Los coyotes parecian estar mas cerca y habia lechuzas en el valle mas alla del jardin de cactus; los coyotes lamentandose y las lechuzas seductoras, con las garras prontas.
Cuando el desierto comenzo a enfriarse, Ethel entro en la casa.
Oyo musica, jazz de los anos treinta, pies arrastrandose en un escenario de madera y pequenos gritos de ?Hay, hey! Al avanzar vio el aparato de television y la imagen de un hombre de media edad demasiado distinguido para el trabajo que estaba haciendo, ensenando un paso de danza a una hilera de chicas con traje de ensayo.
Sentada en una pesada butaca de terciopelo, mistress Laffey daba la impresion, inclinada hacia delante, de escuchar ansiosamente para no perderse ni una palabra ni un movimiento. Pero cuando Ethel se acerco, vio que Emma estaba dormida. En su rostro habia una expresion de estupor y tenia la boca abierta.
Ethel se inclino para besarla en la cabeza.
– Buenas noches, mama -murmuro.
Asustada, Emma la miro.
– ?Estas bien mama? -pregunto Ethel.
– Maravillosamente. ?Hay algo mas pesado que autolamentarse? Ven -se hizo a un lado-, sientate junto a mi. Pareces cansada, cielo. Descansa.
Abrio los brazos. Cuando Ethel no respondio, ella alargo la mano y cogiendo a Ethel por el codo, la tiro gentilmente hacia ella.
– Te echo tanto de menos -dijo-. Ven a sentarte y hablar conmigo.
– Manana, mama -dijo Ethel, soltando su brazo.
Emma cogio de nuevo a la muchacha tirando de ella con una fuerza frenetica.
– ?No hagas eso! -exclamo Ethel. Su voz impaciente y desagradable la sorprendio.
La mano de Emma la solto y quedo temblorosa, en el aire.
Comenzo entonces a sollozar, y del mismo modo que la ira de Ethel hacia su padre habia sido la acumulacion de anos, asi eran las lagrimas de Emma. Su corazon se habia destrozado y no tenia ningun orgullo.
A tientas, busco su baston, y se incorporo, apoyandose sobre el brazo de la butaca, y se encamino hacia el vestibulo y la escalera, sollozando amargamente.
Ethel no se movio, no la miro mientras se iba. Cuando oyo que la puerta del dormitorio en el piso superior se cerraba, se sento y se cogio la cara entre las manos.
Le habia dicho las mismas palabras a su «madre» que su «padre» le dijera hacia algunos anos, y con la misma voz cruel.
Levantandose de un salto, corrio escalera arriba. Pero en la habitacion de Emma no se veia ninguna luz por debajo de la puerta. Intento la manecilla de la puerta. La habitacion estaba cerrada con llave. Llamo. Pero no hubo respuesta.
En fin, ?que demonios podia hacer o decir para ayudar a esa mujer? Era demasiado tarde. La verdad era que nadie en esa casa podia ayudar a ninguno de los otros. O debia.
Desde su propio dormitorio, Ethel se dirigio al telefono. Teddy no estaba en casa. Deseaba poder desconfiar un poco de Teddy; eso aliviaria la culpa que ella sentia. Pero Ethel sabia donde estaria Teddy… en un cine con su padre.
– Me dijeron que alguien habia llamado desde Tucson, una muchacha -dijo Teddy cuando la desperto en medio de la noche-. Me imagine que serias tu.
– ?Que seria yo! ?Cuantas chicas conoces tu en Tucson?
– Todas las chicas a punto de graduarse de la Universidad de Tucson.
No parecia enfadado. Ethel se sintio aliviada.
– Oh, Teddy, carino mio -le dijo- ?querras, por el amor de Dios, venir aqui y llevarme lejos?
– Pasado manana estaremos ahi.
– Te necesito ahora mismo.
– ?Que ha sucedido? ?Alguien ha herido tus sentimientos?
– No. Todos han sido muy pacientes. Soy yo. Me esta entrando la chifladura. Todo vuelve; igual que cuando era una chica y… Lo siento; no debes preocuparte por ello. ?Como fue la pelicula?
– ?Como sabias que fuimos a ver una pelicula?
– Lo se todo de ti, asi que andate con cuidado.
– Sin bromas, ?como lo sabias?
– Tengo una doble vista, porque te quiero. ?Adelanta tu vuelo! No se que demonios voy a hacer aqui manana.
5
Al dia siguiente Ethel durmio hasta las dos de la tarde, o pretendio que dormia. Emma hizo su viaje mensual a la ciudad para visitar a su medico personal, un profesional que su marido habia escogido para ella, y el doctor Laffey no vino a casa para cenar. Era su noche de bridge; el doctor era un jugador con categoria de concursante.
Al dia siguiente, en honor de la ocasion, el doctor Laffey cancelo sus compromisos, incluyendo una operacion ortopedica que le hubiera proporcionado unos honorarios sustanciosos, y se fue en el auto con Ethel al aeropuerto.
Ethel llevaba una blusa azul celeste, de alta botonadura. A un lado de su cuello se veian todavia unas marcas enrojecidas.
El encuentro fue muy sencillo. Costa se sento en la parte posterior junto a su hijo. El doctor Laffey conducia, y Ethel iba a su lado. Para mantener una conversacion, el doctor describia los puntos importantes del recorrido. Se desvio de su camino para llevarlos por el nuevo centro civico.
– Mucho dinero ahi -hizo observar Costa.
Le impresionaron mas todavia algunas de las casas junto a las que pasaron en su camino hacia la cima de la colina Laffey.
– Yo siempre he dicho a mi hijo -comento- que es igual de facil casarse con chica rica que con chica pobre.
– Ha hablado un griego -dijo Teddy.
Cuando llegaron a la casa de Laffey, surgio un problema.
– ?Que es esto? -pregunto Costa.
– Nuestra casa -respondio el doctor Laffey-. ?Es eso lo que usted ha preguntado?
– Muy bonita, muy bonita, pero… -Costa se mostraba reacio por alguna causa. Se encamino hacia el auto.
– Hay habitaciones preparadas para ustedes -dijo el doctor Laffey – ?No es asi, Ethel?
– Vamos, mister Avaliotis -dijo Ethel.
Costa permanecio en sus trece. Por lo visto, aquello que le contrariaba solo podia discutirse entre padres, de modo que se acerco al doctor Laffey, indicandole con un gesto al vuelo que debian hablar a un lado.
Los chicos esperaron.
La consulta que no debian oir fue corta. Vieron que el doctor Laffey asentia con la cabeza, y le oyeron decir:
– Naturalmente, si usted lo prefiere asi.
El hombre volvio. Costa parecia tranquilo, pero resultaba evidente que el doctor Laffey habia tenido una primera impresion de lo que le esperaba.
– Mister Alavotis me ha dicho…
– Avaliotis -dijo Costa-. A-va-li-o-tis. Muy facil.
El doctor Laffey se dirigio a Teddy.
– Su padre prefiere que os alojeis en un motel -dijo.
