noches de su vida.

Al otro lado de la avenida, tras un seto vivo de arbustos tropicales, una plantacion espesa pero bien ordenada de flores rodeaba la piscina. Mas alla, y un poco por debajo de esta zona, se encontraba otro jardin, devocion especial de Emma Laffey, un cultivo de flores del desierto y cactus con sus frutos espinosos. Un quitasol de rota estaba colgado sobre un piso alzado algunos centimetros por encima de la arena caliente alli donde las ramitas hubieran podido entrelazarse. Aqui se sento Ethel, a la luz que el sol habia dejado atras, esperando que saliera su padre.

Podia ver a su madre, sola en la terraza del salon, tomando su cena de una bandeja. Emma dejo el cuchillo y el tenedor como si fuesen demasiado pesados para manejar, suspiro y vio entonces a su hija que la estaba mirando. Rapidamente se animo. Las dos mujeres se saludaron con la mano a traves del espacio, y entonces mistress Laffey miro su reloj de pulsera y lo que vio la impulso a hacer una serie de gestos y signos en direccion de Ethel. Ethel tradujo el mensaje: dentro de pocos minutos habra un programa estupendo en la television y Ethel debia venir, por favor, por favor, a verlo con ella.

Ethel dijo en voz alta:

– Estoy esperando para cenar con papa -acompanando estas palabras con signos y gestos que expresaban lo mismo.

Emma asintio con la cabeza, comprendio por que debia estar sola otra vez, y presento el aspecto de sentirse tan complacida por ello como cualquiera pudiera estarlo.

Alli estaba el entonces, saliendo decidido por la otra terraza, la que correspondia al comedor, vestido con una americana azul marino de lino irlandes, adornada con botones dorados y debajo del blazer una camisa desabotonada hasta la mitad del pecho. Saludo alegremente con la mano a su esposa que estaba en la terraza opuesta, y le mando un beso. Dirigio entonces gestos impacientes a Ethel.

Ethel ya habia echado a correr en su direccion. Entre sus brazos le dijo:

– Olvide decirte, papa, que tienes un aspecto maravilloso.

Complacido, el respondio:

– Estoy seguro que tengo mejor aspecto porque tu has venido a casa -anadio-: Y porque soy terriblemente feliz de cenar contigo.

Manuel estaba encendiendo dos lamparas sordas, una color vino de Borgona, y la otra del intenso color verde de las hojas del acebo.

Habia margaritas. Y guacamole. [10] Se sonrieron. No era necesario decir nada. En aquel silencio, todo era perfecto.

En la distancia se oyeron los primeros coyotes.

– Diego me ha dicho que uno de ellos mato al perro de aguas -dijo Ethel.

– Es mas facil que fuese un lince. Les gusta la carne de perro. A proposito, ?que auto es ese que hay en la avenida?

– Lo he alquilado en el aeropuerto.

– Tienes tu propio auto en el garaje. -Espero una explicacion. Ethel no se la dio.

Manuel salio con dos rebosantes margaritas mas, el dorado liquido lamiendo el aspero borde salobre.

– Ah, gracias, Manuel -dijo el doctor Laffey. Y anadio-: Manuel, hay cierto olor acre en el aire, como si se estuviera quemando goma laca. ?Que es?

– Son mis fotografias -dijo Ethel-. Le pedi a Manuel que las quemara.

– ?Ah! -exclamo el doctor Laffey-. Ya veo. -Miro a Manuel.- El viento viene en nuestra direccion, el poco viento que corre, y el humo se queda aqui inmovil.

– Si, senor -dijo Manuel-. Lo siento.

Ethel recordo lo que habia venido a hacer aqui. Se acordo de las instrucciones de Costa.

– Yo no deseaba causarte ninguna inquietud antes -dijo-. Quiero decir, que lo hice y lo siento.

– ?Sobre que? -pregunto su padre.

– Por ser adoptada. Estoy segura de mi deuda de gratitud.

Carlita salio con las ensaladas.

– Su padre ha preparado el alino, miss Kitten -dijo mientras colocaba los cuencos de madera Oaxaca en la mesa a un lado del mantelito individual. Vacilo entonces.

– Si, Carlita, ?que quieres? -dijo el doctor.

– Queria preguntar a miss Ethel si estaba segura que queria darme todos esos vestidos. Hare feliz a mucha gente con ellos, naturalmente, pero… Doctor Laffey, ?usted que dice?

– Vaya, Carlita, son los vestidos de Kittey. Ella puede hacer todo lo que quiera con ellos.

– Gracias, senor, gracias a los dos. Aliviada, salio presurosa.

– Adoro el alino que preparas, papa -dijo Ethel- y la salsa de carne. ?Como aprendiste a hacer esas cosas?

– Tuve que aprender. Resulto que tu madre no era muy buena en la cocina.

– Debes darme las dos recetas. Tengo una libretita donde he comenzado a anotarlas.

Manuel salio con los filetes en una gran tabla de madera. Alrededor habia los tomates asados y montoncitos de cebollitas salteadas en mantequilla.

El doctor Laffey se coloco los medios lentes que colgaban de una cadena de plata alrededor del cuello y cuidadosamente hizo penetrar el afilado corte de un cuchillo por uno de los solomillos.

– Tal como he pensado -dijo a Manuel- estan demasiado hechos. Pon otro par en la brasa.

– Lo siento, senor, pero tomara algun tiempo. Estan congelados, sabe…

– Saque cuatro filetes del congelador. Por si acaso. Encontraran otro par en la nevera, a punto. No esperaras que nos comamos estos, ?verdad? Ahora apresurate. Y, oye, Manuel… Nunca, nunca mas destruyas nada que sea de mi propiedad sin mi permiso previo. ?Queda entendido?

– Si, senor.

– Y, oye Manuel, cuando hayas puesto los nuevos filetes al fuego traenos otra ronda de margaritas. ?No es verdad, Kit, que Manuel prepara unas margaritas perfectas?

– Si, asi es.

– Gracias, gracias. -Manuel salio a toda prisa.

– Yo les he mandado hacerlo -dijo Ethel-. Lo siento. Se que hubiera debido pedir permiso. Pero las fotografias eran mias, de modo que…

– Bueno, no tiene importancia, pero fueron tomadas con mi camara, que exponia mis negativos, y yo las mande revelar, imprimir, recortar y enmarcar. No es un punto que quiera discutir, pero bajo cualquier definicion de propiedad que yo pueda conocer…

– Pero eran fotografias de mi. Yo soy el sujeto. Yo no te pedi que las hicieras o que las enmarcaras o que las pusieras en mis paredes. Ya se que lo hiciste por afecto, pero no deseo tener a mi alrededor ninguna de mis viejas fotografias.

– No importa, no importa. Ya esta hecho y tu eres feliz. Bueno, ahora ya no puedes evitarlo mas: dime como es.

– El padre es a la usanza antigua. Se supone que debo prepararte para su visita.

– ?Tan formidable es?

– Es increible. -Se acordo de Costa y se echo a reir.- Literalmente increible.

– Pero tu vas a casarte con el hijo y no con el padre, ?no es asi?

Rieron juntos.

– Es mas como si me casara con los dos. Voy a ingresar en una familia. El viejo es el ultimo de una raza. Y se preocupa de su descendencia, le inquieta de verdad.

– ?Y yo no?

– ?Vaya, papa! ?No quiero decir eso! -Se inclino y lo beso.

Вы читаете Actos De Amor
Добавить отзыв
ВСЕ ОТЗЫВЫ О КНИГЕ В ИЗБРАННОЕ

0

Вы можете отметить интересные вам фрагменты текста, которые будут доступны по уникальной ссылке в адресной строке браузера.

Отметить Добавить цитату