– No terminare -respondio el.
– ?Has estado con muchas chicas, Ernie, desde que yo me fui? La pasada noche habia alguien aqui, ?no es verdad?
– Si -dijo el-, habia alguien.
– No me importa -respondio Ethel.
Ella estaba apoyada contra el, sus pechos descansando sobre el pecho de Ernie. Freneticamente, Ethel se agarraba a Ernie, haciendo todo el trabajo.
Ernie seguia con las manos plegadas detras de la cabeza.
Pero ahora tenia en los labios una leve sonrisa, la que Ethel estaba esperando, testimonio de que un sentimiento misterioso, ni amor, ni pasion, sino algo mas cercano a la crueldad, habia despertado finalmente en Ernie.
– No te perdono -dijo el. Y por fin bajo los brazos y puso las manos en el trasero en movimiento de Ethel.
Esto la excito mas y Ethel lo cogio con mas fuerza, cerrando los ojos y oscilando intensamente para hacerle culminar, como a ella misma estaba a punto de pasarle. Seria imperdonable que el terminara dentro de ella.
– No termines dentro de mi -dijo jadeante.
– Nunca te perdonare -dijo Ernie- por lo que me hiciste.
Ethel estaba llorando, pero ahora con alivio, pues sabia que mientras el decia que nunca la perdonaria, ella sabia que ya lo habia hecho.
– Lo se -dijo ella-. Se que nunca me perdonaras.
– Pequena bruja sinvergonzona -dijo Ernie-. ?Brujita consentida y sinverguenza!
– Eso es lo que soy -respondio ella-. ?Consentida! ?Sinverguenza! ?Rica! ?Bruja!
Subitamente, con toda la potencia que habia estado acopiando en su cuerpo, Ernie se mostro activo y Ethel profirio exclamaciones.
– ?Oh papaito, oh papaito, papaito, papaito!
Cuando todo hubo terminado, se separaron, y la verdad quedo en el espacio vacio entre ambos.
Feliz y tranquila, Ethel se durmio.
Las nubes cubrieron el sol. La habitacion quedo en penumbras. En algun lugar, fuera, un perro ladro. El tiempo se desplomo.
Ernie permanecio quieto, escuchando los ruidos del trafico de regreso a casa procedente de la carretera lejana.
El mayor de los gatos se estiro. Habia llegado su hora de caza.
Un auto se acercaba por la carretera hacia la casa, pero Ernie no se movio.
El auto se detuvo frente a la casa. Ernie oyo como se abria y se cerraba la puerta del vehiculo y los pasos que cruzaban la arena.
Ernie no se molesto en moverse.
Entro una chica en la casa y el gato callejero se froto contra sus pies y salio.
– Ernie -dijo la chica acercandose a la puerta del dormitorio-. Estoy de vuelta.
Vio entonces que habia alguien con Ernie. Se quedo en el umbral de la puerta con una gran bolsa de papel oscuro en los brazos. De la bolsa extrajo un carton con seis latas de cerveza y una bolsita de «Fritos», un carton de «Kool», el
Quedo entonces un silencio perfecto, excepto por el silbido del viento y los remolinos de arena.
Ernie se levanto y fue a la cocina. Se sento en una silla, puso los pies sobre la mesa y tirando de su prepucio lo sacudio suavemente. Despues destapo una botella de cerveza.
Cuando el sol ya se habia puesto y la casa estaba a oscuras, cuando todas las criaturas excepto los buhos estaban dormidas, Ethel desperto.
– ?Quieres que te prepare algo de comer? -pregunto a Ernie.
– Me gustaria un poco de helado, pero no tengo dinero.
Ethel se vistio y se fue al almacen en auto. Trajo dos cuartos [5] de helado de cafe, del mejor. Se sentaron en la cama, desnudos, comieron el helado y hablaron.
Ella le conto que con Teddy sentia que su vida, por primera vez, tenia un proposito.
– Me gustaria haber encontrado a alguien que me hiciera sentir igual -le dijo Ernie, mirandola.
– Quiza la encuentres -dijo ella-. Espero que asi sea, Ernie.
Hicieron nuevamente el amor.
Mas tarde, Ethel le conto como lo hacia Teddy, como se apresuraba, como se ponia nervioso, como sudaba.
– Probablemente lo pones nervioso -dijo Ernie-, como si fueras a abandonarlo a cada momento. ?No haces eso?
– No, no. No quiero dejarlo. ?Nunca!
Vencida casi totalmente la tension entre ellos, nuevamente extranos, hicieron el amor una ultima vez y se durmieron despues, dandose la espalda.
Al despuntar la aurora, Ethel oyo los pajaros y salto de la cama. Caminando cuidadosamente entre las latas vacias de cerveza, esparcidas por el suelo, se vistio rapidamente dispuesta a escapar con sigilo. Busco su lapiz de cejas para garabatear una nota de despedida sobre la bolsa de papel oscuro.
Cambio entonces de intencion y se acerco de puntillas hasta Ernie que dormia.
– Me voy -murmuro.
– Muy bien -dijo el.
– No te vere nunca mas -anadio.
– De acuerdo.
Ethel espero, pero Ernie no dijo nada mas. Estaba dormido.
Ethel salio de la casa, a la sofocante manana del desierto.
Entre su auto y el de Ernie habia otro vehiculo, una vieja camioneta «Toyota» que no habia estado alli la noche anterior. En el asiento frontal, mirandola con odio, habia una chica, de unos diecisiete anos, de rostro delgado y con la piel imperfecta de los adolescentes. No dijo nada hasta que Ethel subio a su propio auto.
– No se acerque a el, senora -dijo-. No vuelva por aqui.
– No sera necesario -respondio Ethel.
3
No deseaba llegar a su casa antes de que su padre hubiera salido para todo el dia, de modo que circunvalo la ciudad de Tucson subiendo mas arriba del nivel de
Un halcon estaba buscando su alimento en el jardin alrededor de la piscina. Ethel arrimo a un lado de la carretera su auto alquilado, desconecto el motor y se hundio en el asiento.
Exactamente a las ocho menos cuarto, un «Mercedes» de color marron descendia por la avenida de gravilla y se detuvo al otro lado de la verja de apertura electrica. Ethel vio como su padre sacaba el brazo por la ventanilla del conductor, pulso un boton en un soporte de metal y abrio. Cuando el «280 SL» hubo cruzado la puerta, aparecio de nuevo el brazo para presionar otro boton en el exterior. Cuando la verja se cerro con un clic, el poderoso auto tomo la direccion opuesta al lugar en donde Ethel se estaba escondiendo y se precipito por la carretera.
Para asegurarse, Ethel le concedio diez minutos. El doctor Ed Laffey raramente se olvidaba de nada, pero habia ocurrido. Llevaba su casa y sus cuatro acres en la cima de la montana con toda meticulosidad. Cada manana, en la hora del desayuno, dictaba el menu de la cena, detallando lo que debia cogerse de su camara congeladora o del huerto y lo que debia comprarse y en donde. Con igual meticulosidad controlaba la marcha del
