the Line», iba acompanado de una carta. Su papaito estuvo aqui la semana pasada y escogio algunas cosas muy bonitas. ?Le gustaron a usted? Nos dijo que, naturalmente, usted tenia aqui una cuenta de credito y que podia adquirir cualquier cosa que le gustara. Es un hombre sumamente generoso y, ademas, extraordinariamente atractivo.

?De modo que su padre tenia una amiguita! Casi operaba todas las noches, habia comentado su madre. Trabajaba demasiado.

Habia una circular del peluquero que ella solia frecuentar informandola de que trasladaba su establecimiento a otra direccion, en donde, desgraciadamente, el alquiler era superior y sus precios por tanto, tambien debian elevarse. Pero para unas pocas clientes -y ella estaba entre ellas- se aplicarian los antiguos precios. «?Venga, pues, a vernos!»

Habia un gran sobre del vendedor del «Mercedes». Solo hacia cinco meses que Ethel tenia el auto, pero el vendedor ya le mandaba un folleto con los ultimos modelos, ilustrado con brillantes colores. «Estaria usted preciosa en este modelo», habia escrito el vendedor en un margen. «Me apuesto algo a que pueden tentar a su padre. Y nosotros estaremos muy satisfechos en poder colaborar.» ?Al grano!

Habia tambien un sobre con sello de Israel.

Aaron. Despues de un ano de silencio.

Cuando saco la carta cayeron dos instantaneas. Una mostraba unos banistas en el agua azul, un grupo de nadadores de una docena de chicos y muchachas junto al mar. Aaron, que habia sido estudiante de intercambio en la LIniversidad de la Escuela de Mineria de Arizona cuando ella era estudiante de segundo grado de Bellas Artes, le habia dicho con frecuencia cuanto echaba de menos el agua salada. Y ahora, aqui estaba, en medio de un grupo feliz, chapoteando en el agua. Los nadadores, a una senal del fotografo, habian levantado los brazos saludando. Todos parecian muy satisfechos de estar en aquel lugar en semejante compania, a excepcion de una chica que no miraba a la camara: una jovencita fogosa que miraba a Aaron. La otra instantanea era de ella sola.

«Querida Ethel -decia la carta-, voy a casarme. Quiero que lo sepas. Con Hanna, la joven de la fotografia.»

Ethel miro a Hanna largamente. Tenia el cabello corto, negro, peinado liso hacia atras, ojos decididos, tez aceitunada, y una nariz recta y puntiaguda. Ethel la odio inmediatamente.

Observo que Aaron se habia dejado el bigote y parecia mas viejo. Pero incluso en aquella pequena imagen, junto a la gran extension de agua, se vislumbraba la simpatia con que habia cautivado a todos en Tucson y que hacia que todas las muchachas del campus lo desearan. Le habia concedido el premio -su persona- a Ethel. Ella se habia sentido orgullosa.

Aaron fue el primer chico que habia mostrado por ella un interes que no fuese unicamente el de meter la mano por debajo de su falda. Habia sido su primera autentica amistad, femenina o masculina. Habia dado largos paseos en auto por el desierto, durmiendo al aire libre, envueltos en mantas, y el le habia hablado sobre su pais y su politica.

– Me habla -habia comentado Ethel en aquella epoca- corno si yo supiera de lo que el esta hablando.

Recordaba una observacion especial que Aaron habia hecho:

– Vosotros los norteamericanos vivis por encima del desierto y mirais la puesta del sol desde vuestras terrazas como si fuese una pelicula. Nosotros vivimos en el desierto porque es el ultimo rincon del mundo en que se nos ha permitido vivir. La tierra es nuestra madre; nos protege con su cuerpo.

Habia querido que Ethel durmiera con el en el suelo para que ella comprendiera lo que el queria decir. Por la manana, Aaron se lavo las manos con la arena como si fuese agua. Los arabes lo hacian asi, le habia dicho a Ethel.

Ethel se habia convertido en su discipula, del mismo modo que habia sido la gatita de su padre, y habia de ser, durante algun tiempo, la sierva de Ernie. Aaron le hizo ver que ella habia sido preparada para vivir unicamente como consumidora. Se la habia educado con un solo articulo de fe: que el refrigerador estuviera siempre lleno. Pero ella nunca habia metido nada dentro, le dijo Aaron, solo habia sacado. Su generacion era la generacion del refrigerador, ella era el simbolo de todos los errores de los Estados Unidos, de la clase media que gobernaba, la razon por la que estaba condenada.

– Vuestra riqueza no tiene nada que ver con vuestra condenada tecnica -solia decir Aaron-. Todo estaba ya aqui y lo unico que os quedaba por hacer era matar a los indios. Cuando te conoci -decia Aaron-, yo pense, si, es una buena chica. Seguramente. Entonces vi lo que tu padre estaba haciendo contigo. ?Por que la anima a gastar de ese modo?, me preguntaba yo. «?American Express, Master Card!» Cuando se aburre, se va

de compras. Oh, papaito, por favor, ?puedo comprarme eso? Claro, gatita, ?que mas quieres? ?Aquello! ?Tomalo! Entonces he comprendido algo. Esto es todo lo que los norteamericanos, los hombres, hacen por sus mujeres, asi es como mantienen su poder sobre ellas. Las hacen totalmente dependientes. Las reducen a favoritas domesticas. ?Gatitas! ?Mira lo que te ha hecho a ti! ?Como te las arreglarias si tu padre no pagara mas tus facturas y no pusiera la comida en tu boca? Intenta ganar tu vida, aunque sea una sola vez. Te reto a ello. A la primera ocasion que tuvieras problemas «?Papaito, papaito corre!», y el acudiria corriendo con su grueso talonario de cheques. Pero medita en el precio que ese cheque te costaria a ti. ?Gatita! ?Tienes idea de lo que estoy hablandote? Oh, olvidalo. ?Para que sirve?

Cuando su periodo de intercambio de dos anos hubo terminado y llego el momento de regresar a Israel, Aaron le propuso que se fuera con el, que trataria de convertirla en una persona «real». Fueron juntos a la oficina para el despacho de billetes de avion y Ethel compro dos billetes de ida a Tel Aviv pagando con su tarjeta de «American Express». El proposito de Ethel era desaparecer de la casa de su padre, enviarle un telegrama desde el aeropuerto y escribirle despues desde Israel. Aaron le dijo que no se preocupara, que las explicaciones no eran importantes. De todos modos, su padre no lo entenderia; su desaparicion solo significaria una cosa para el: el rechazo de su sistema de vida.

Ethel no sabia por que se echo atras en el ultimo minuto. Simplemente no acudio al aeropuerto cuando se suponia que iria.

Guardo el billete. Ella y Aaron se habian escrito cartas apasionadas, desesperadas.

«Pienso en ti todos los dias», habia escrito Ethel, manteniendolo en vilo. ?Habia mentido ella cuando prometio que algun dia desapareceria de donde estaba y apareceria en donde estaba el? No, era sincera, hasta donde podia alcanzar su sinceridad.

Pero los intervalos entre sus cartas se alargaron, y finalmente hubo el silencio. Las unicas noticias que Ethel tenia de Israel provenian del televisor.

Te espere durante muchos meses -concluia esta carta ultima de Aaron-. Pensaba, continuamente que al dia siguiente sabria de ti. «Voy», me dirias, «ven a esperarme», dame una fecha y el numero de vuelo. Pero he visto que has estado jugando conmigo. Ahora no te guardo ningun rencor, pero durante algunos meses solo tenia la idea de desquitarme. Una noche, estando borracho, hice planes de como vendria a los Estados Unidos y yo… Bueno, antes o despues la gente recibe lo que merece.

Ethel dejo la carta a un lado.

De todos los muchachos que habia traido a casa para que los conociera su padre, el unico en quien el doctor Laffey habia mostrado algun interes era Aaron.

– Tiene una especie de autoridad, ese bribonzuelo -habia dicho-. Y algunas ideas sobre lo que ocurre por el mundo. Naturalmente, es un judio…

– Tambien lo es Goldwater -habia gorjeado Emma Laffey desde su cueva de olvido.

– A medias -corrigio Ed Laffey. Echandose a reir de su propio comentario.

La dificultad de Ethel con su padre radicaba en que con frecuencia el tenia razon y que cualquier otra persona por quien ella se interesara mostraba cierta medida de desprecio hacia ella. Unicamente el doctor Ed Laffey amaba a su hija de forma absoluta. Ethel necesitaba eso… la mitad del tiempo.

– Me complace que salgas con ese muchacho. Vigila tan solo no ir demasiado lejos -habia dicho su padre refiriendose a Aaron-. Con respecto a tus sentimientos, quiero decir. Es de una cultura totalmente distinta, una cultura de la que nunca sabras nada.

Exactamente lo que Ethel habia estado pensando… la mitad del tiempo.

Y lo mismo con los otros muchachos.

– Quizas es que te quiero demasiado, gatita -le habia dicho-. Pero estoy seguro de que tu eres mejor que el.

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