Al dia siguiente, Costa hizo un anuncio dramatico y creo una crisis.

– ?Esta noche final! -exclamo-. Estos asuntos no necesitan mas de tres dias para decidir. Yo le escucho, el me escucha. ?Asi que? Ahora pasamos a lo siguiente, bueno o malo, avanzamos en la vida, puede soportarse el dolor, se hacen otras relaciones, ?verdad?

– No en este asunto -dijo Teddy.

Pero Costa no le escucho.

– Tambien hoy noche yo preparo la cena. Trae a Ethel con el auto. Yo preparo la ensalada hoy noche, veremos que clase de mercados hay aqui.

Ethel se presento tan rapidamente como pudo; Teddy le habia dicho que hoy se decidiria, en uno u otro sentido.

– ?De acuerdo si uso la cocina de su madre? -le pregunto Costa.

– Naturalmente -respondio Ethel-. Diga simplemente a Manuel y a Carlita lo que necesita y ellos con mucho gusto…

– Solo deseo una cosa, que ellos se vayan. Despues ellos lavan los platos. ?De acuerdo?

Reunir los ingredientes necesarios para la gran ensalada griega, era un ritual. La insistencia de Costa para que los materiales fuesen los mejores existentes en el mercado, creo tension durante todo el dia. Expreso su desilusion en Tucson, Arizona; los supermercados alli eran merecedores de una critica severa.

– ?Que clase de gente tenemos aqui? -inquirio-. ?Barbaros! El queso jeta, quizas el ingrediente mas excepcional, fue localizado finalmente en una tienda de especialidades, en el distrito mas rico de la ciudad. Estaba embalado, seco, en una lata – «alimentos enlatados»- y no en salmuera, en un barril. Costa empleo un buen rato en explicar a la propietaria de la tienda, una mujer gorda de media edad que llevaba una falda de lanilla de Paisley, la gran perdida que un alimento de sabor delicado experimenta, cuando se envasa en una lata.

En esta tienda encontraron tomates y pepinos, pero a Costa no le gusto su apariencia. Encontro, olvidado en un estante, una botella de aceite de oliva de primera calidad, importado de Grecia, no de Italia. En el fondo de la cuna de paja de la botella, habia la marca «Itea». Itea, les informo Costa, es el puerto de Delfos, en otras epocas el ombligo del mundo. Esto, afirmo a Ethel, es un buen augurio.

En el barrio mexicano compro algunos pimientos de suave color verde y dos cebollas espanolas dulces. Tampoco los tomates que habia aqui le gustaron, pero, por lo menos, dijo el, estos no eran cuatro frutos identicos sin madurar, en una caja de carton con cubierta de celofan transparente. Escogio cuidadosamente seis tomates, sacudiendo la cabeza sin cesar mientras lo hacia. Era evidente que no le satisfacian absolutamente, que se sentia hasta desanimado.

Desesperado, entro en el mayor supermercado de la ciudad. Descubrio, sorprendido, un pequeno rincon dedicado a los sibaritas, en donde encontro la clase de vinagre de vino que necesitaba, y ante su gran alivio, algunas latas de anchoas amargas. Unos cestos metalicos, en forma de estante, contenian varios tipos de pan que no estaban envueltos en plastico. Despues de pellizcarlos concienzudamente, Costa compro una docena de panecillos en forma de trebol de corazon blando y corteza dorada.

Tambien aqui descubrio -«?Oppa!»- aceitunas negras arrugadas.

En la seccion de verduleria, dio con algo anunciado como «pepino burpless» [11], lo compro desconfiadamente, sospechando que cuando de un pepino se ha extraido la causa del eructo, se ha extraido tambien mucho mas.

– Esto no es pepino -diria mas tarde-. Esto es jugo.

Finalmente Costa se preocupo por una cuestion delicada, el paladar de mistress Laffey. Insistio en que Ethel lo llevara al mejor carnicero de la ciudad.

– La ensalada griega, con ajo y anchoas, etcetera, quiza demasiado fuerte para querida mama -dijo-. Buscare algo por si acaso.

En la tienda del carnicero se hizo amigo rapidamente del propietario, explicando que deseaba tres chuletas tiernas de corderito. Rechazando lo que el carnicero le ofrecio en principio, acepto la invitacion para entrar en la camara de congelacion y escoger el mismo las porciones que prefiriera. Observo cuidadosamente como el carnicero recortaba toda la grasa y las envolvia en un papel parafinado marron y se despidio del vendedor estrechandole la mano.

Camino de casa se detuvieron en el almacen de bebidas alcoholicas, en donde no encontraron ni «Mavrodaphne» ni «Hymettus», los vinos que el deseaba, pero si el italiano «Soave Bolla», que compro exhibiendo una gran dosis de tolerancia.

En la casa de los Laffey, disponiendo todavia de una hora y media de tiempo antes del momento adecuado para comenzar a preparar la ensalada, Costa acompano a mistress Laffey hasta las dos butacas iguales de mimbre blanco junto a la piscina, desde donde podian contemplar a sus hijos mientras se banaban.

– Piernas demasiado delgadas -se dijo Costa mientras evaluaba a Ethel en su bikini. No podia comprender la pasion de su hijo por esa mujer. Pero habia rogado a Dios que le diera paciencia y comprension y la gracia habia sido concedida. Estaba procediendo correctamente, proporcionando a los Laffey, en particular al cabeza de familia, todas las oportunidades. Perfectamente tranquilo, se durmio con el sol en su rostro.

Roncaba. Mistress Laffey sonrio y se alejo hacia su dormitorio con aire acondicionado.

La llegada del doctor desperto a Costa. El cirujano salio a su terraza trayendo un martini doble de vodka, y muy erguido, se sento junto al griego y comenzo a fanfarronear con voz bien modulada. Mostro a Costa, utilizando la pesada mano del viejo como modelo, la operacion que habia realizado aquella tarde. Un cliente acomodado habia perdido el pulgar en un accidente en su taller casero. El doctor Laffey, con todo exito, habia desviado el indice de tal modo que pudiera utilizarse como un dedo pulgar.

Cuando termino su descripcion del trabajo hecho con el cuchillo y la aguja, menciono que por este trabajo - que le habia llevado tres horas y media- se le pagarian unos honorarios de cuatro mil quinientos dolares.

– Soy el unico hombre -dijo- entre Los Angeles y San Luis capaz de llevar a cabo esta operacion con exito.

– ?Muy agradable! ?Muy agradable! -comento Costa.

Aquella tarde, el doctor Laffey estaba lleno de confianza y energia. Habia tomado la misma decision que Costa: hoy debia decidirse. El vodka fortalecia su animo. Ofrecio a Costa igual fortalecimiento por el mismo medio. Pero Costa le dijo que no queria beber hasta que hubiera arreglado sus diferencias.

– Cuando bebo -anadio -, mi corazon se reblandece.

Habia llegado el momento de que Costa comenzara su tarea. Fue a la cocina y pidio a Manuel y Carlita que salieran. Carlita suplico que la dejara observarlo, pero Costa respondio:

– No es bueno demasiada gente en la cocina. -Pero quiso la ayuda de Ethel.- Tienes que aprender exactamente a hacer esto -dijo-. A Teddy le gusta mucho.

Cualquier chef que se precie, se limita a planear y medir, combinacion y condimento. El trabajo de rutina - cortar, pelar, lavar- esta a cargo de los pinches. Ethel trabajo siguiendo las intrucciones de Costa cortando rodajas del pepino «no eructable», partiendo los tomates en ocho porciones, arrancando las hojas de la lechuga y lavandolas una por una para asegurarse de que no habian puntos oscuros. Costa le permitio tomar nota de cada ingrediente, de las cantidades y de los puntos a vigilar cuando los compraba. No tuvo secretos para Ethel.

Cuando llego el padre Corrigan, el doctor Laffey lo llevo a la cocina. Las manos de Costa estaban grasientas con el aceite de Itea, asi que no pudo ofrecerlas. Mientras Costa se las lavaba, el padre Corrigan y el doctor Laffey hablaron de golf, juego al que ambos eran aficionados. Entonces el doctor Laffey se volvio hacia su hija.

– Ethel, estoy pensando si tu y yo podriamos charlar un poco antes de la cena -le dijo. Ella iba a protestar, pero ante una mirada de Costa, a quien ella habia comenzado a obedecer sin discutir, la hizo acceder.

El sacerdote y el griego quedaron solos.

Costa le dio algunas aceitunas y un poco de queso para apaciguar sus nervios. Le conto entonces la historia de su vida.

– En mis diez primeros anos -explico Costa- no vi a mi padre. Esperamos en Kalymnos, pequena isla de alli, para traernos a Florida, mi madre, mi hermano, mi hermana, yo. Un dia no envia mensaje, viene el mismo. Con dinero en el bolsillo. «Haz la maleta -le dice a mama-. Nos vamos.» Asi, repentinamente. -Hizo castanetear los dedos.- Vendemos la casa, por nada, los dracmas no compran nada, envolvemos el retrato del abuelo, el icono sagrado, virgen, san Nicolas, etcetera, etcetera, y venimos a Florida.

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