sospechara. Es un muchacho tan bueno…
En la mesita al lado de la cama habia un telefono princesa. Marco el numero de Teddy. Le diria que habia destrozado el vestido que el habia desaprobado y que necesitaba escuchar su voz.
Y descubriria si el sospechaba…
Alguien llamo a la puerta con los nudillos, discreta y moderadamente. Al mismo tiempo Ethel oyo, en la linea a larga distancia, el telefono de Teddy sonando en San Diego.
– ?Miss Ethel? -Era Carlita, susurrando.
– ?Que? -vocifero Ethel. Y escucho de nuevo el telefono que sonaba a lo lejos -. Callate -vocifero.
Carlita hablo bajo.
– Es su madre. Quiere saber lo que le gustaria comer en el almuerzo.
– No quiero almuerzo. Y ahora vete. -El telefono de Teddy seguia sonando, pero nadie lo atendia.- Estoy intentando dormir.
Ethel sabia que su padre seria informado del mal genio de ella.
Teddy no estaba alli. Estaria en alguna parte haciendo lo que se suponia debia hacer. Ella nunca dudo de Teddy.
– Muy bien, miss
Ethel colgo el telefono, se cubrio el rostro con la sabana, y se hundio en las profundidades de la cama. Alli, en la oscuridad, elevo las rodillas hasta el pecho, coloco las manos que sostenian el telegrama, entre sus muslos y se dispuso a dormir.
La condenada cama era dura, incluso en el medio, rigida. Su padre estaba convencido de que una cama blanda era mala para la espina dorsal. Lo primero que Ethel compraria cuando arreglara un lugar para vivir con Teddy, seria una cama muy blanda, que se hundiera profundamente.
Con ese pensamiento se durmio.
Un golpe en la puerta la desperto.
– Miss
– Lo dejare en el suelo junto a la puerta -dijo Manuel. Ethel oyo que dejaba la bandeja en el suelo-. Tenga cuidado cuando salga -termino Manuel, medio susurro medio broma.
Eran las cuatro y media. Habia dormido tres horas.
El sol habia pasado por encima de la butaca y ahora estaba en la pared, frente a la cama.
Esa pared estaba cubierta con fotografias de Ethel desde el dia en que cumplio siete anos y solo tenia una meta en la vida: crecer y casarse con su papaito. Ya que a el le gustaba montar a caballo, ella sintio igual pasion por los caballos. Aqui, en exposicion, habia los recuerdos de esa epoca armoniosa, Ethel y su primer poney, un regalo que le hizo su padre al cumplir los nueve anos. Ethel y su papaito regresando de un paseo a caballo, con la puesta del sol a su espalda; Ethel, de doce anos, de pie en el centro del corral, con un latigo en la mano, haciendo dar vueltas a un potrillo atado al extremo de una cuerda larga; Ethel con su yegua favorita, a la que habia ayudado en su dificil parto: Ethel tuvo que meter dentro la mano y tirar de la pata de la potranca.
A juzgar por las paredes, la vida de Ethel se habia detenido a los doce anos. Despues de esa edad no habia fotografias. Bruscamente, a los trece anos, dejo de practicar la equitacion. A los catorce, tenia relacion sexual con los muchachos; a los quince estuvo considerando el suicidio, un juego de ninos que consistia en cortarse las munecas.
Ethel se levanto y se envolvio con un quimono chino de seda blanca. ?Quien se lo habia regalado? ?Seria aquel hombre maduro que conocio en unas vacaciones en Mexico? No. ?Quien, entonces? Debio de ser ese hombre. La habia llevado al museo arqueologico un dia de verano. ?Se habia acostado con el? No podia recordarlo. Recordaba, no obstante, que el llevaba un anillo con un diamante.
Comenzo a arrancar las fotografias de las paredes con violencia, haciendo volar los pequenos clavitos y arrojandolas al suelo. No queria que Teddy viese ninguna; ella solo le ofreceria una pared completamente limpia.
Intento llamarlo de nuevo. Nadie cogio el telefono.
Debia vestirse y bajar. Sintio lastima por esa mujer abandonada ahi abajo. ?Hablar de desaparecer! Esto era lo que Emma Laffey estaba haciendo… desapareciendo cada dia mas profundamente en las sombras. Ahora esperaba que le hablara de Teddy.
Bueno, para eso habia venido Ethel, para preparar a Ed y a Emma Laffey a recibir a Costa y Teddy Avaliotis.
Llamo a otro numero que Teddy le habia dado, un centro de mensajes. Dejaria un mensaje alli.
– Urgente -dijo.
?Como iba a vestirse ahora? Como prometida de Teddy. Ethel, no
En los colgadores de su profundo armario empotrado habia -los conto- cincuenta y siete vestidos. Mas de la mitad eran blancos: seda, algodon, nailon, Dacron, poliester; todos ligeros, todos «Kitten», «acariciadores», cortados y adaptados para atraer la atencion y excitar el deseo.
Costa pondria el veto a todos ellos. Ethel estaba decidida a complacer a Costa todavia mas que a su hijo.
Deseaba poder hablar con Teddy francamente, contarle la historia completa de su vida… quien, cuando, cuantas veces, por que, enteramente todo. Pero, ?como podria contarle lo de la pasada noche, por ejemplo, que todo habia sucedido como un medio para terminar definitivamente con su pasado? La pasada noche Ethel habia cumplimentado lo que esperaba poder hacer. Ernie estaba «muerto» para siempre.
No, siempre quedaria algo de su vida que tendria que ocultar a Teddy.
?Que podia ponerse?
Tiro de los vestidos del armario, colgadores incluidos, y los arrojo al suelo. Ninguno de ellos era apropiado ahora. Cada uno de ellos la descubriria.
Mira esas blusas con volantes, de colores alegres adecuadas para el verano de Atizona; y tambien esos chalecos sin espalda y sujetadores con tirantes, muchos de color blanco y otros azul celeste, y amarillo y anaranjado, todos calculados y escogidos para exhibir descaradamente lo que ahora estaba decidida a ocultar. Que ansiosos estaban ahora, que freneticos por llamar la atencion.
– ?Mirame! ?Deseame! ?Vamos! ?Vamos!
Largos sacos de plastico transparente protegian sus trajes de noche blancos, sin tirantes o sujetos por una simple cinta delgada, invitadores:
– Todo lo que has de hacer es deslizarme por tu hombro. Es tan facil… ?Intentalo! ?Lo ves?
Aqui tambien, pequenas chaquetas blancas, una de conejo y otra de armino, para citas diferentes: chico pobre, chico rico. La de conejo tenia una flor descolorida sujeta con un alfiler, una gardenia, el perfume era un recuerdo. Recordo aquella noche: no habia vuelto a casa.
Nunca llevaria otra vez nada de todo eso: vestidos, blusas, chalecos, lo que fuese… nunca mas. Todo volo al suelo.
En el pequeno escritorio de triple cajon, habia su ropa interior: bikinis del mas fino algodon, tan delgado, tan ligero, que su presencia no podia descubrirse ni a traves del vestido mas fino,
– No llevo nada debajo -prometian-. No me crees. ?Ven a comprobarlo! -Habia todo un circo de lo que Ethel en otro tiempo creyo tan «primoroso»: bragas con el bordado «Kitten», otras estampadas por todos los lugares con
En el otro compartimiento, sujetadores, que se abrian por el frente o por la espalda, algunos transparentes, algunos muy escotados, otros de blonda y de malla de red, ninguno de ellos acolchado. A los catorce anos, Ethel ya tenia el pecho desarrollado. Todos se abrochaban simplemente; nadie debia manipular demasiado para abrirlos. Ethel los arrojo a la pila de desechos.
En un estante habia bolsos en profusion, uno para cada ocasion, uno para cada vestido, en armonia de color. Alli habia aquel que su padre habia abierto accidentalmente encontrando, junto a sus llaves y un panuelo, dos barras de chocolate y un condon. Ethel recogio todos los bolsos en un abrazo y los dejo caer en la pila.
Al fondo del armario casi vacio, en un estante superior, habia cajas de recuerdos: cartas de amor y tarjetas de notas, programas e invitaciones, un confetti de pequenas misivas dobladas, pasadas subrepticiamente entre los pupitres escolares o atrapadas de los muchachos al cruzarse en los pasillos, confirmacion de citas, donde y
