ayudar a una hembra ancha y rechoncha: ?sera la madre con los huevos? Esto se lo han contado pues ella casi ya no se mueve y sus amorosos guardianes ahora menos que nunca la dejarian asomarse al balcon.

Las manos tampoco cumplen bien su deber: debe sujetar el vaso con las dos, una sola no basta.

La boca, la lengua, la garganta no sirven desde hace tiempo.

Por eso la llaman dona Z., aunque su nombre es Amelia, llamada Pucci.

Estoy hecha pedazos. Mejor dicho, «pedacitos de carne triturada para hacer albondigas», como amenaza el Gato con botas a los obtusos campesinos en el caso de que no reciban a su amo proclamando a coro «?Viva el marques de Carabas!».

Me gustan los cuentos: siempre encuentras en ellos algo que te incumbe. Ahi esta la Sirenita que pierde la voz, su mayor encanto, a cambio de dos pies que a cada paso la hacen sufrir como si anduviese sobre unos cuchillos. Y todo por un principe tonto.

Hablar y caminar: las dos cosas que los ninos aprenden primero, las dos cosas que se me han quitado sin motivo, ni siquiera por un principe tonto.

Mi pasion, de todas formas, era Rosa blanca y Rosa roja, cuya historia, tras centenares de representaciones, ahora no recuerdo bien, y aun menos el nombre del autor.

Lo que si se es que se la pedia sin cesar a mi padre, el aedo oficial de casa. Versaba sobre las dos tipicas hermanas un poco imprudentes que acaban en un bosque lleno de peligros en el que pasan por muchas vicisitudes: recuerdo la ilustracion en que la mas osada de las dos saca unas tijeras (?tijeras en un bosque?) y se pone a cortar la larguisima barba de un gnomo, con la intencion de liberarlo, que se habia enredado en un matorral de zarzas, lo que no hace mas que irritar al enano de la foresta.

Pero el momento mas hermoso, suspendido sobre el miedo a lo desconocido, al misterio, llegaba al aproximarse el climax, justo antes del giro liberador, cuando papa disminuia el ritmo y pronunciaba solemnemente: «Entonces, de repente…». ?Ah, la delicia de la excitacion nerviosa! Aquellas palabras, que yo repetia con gracia comiendome la «r», entraron en nuestro lexico familiar y me han acompanado siempre en los momentos de peligro, a un paso del final feliz.

Z. se ha dormido de golpe, con una sonrisa. Se le ha caido de las manos, ya inutiles, el libro que fingia leer mientras su mente navegaba por mares lejanos: le basta una barquita, ahora.

No como desde hace muchos dias, ya ni siquiera recuerdo cuantos. No consigo deglutir, incluso me cuesta, y mucho, tragar el agua, asi que he dejado de tomar las venenosas pastillas que encima se me atragantaban. Por suerte, a fuerza de caldos, he perdido en parte el recuerdo de los platos sabrosos y picantes que tanto me gustaban: la lengua, cada vez mas superflua, ya no es capaz de reconstruirlo.

«Ta langue, le poisson rouge / dans le bocal de ta voix…»

Pobre pez rojo, pobre pez rojo cautivo.

En vez de comer, duermo. Duermo mucho, a pierna suelta, como resarcimiento de las noches insomnes de anos y anos. Las Furias ya no me persiguen, habran encontrado a otro con culpas mas recientes, mas estimulante

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