– Realmente, no hay ninguna necesidad, mister Avaliotis…

– No puedo ir a cenar sin llevar un regalo a su madre.

El viejo compro en una tienda una caja de un kilo de bombones «Whitman's».

– No hay mas problemas -dijo.

Aquella noche la cena transcurrio muy bien, en todos sus detalles, desde Costa entregando su regalo a mistress Laffey, hasta los cocteles, los cumplidos sobre la casa y el terreno, en todo, hasta que Costa le dijo al doctor Laffey lo que pretendia.

– Nosotros somos catolicos -dijo el doctor Laffey con los labios apretados-. Ethel va a casarse en nuestra iglesia.

– Esto no es posible -respondio Costa.

– Cualquier cosa es posible, mister Avaliotis. -El doctor Laffey habia estado practicando la pronunciacion del nombre con Ethel.

– Quiza para usted. Pero todo no es posible para mi. Tenemos familia y esa es nuestra costumbre. Nosotros no cambiamos al venir a este pais. Nuestros muchachos se casan con chicas griegas y nuestras senoritas griegas se casan con muchachos griegos. Yo no soy hombre anticuado. Entiendo que el mundo esta cambiando. Pero esta cosa nosotros no la cambiamos.

– Tampoco nosotros -respondio el doctor Laffey, mas brevemente, pero con igual decision.

– Asi… -Costa dejo sin terminar la frase haciendo un gesto mostrando las palmas de las manos hacia fuera-. Usted tiene su derecho, yo tengo mi derecho. Veremos lo que sucede.

Siguio esa clase de silencio tan temido por cualquier anfitrion.

– En el desierto tenemos flores bellas -dijo mistress Laffey-. Flores del desierto.

– Ya lo sabe, Emma -dijo el doctor.

Nadie hablo.

– Cuando de pronto todos callan en la conversacion, como ahora -dijo Costa- mi gente en el viejo pais dice: «?Ha nacido una nina!»

Nadie le entendio.

Costa se volvio hacia mistress Laffey.

– Una cena muy agradable, mistress Laffey -dijo-. ?Como puede encontrar pescado como ese aqui, tan fresco?

– Desgraciadamente yo no tuve nada que ver con la cena -dijo mistress Laffey. Y miro al doctor.

– La trucha de montana – el doctor dijo a Teddy, especialmente a Teddy- la traen en avion desde Denver.

– ?Has oido eso, papa? -pregunto Teddy-. Las truchas las traen en avion desde Denver.

– Muy bien, muy bien -dijo Costa.

– Y ahora, ?por que, ustedes dos, caballeros -dijo Teddy- no comienzan a entenderse?

– Por mi, de acuerdo -dijo Costa.

Pero el doctor Laffey no volvio a dirigirse aquella noche a Costa, excepto como parte integrante del grupo. Aproximadamente a las diez menos cuarto miro su reloj y se levanto.

– Debereis disculparme -dijo-. Por la manana he de operar.

Ethel no lo disculpo por eso, como tampoco lo disculpaba por un centenar de cosas mas.

– Naturalmente -respondio Costa-. No queremos ser problema para ustedes. Operar muy importante. Muchacho, llama taxi.

– Los llevare a casa -dijo Ethel.

– Demasiada molestia. Ademas, creo que lo adecuado, que usted y su padre a lo mejor discutan la situacion…

– No hay nada a discutir -dijo el doctor Laffey-. Buenas noches. -No estrecho la mano de Costa, pero le sonrio con la admiracion austera que se reserva a los antagonistas de categoria.

Los dos Avaliotis regresaron a su hospedaje en taxi.

Despues de haberse marchado ya no habia luz en el dormitorio del doctor Laffey. Ethel debia esperar hasta la manana.

Se levanto temprano y espero a su padre en la mesa del desayuno.

– Quiero decirte -dijo- que voy a casarme con Teddy Avaliotis y no me importa en donde se celebre la ceremonia.

– Me doy perfecta cuenta de ello, Ethel -dijo el doctor. Cada manana se comia un pomelo rosado entero que pelaba como si fuese una naranja y dividia en gajos-. Pero no voy a dejarme impresionar. Tu no conoces a los griegos como yo los conozco. Son una nacion de comerciantes. La primera postura que toma un griego jamas es la ultima. Gracias, Manuel.

El desayuno del doctor Laffey consistia en un filete pequeno cortado muy fino. Su dieta consistia en proteinas, regulada cuidadosamente. Cada dia se tomaba tres cucharadas de lecitina granulada.

Ethel tomo tres tazas de cafe solo.

– Ese cafe te va a hacer saltar -dijo el doctor Laffey-. Querida mia, ciertamente tu no necesitas ningun estimulo adicional.

– Sabes bien lo que me esta poniendo nerviosa -dijo Ethel-. Quiero que arreglemos esto.

– Pues, adelante. Huye, deja la notita de costumbre, desaparece, no vuelvas, casate, haz lo que te plazca. Pero creas lo que quieras de tu padre, ya es hora que sepas que no soy ningun bobo. No estas aqui para pedir mi permiso. Estas aqui porque es ese viejo el que quiere mi permiso; eso forma parte de su codigo. ?No tengo razon?

– ?Y que?

– No voy a permitir que se me domine.

– El no trata de dominarte.

– Tu lo estas haciendo. Y no lo permitire.

– Por favor, solo esta vez… ?por favor!

– Bueno, ese tono ya me gusta mas. ?Podemos hablar con sentido comun? Recuerda, siempre, que yo se mucho mas de ti que ese mister Como-se-llame. Por ejemplo, en este momento se que no estas en situacion de dominarme. Asi que tranquilizate y hablemos sensatamente.

– Bien, sigue.

– He hecho muchos viajes a Oriente y jamas he estado en una tienda de alli, griega, egipcia, turca, armenia, siria, libanesa o del tipo que fuese en la que el propietario no esperase que yo regateara. En este caso, el propietario me ha dado una idea de lo que desea. No lo conseguira, no de mi. Y creo tener una idea de lo que va a aceptar, y a su debido tiempo voy a ofrecerselo.

– ?Y que es ello? Manuel, mas cafe.

– Sugiero… -el doctor Laffey habia terminado su filete y su cafe descafeinado y se limpio los labios-, te recomiendo, de hecho, para tu propia felicidad, que procures hoy tener cinco minutos en que puedas estar a solas con el joven enamorado, que, a proposito, me gusta; parece adaptable… y le recomiendes que hable seriamente con su padre y le diga que dos personas pueden muy bien jugar a ser duros. Que le diga que ha de aprender a doblegarse un poco, porque, si no lo hace, se puede quebrar. Cederemos los dos al mismo tiempo, ?eh?

– Papa, ?estas realmente lleno de mierda! -dijo Ethel.

El doctor Laffey salio de la habitacion.

Ethel lo detuvo cuando salia del garaje retrocediendo en el auto. Lo hizo detener quedandose de pie en medio del camino.

– Bueno, ?de que se trata tu proposicion? -pregunto Ethel por la ventanilla del conductor.

– Celebrar dos ceremonias: una en su iglesia y una en la nuestra. Es intolerable que el se crea que puede darme ordenes. ?Que demonios es ese hombre, a fin de cuentas? No tiene educacion, ni una pizca de humor, huele a sudor, pero es todo pomposidad. Y arrogancia. No voy a tolerarlo. Dile a Teddy que lo tome o lo deje. Es un compromiso perfectamente aceptable. Un compromiso que puede proporcionar lo que todas las buenas soluciones de compromiso proporcionan: que todo el mundo se quede tan satisfecho como es posible bajo las actuales circunstancias, lo cual es, como tu descubriras, todo lo que se puede esperar de esta vida. Teddy ya debe saber eso, a juzgar por su expresion siempre amable. Adios.

Arranco, muy de prisa. Se detuvo bruscamente, y retrocedio hasta donde estaba su hija.

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