establo que albergaba los caballos de paseo, su unico punto flaco. Antes de que el doctor saliera para su jornada de trabajo, la pareja Manuel y Carlita, y Diego, el joven mozo, debian recibir el conjunto de instrucciones.

Convencida de que ya no iba a regresar, Ethel cruzo la verja, siguiendo el doble rito de la barrera, y paso por delante del garaje en donde otro «Mercedes» esperaba, este de color blanco, un regalo que le habia hecho su padre cuando ella cumplio los veintiun anos.

Decidio deslizarse por la puerta trasera sin ser vista. Manuel debia de estar ocupado en los establos, su primera tarea matutina. Despues de entrar se detuvo al oir el ruido sordo de la lavadora tamano hotel, en marcha en el cuarto de lavanderia. Cada manana se cargaba la maquina con todo lo que fuese lavable utilizado el dia anterior; no se toleraba ninguna suciedad en la casa por mas de veinticuatro horas.

Esa era una de las razones por las que se habia ido a vivir con Ernie.

Pasando sigilosamente por la despensa para evitar la cocina, en donde oyo a Carlita que canturreaba mientras trabajaba, y moviendose de puntillas con la velocidad de un fugitivo, Ethel creyo que habia conseguido entrar sin que nadie se diera cuenta. Pero despues de cruzar el salon y cuando comenzaba a subir la escalera mal iluminada, un pozo de dos pisos con una alta ventana de cristales de colores, con una rapida mirada por encima del hombro vio a su madre mirandola ansiosamente desde el cuarto de estar.

– ?Quien es? -pregunto Emma Laffey, con voz temblorosa.

– Soy yo.

– ?Quien?

– Ethel.

– ?Oh! ?Kitten! -El alivio gano al temor.- Estoy tan contenta de que hayas vuelto…

Ethel se acerco hasta la mujer acomodada en su butaca, cubiertas las rodillas por una manta blanca tejida a punto flojo, y cumplio con su deber, un beso rapido en la frente. Pero la anciana cogio la mano de la muchacha y la apreto contra sus labios.

– Gracias -dijo-, muchas gracias…

– ?Por que, mama?

– Por regresar. Esto no es lo mismo sin ti, Kitten.

Ethel no podia soportar la expresion histerica de la gratitud de su madre. Era demasiado penoso. Mistress Laffey no creia merecer nada.

– Pareces cansada, Sugar [7].

– Estoy bien, madre.

– Por poco encuentras a tu padre. Acaba de irse. Sientate junto a mi y deja que te mire.

Carlita entro con el desayuno de su madre en una bandeja: te «Constant Comment», una tostada sin mantequilla, y a un lado de la bandeja rodajas de lima y un pequeno recipiente de plata mexicana que contenia un sustituto del azucar. Nadie estaba seguro respecto a la enfermedad de mistress Laffey, pero todos los doctores consultados estaban de acuerdo con su esposo en que su dieta debia prescindir del colesterol y el azucar. El doctor Laffey, convencido de que el azucar y la crema eran veneno, nunca los usaba.

- Bien venida, [8] miss Ethel -dijo Carlita-. Por poco encuentra a su padre. ?Quiere que lo llame y le diga que usted ha regresado?

– No.

– ?Oh, si! -dijo Emma Laffey-. ?Hazlo, Carlita!

– Estoy terriblemente cansada, mama. Voy a tornar una ducha rapida, dormire un rato y despues lo llamare yo misma.

– Naturalmente. No llames al doctor Laffey, Carlita. Ethel debe estar agotada. Esos viajes tan largos solian cansarme tanto… Ella ha recorrido un largo camino desde…

Habia olvidado el nombre de la ciudad.

– Desde San Diego, mama. Ya vere a papa esta noche y bajare a verte a ti tan pronto como yo…

– Esta noche quiza vendra tarde. Ahora opera casi todas las noches. Trabaja demasiado duramente.

– Lo se -respondio Ethel. Beso de nuevo a su madre en la frente-. Ya bajare -anadio, corriendo escalera arriba como si huyera de un incendio.

Cerro la puerta de su habitacion y se dejo caer en la cama.

Teddy, penso. Teddy es la cordura.

Se levanto, se despojo del vestido que no habia gustado a Teddy y con un par de tirones rasgo la costura central y dejo caer las piezas al suelo.

Se ducho. Lo ultimo de Ernie.

Puso el agua tan caliente como podia soportar. Permanecio durante diez minutos bajo el chorro de agua liberandose de su tension.

Calmada finalmente, con el cuerpo rosado y blando, se envolvio el cabello con una toalla y se dirigio a su dormitorio. El sol llegaba ya a su ventana y Ethel giro una butaca para que el rayo de ambar la llenara y se dejo caer entonces en el pozo de luz estirando las piernas y cerrando los ojos.

Sentia todo su cuerpo irritado. Suponia que tendria marcas en su piel -quedaba marcada con facilidad-, pero en aquel momento no sentia deseos de comprobarlo. Queria estarse quieta.

Llamaron discretamente a la puerta.

– ?Miss Kitten? -Era Manuel.

– ?Que hay?

– Tengo correo para usted.

– No quiero el maldito correo. ?Oh, espera un minuto!

Abrio la puerta lo suficiente para mirar fuera, ocultando su cuerpo detras, de modo que no hubiera posibilidad de una conversacion larga.

Manuel, un chicano cincuenton, pequeno y solido, y su esposa Carlita, habian estado «en la familia» hasta donde llegaba la memoria de Ethel. Sostenia en la mano, respetuosamente, un monton de correo. Manuel siempre se mostraba respetuoso.

– Es muy agradable tenerla aqui de regreso, miss Kitten -le dijo.

– Yo tambien estoy contenta de verte -mintio Ethel.

– Enhorabuena. El doctor Laffey me ha dicho que va a casarse usted.

– Voy a casarme. -Se echo un poco mas atras para recordar al hombre que ella estaba desnuda.- Perdoname, Manuel.

Ethel habia pedido que no le mandaran el correo, cuando salio para San Diego. Habia una autentica pila.

– Y un telegrama. Llego la noche pasada. El doctor Laffey lo abrio, por si acaso. Asi es como supimos que usted estaba de camino para aca. Su padre pensaba que usted llegaria la noche pasada.

– Manuel, estoy a medio banarme…

– Oh, si, si. Por poco se encuentra con su padre -continuo Manuel, sin inmutarse-, pero Carlita lo llamo y…

– ?Por que demonios lo hizo?

– Creo que su madre se lo mando.

– Yo creo que mi madre le dijo que no lo hiciera.

– Sea como fuere, su padre dijo que esta noche cancelaria sus operaciones y llegaria a casa a tiempo para el coctel. «Decidle que no se vaya», dijo su padre.

Ethel cerro la puerta diciendo:

– Ahora voy a dormir un rato.

Cerro con llave y arrojo el correo encima de la cama.

Volverian dentro de un minuto, apostaria cualquier cosa. Cogio el secador de cabello del armario, lo enchufo y se puso el casco cubriendole las orejas. Se sento en la cama con el tembloroso casco en la cabeza, busco el telegrama -debia ser deTeddy-, lo retuvo contra el pecho y miro con resentimiento el resto de correo.

Tenia miedo de leer el mensaje de Teddy. ?Y si el hubiera intentado llamarla anoche? Decidio reservarlo hasta haber leido el revoltijo de cartas.

En su mayor parte era propaganda y circulares. Un anuncio de una boutique «End of

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