– ?Estas tu de acuerdo o no lo estas? -pregunto-. ?Puedo saber algo de tu opinion?
– Creo que eres muy inteligente -le dijo Ethel.
– Anos de experiencia -respondio el doctor-. A proposito, esta noche, ?hemos de pasar otra vez por lo mismo?
– ?Oh, papa, no empieces otra vez, papa!
– Lo siento. Realmente lo siento. Me hiciste perder la paciencia. Esta noche estoy a su disposicion. ?Que va a hacer conmigo?
– Nos va a llevar a cenar.
– ?Puedo solicitar humildemente que sea a un restaurante en donde yo pueda tragar la comida?
– No se como anda financieramente…
– Estoy seguro de que Teddy es ahorrativo.
– Pero, si le conozco un poco, estoy segura que el viejo no aceptara dinero de su hijo, no para una ocasion como esta.
Costa los llevo al restaurante favorito del doctor Laffey; habia pedido a Ethel que le sugiriera alguno. Ella insinuo que era un lugar caro, pero el viejo agito violentamente su dedo por delante de sus labios apretados y Ethel recibio el mensaje.
Costa acompano a las dos mujeres hasta la mesa y el doctor Laffey aprovecho el momento que habia esperado de estar a solas con Teddy.
– Lo que no entiendo muy bien -dijo al joven- es lo que puedas ver en Ethel. Puede resultar una chica muy complicada, ?sabes?, inquietante e imprevisible. ?Estas preparado para eso?
– Doctor Laffey -dijo Teddy-, me temo que la verdad es que yo soy un hombre rutinario. Ciertamente no querria casarme con nadie igual que yo.
Entraron y encontraron a Costa, como era adecuado, sentado a la cabecera de la mesa.
Hablo de la esponja. Como era, como vivia, lo que comia, como se reproducia. Hablo de la marea roja que habia penetrado y que durante diez anos destruyo totalmente la industria. Hablo de las ventajas de la esponja natural sobre la esponja sintetica. Hizo otro regalo a mistress Laffey: una caja cuidadosamente envuelta en papel fino de color azul, atada, y le dijo lo que era, colocandola cuidadosamente a los pies de la senora:
– Dos esponjas perfectas para su bano -dijo-. Estuve escogiendo entre mas de un millar.
Hablo entonces de su padre y de la tumba de su padre en el cementerio en donde antiguamente se alzaba la vieja iglesia ortodoxa griega, totalmente destruida por un incendio, se sospechaba premeditacion, pero todos los griegos en Tarpon Springs seguian considerando ese lugar como sagrado. En la lapida de su padre habia una fotografia con el marco ovalado, tomada no en la epoca en que murio, sino en sus mejores tiempos, la mejor fotografia que tenian del hombre, para que fuese recordado tal como habia sido antes de que la edad lo disminuyera y la muerte lo abatiera. Les conto entonces lo que incluso Teddy desconocia, que cada dos domingos llevaba tiestos de flores, capuchinas azules o lirios blancos, al lugar de la tumba, y las dejaba alli, sobre el tumulo que cubria el cuerpo de su padre, y despues, pasada una quincena, se llevaba las flores marchitas a casa, cavaba un agujero para los bulbos y lo llenaba con estiercol de vaca deshidratado mezclado con margas y corteza -Costa se entretenia en los detalles- trasplantando las flores a su propio patio para mantener viva la memoria de su padre.
– Por eso no puedo aceptar sino lo que mi padre aceptaria, y estos jovenes han de casarse en la iglesia de la religion de Teddy. Cualquier otra cosa, el no me lo perdonaria. ?Eh, muchacho? -le pregunto a Teddy-. ?No es esa la razon, muchacho?
Hacia mas de media hora que nadie mas habia pronunciado palabra.
Ahora hablo Teddy.
– Esa es la razon, papa.
Mistress Laffey gimoteaba. Se habia enamorado del viejo griego.
– ?Puedo decir algo, querido? -pregunto a su esposo.
– Naturalmente -respondio el-, pero, ?puedo hacer primero una pregunta? -Se volvio hacia Teddy.- ?Te ha hablado Ethel de mi sugerencia?
– Si senor, lo ha hecho.
– A ella le parecio muy justo -continuo el doctor Laffey-, tal como me parece a mi tambien. -Toco el brazo de Teddy.- Mirame, por favor, jovencito, y dime, con toda franqueza, ?que piensas tu? La verdad.
– Trato de decir siempre la verdad, doctor Laffey. ?Por que cree usted que iba a fingir?
– No se por que. Pero no importa. ?Que crees tu?
– Mi padre es quien ha de decidir -dijo Teddy.
El doctor Laffey se volvio hacia Costa Avaliotis.
– ?No es su felicidad la unica cosa que en este momento nos importa? -pregunto tratando de mostrar toda la certeza de que fue capaz.
– No -respondio Costa-. Algo es mas importante. En su momento de la vida, veintiuno, veintitres, estos jovenes no saben nada. Son valores para la epoca de la vejez. De otro modo, ?que utilidad habria en una larga vida y estar en una posicion respetable? Ustedes, los norteamericanos, tienen otras ideas. Para ustedes lo mas importante es la felicidad, el exito y la felicidad, buena comida, felicidad, automovil, etcetera, siempre la felicidad. Pero vuestros hijos se van pronto de casa. Generalmente por, excuseme, nada personal, generalmente por buenas razones. Nuestros hijos se quedan con nosotros. Asi que se puede ver lo que nosotros tenemos mas importante. Queda probado, por mas de muchos miles de anos.
– ?Puedo preguntar de que esta hablando usted? -El doctor Laffey se estaba impacientando.
– Lo que nuestros padres piensan, lo que hicieron, lo que los abuelos pensaban, lo que hicieron. ?Como llama usted a eso?
– Tradicion -aclaro el doctor Laffey-. Pero las tradiciones no se quedan inmoviles como las montanas, sin ningun cambio.
– Las nuestras no cambian -dijo Costa.
El doctor Laffey se volvio hacia Teddy buscando ayuda.
– Mi padre ha hablado por mi -dijo Teddy.
– ?No tienes tu propio criterio, jovencito? -pregunto el doctor Laffey.
– Acabo de expresarlo -respondio Teddy.
– ?Nunca tomas tus propias decisiones?
– Ahora lo he hecho. Ha de ser como el ha dicho.
– ?O nada absolutamente? -El doctor Laffey miro a su futuro yerno despreciativamente.
– Yo no dije eso; usted lo ha dicho. Pero se lo dire. ?Si!
– Tu tienes la culpa -dijo el doctor Laffey a su hija.
– Ella no tiene nada que ver con eso, senor -dijo Teddy-. Ella arguyo muy bien y muy firmemente. Pero le dije lo mismo que acabo de decirle a usted. Solo me casare con el permiso de mi padre. Y el no dara su permiso hasta que Ethel tenga el permiso de usted.
– Emma, ?por que no nos vamos a casa?
Mistress Laffey comenzo a recoger su chal. Recordo que habia querido expresar algo en favor de la familia Avaliotis, pero ahora ya era demasiado tarde.
– Oh, no, no -dijo Costa-. Cena deliciosa, ahora conac, brandy, lo que sea. Quiza tengan brandy griego, muy fuerte, para hombres, algo dulce para las senoras. Llama al camarero, Teddy.
– Tengo que operar manana.
– No importa, no importa ?cuantas veces se casa su hija? Una vez en la vida, espero ?al estilo griego!
Teddy llamo al camarero y encargaron licores. No se toco nuevamente el tema.
Cuando el camarero presento la cuenta, el viejo se inclino hacia un zapato que se habia quitado y saco dinero. Ethel observo tambien que no pestaneo ante la subida cantidad y aunque no le quedo mucho dinero despues de haber pagado, dio la propina haciendo un floreo.
El doctor Laffey los acompano hasta su motel y se despidio con su cortesia acostumbrada. No menciono lo que estaba presente en las mentes de todos.
Tampoco lo hizo Costa. Ethel tenia la impresion que Costa ni tan siquiera penso en ello otra vez. El habia expresado su opinion, y estaba seguro de su posicion. Ahora ya no le correspondia a el; era cosa de los otros. Aquella noche el dormiria perfectamente. Ethel no lo conseguiria.
