para su inocente perfidia congenita. ?O he sido perdonada?
Suelo estar mas alla que aca y empiezo a franquear aquella frontera que tiempo atras trazo mi marido: «No te quedes mas de la mitad del tiempo
He de confesar que a veces paso ese fifty y llego al sesenta, al setenta por ciento, aunque ayudada por uno de los somniferos en pastilla que he ido hurtando poco a poco, ademas de algun trago de whisky, que en casa nunca falta. No hago nada malo, demasiado imprudente: no es mas que mi preestreno, mi pequeno seguro de muerte.
Ya esta, he dicho la palabra que da tanto miedo, «muerte», y al decirla casi se deshace en la boca, pierde sentido de tanto repetirmela.
Hasta el emperador Adriano se consternaba ante la oscuridad que recibiria esa chispa, poco mas que una luciernaga, companera de juegos y de sufrimientos del cuerpo durante tanto tiempo: la llama
No se cruza la oscuridad.
Los griegos, inventores de dioses y de heroes, a su Aquiles lo hacen vagar en la oscuridad y pronunciar palabras terribles que suenan como una arcaica blasfemia: «Preferiria ser el criado de un criado en la tierra a rey de las sombras de aqui abajo».
Los judios, con todas esas reverencias durante los rezos y los largos abrigos negros y los pesados sombreros que llevan hasta en verano en las polvorientas ciudades de un exilio perpetuo, solo esperan el Sheol, un lugar tenebroso e indeterminado, para cuando su cuerpo yazga en una tumba ornada no con flores, sino con piedras del desierto.
Se diria que los cristianos son portadores de un poco de esperanza, sin embargo, para quien no lo deja todo en manos de los deseos y las ilusiones, esta esperanza resulta artificiosa, elaborada, rectificada a fuerza de discusiones doctrinales y de concilios. Ni una sola linea del Evangelio nos promete lo que realmente querriamos: volver a ver, reconocer a las personas que queremos y ser reconocidos por ellas. En conclusion, seguir siendo nosotros.
El odioso, el engorroso yo nos acecha y corrompe a los occidentales, quienes con sublime megalomania hemos considerado, en los mapas y en los pensamientos, a nuestros paises en el centro del mundo civilizado, a nuestras filosofias superiores a las misticas orientales.
Con la excepcion de algunos a los que se juzga el colmo de la extravagancia, aqui ya nadie tolera la idea de la gran rueda que, pasando por varias vidas, humanas y animales, conduce poco a poco a la liberacion final de la existencia, raiz de todo dolor.
Aqui nadie acepta ser solo un grano de arena, una semilla en el viento que fructificara. O no fructificara.
A ninguno de nuestros generales felones se le ocurre hacerse el harakiri, cuando pierde una batalla.
En el fondo, solo el islam promete algo palpable. Ahora bien, amen de trajes de seda y agua fresca, a las mujeres se les niegan los autenticos jardines de Ala, donde en cambio son recibidos, entre mil delicias y por huries perpetuamente virgenes hagan lo que hagan, los varones que hayan matado a un monton de infieles. En estos tiempos, sin embargo, ellos tambien tendran que hacer cola para pasar y cuando puedan conseguir la entrada de regalo, las huries no estaran disponibles y solamente quedaran localidades de a pie, como los domingos por la tarde en el cine.
Regreso aqui desde cada vez mas lejos y necesito cada vez mas tiempo para despejarme, para hacerme la despierta.
Traigo de esos viajes los regalos que me han hecho: una imagen, un sueno, una palabra.
Hoy la palabra es aquella con la que se reconocen todos los venecianos diseminados por su personal diaspora: «combater». Que luego quiere decir sencillamente «combatir» y cierra una frase cuyo significado suena mas o menos asi: «No te preocupes de combatir», «Dejalo, no hay nada importante». El equivalente, si se quiere, del picaresco «chissene» que se dice en dialecto romano, su version blanda y elegante, el melancolico presagio de una ciudad destinada a convertirse de Dominante en Disneylandia, el aranazo inofensivo de un Leon que se ha cortado las unas.
Mis seres queridos vuelven a entrar en el cuarto. Antes, creyendo que seguia durmiendo, habian salido para hablar. ?De que? Creo que lo se. Se preguntaban confundidos que debian hacer, a quien llamar.
Oh realmente queridos, a los que he comprendido y que me han comprendido tarde, aunque, por suerte, no demasiado tarde. Mi marido, que durante anos me acoso con celos de siciliano, ahora me mima como una madre que contenta a su nina caprichosa, pero a la vez no me niega el reconocimiento de mi feminidad. Mi hija, que creia que me consideraba tan solo una pedante intelectual esnob y pesada, me brinda la certeza de su afecto; yo, que ya habia perdido la esperanza de ver que alcanzaba su potencial, vislumbro en ella pequenos tesoros de sensibilidad y de inteligencia, como tambien, sin duda, de sabiduria.
Su hijo, mi nieto, mi vida prolongada, el hermoso querubin musico, es filosofo por naturaleza, posee virtudes de equilibrio raras en un nino. Conmigo es respetuoso, amable, no se cohibe por la enfermedad.
Finalmente lo digo sin ironia: soy muy afortunada.
Quiero decir algo bueno sobre los medicos, contra los que muchas veces he despotricado por considerarlos ilusionistas que, por muchas veces que lo intenten, no consiguen sacar el conejo de la chistera.
Una vida en medio del sufrimiento, la suya, un sufrimiento frente al que tambien se puede reaccionar dejandose crecer un poco de pelo en el estomago.
?Quien vendra, esta noche o manana por la manana, a certificar la normalidad de lo que pasara? ?Que diablos escribira?
«Colapso cardiovascular» vale para todos los viejecitos, pero se aviene mal con el bombeo de mi sangre: un corazon de anteguerra, de los que ya no se fabrican, hechos para durar, como era norma para zapatos y abrigos. Seria mejor, o seguramente mas exacto, poder recurrir al simplote humorismo popular: «Fulano, muerto porque se olvido de respirar», «Zutano, finado porque estaba harto de ganarse la vida».
Entonces, de repente. Entonces, de repente. Entonces, de repente…
