– Cuando hables con el, dile que prefiero que mi visita sea confidencial.
– Eso no tengo por que pedirselo. Todos los medicos…
– He oido algunas de tus conversaciones, papa.
El padre Corrigan aparecio al otro lado de la limpida agua azulada. Al acercarse, levanto las manos en el aire, en un gesto de frustracion.
– ?Te molestaria -prosiguio Ethel bajando la voz y hablando mas rapidamente- usar tu amistad para conseguirme una cita rapida? Manana por la manana, por favor, tan pronto su avion haya despegado.
El padre Corrigan se echo a reir al aproximarse.
– ?Algo va mal? -pregunto precipitadamente Ed Laffey a Ethel.
– Muy bonito -dijo el padre Corrigan-. Padre, hija y una rosa roja, roja…
– Lo llamare en tu nombre -dijo Ed Laffey a Ethel-, pero a cambio me gustaria que me ayudaras. No he conseguido hacer mella en mister… ?No llego a asimilar ese nombre!
– Sin tratos, padre. Solo hazme el favor que te he pedido -dijo Ethel disponiendose a salir.
– Nunca he conocido a nadie como ese hombre -dijo el padre Corrigan-. Tiene su propia teocracia, su propia biologia, su propia ciencia medica. Ethel, ?estas segura de que sabes bien donde te estas metiendo?
Ethel miro por unos momentos al sacerdote sin responderle. Entonces dijo:
– ?Por que finge preocuparse por la persona con quien me case o donde? -y entro en la casa.
El padre Corrigan, riendo y hablando a borbotones, informo de la conversacion al doctor Laffey.
– Me he sentido como si tomara parte de uno de esos lagrimeantes dramas que la television programa durante el dia… el padre del viejo mundo, intolerante… aunque en cierto modo amante, que no se deja convencer. Durante nuestra conversacion trataba de recordar como se solucionaban esas luchas televisivas. Crei que ya lo tenia. Le dije que, bajo un sistema democratico, ambos lados eran merecedores de igual respeto. Eso siempre funciona en la television. Pero no con ese hombre. Me temo que no he tenido ningun exito. Manana lo intentare de nuevo, si usted quiere, invitelo a la casa parroquial y podemos emprenderlo despues de una buena comida.
– Ethel me ha dicho que vuelven al Este por la manana.
– Pues me temo que si el asunto ha de quedar arreglado esta noche, usted tendra que hacerlo. Yo insistiria en mis trece. Absolutamente firme. A proposito, creo que el hombre se ha mostrado mas bien insultante hacia Ethel. A mi no me importa lo que el dijo de ella, en absoluto. Pero, con una sola mirada al muchacho, puedo asegurar que Teddy quiere mucho a su hija y ademas es un chico razonable. Despues de todo, es un oficial de la Marina de los Estados Unidos.
– ?Que es lo que dijo ese viejo bastardo?
– Podria incluso ser la ocasion para mostrarse ofendido; ciertamente usted estaria perfectamente justificado.
– ?Que es lo que dijo sobre Ethel?
El capellan se lo conto y despues se fue en el auto.
Ethel y Teddy pusieron la mesa bajo la meticulosa direccion de Costa, quien se habia puesto un delantal y llevaba un trapo de cocina de algodon. Habia encontrado un viejo cencerro de Baviera olvidado durante anos. Esta noche lo utilizo para anunciar la cena.
Costa quiso que Teddy se colocara a la cabecera de la mesa y Ethel, al extremo opuesto, el doctor y mistress Laffey, uno junto al otro en la parte opuesta a la puerta de la cocina, y su propia silla cerca de esa puerta ya que el seria quien serviria. Rechazo todas las ofertas para ayudarle.
– Todo lo que haceis vosotros, comer lo que yo traiga -dijo.
Sirvio el «Soave Bolla» y brindo por mistress Laffey, deseandole aquello que el sabia ella no gozaba, salud y felicidad. La mujer se rio atipladamente. Se ruborizo despues como una adolescente, volviendose hacia su marido para observar lo que el pensaba de toda esa galanteria.
Costa, entretanto, habia desaparecido. Familiarizado ya mas que nadie con los recursos de la despensa, regreso con cinco platos del juego que regalaron a los Laffey en su boda, y que Costa habia descubierto en el fondo de un estante superior. Eran piezas adornadas, con los bordes festoneados y dorados.
– ?Oh, Edward! ?Recuerdas? -gorjeo mistress Laffey.
– Me acuerdo -respondio el doctor Laffey. Se inclino y beso a su esposa en la frente, un gesto sentimental llevado a cabo sin ningun sentimiento.
Se presento entonces la erupcion.
– Desearia -dijo Costa mientras aclaraba el centro de la mesa para colocar su gran ensalada griega-, desearia unicamente que ese cura jugador de golf estuviese aqui. Ahora recuerdo muchas cosas para decirle.
– Es un hombre excelente -dijo el doctor Laffey-. Yo esperaba que lo convenceria a usted…
– Me convence de nada -dijo Costa-. Quiza yo le convenza a el de algo.
– ?De que, por ejemplo? -pregunto el doctor. Sabia que habia llegado el momento de la confrontacion.
El lugar en el centro de la mesa se habia aclarado.
– Las ideas griegas no cambian -dijo Costa. -Entonces, ?por que seguimos encontrandonos? -El doctor Laffey agarro el toro por los cuernos.
– Estamos esperando que usted vea el modo adecuado -dijo Costa.
– Esto resulta francamente arrogante por su parte -dijo el doctor Laffey. Sabia que era el momento de atacar-. ?No lo crees asi, Teddy? ?Y tu, Ethel, no lo crees realmente?
– Yo no -respondio Ethel.
– Ya se lo que tu piensas -dijo el doctor despreciativamente-. Hace ya muchos anos que no espero ninguna lealtad de ti…
– No digas eso -grito Emma Laffey con fuerza sorprendente. Y prosiguio, en murmullo, inclinandose para que pudiera oirse debidamente-: Edward, por favor, no digas eso.
– Estate callada, Emmie -dijo el doctor Laffey-. No sirve de nada posponer el asunto. Desearia que te dieses cuenta de que tu tampoco me ayudas en absoluto, asi que deja esto para mi.
Mistress Laffey se dio un golpecito a un lado de la cabeza y miro al techo. Un parpado comenzo a temblaria.
– Doctor Laffey -dijo Costa-, no es cortes hablando a su esposa en este estilo delante de forasteros. Ella es mujer excelente, sensible…
– No se mezcle tambien, por favor, en este terreno de mi vida familiar -respondio el doctor Laffey-. No pienso tolerarlo.
Se volvio entonces bruscamente en su silla, presentando el costado de su cuerpo a Costa, y se dirigio a Teddy.
– Puedo hablar contigo, y solo contigo, un momento. Primero deja que te diga que respeto ese uniforme. Supongo que eres lo que pareces ser, un joven oficial de tercera clase de la Marina, de buena conducta, y que respetas los credos de esta sociedad como debes respetar los de la mujer que has escogido para ser la madre de tus hijos.
– Papa, ?que rollo! -dijo Ethel.
– Callate, por favor -dijo el doctor-. Callaos, todos vosotros. Dejadme hablar sin interrupcion con el muchacho que esta solicitando convertirse en mi yerno. ?Puedo hacer eso? ?Por una vez?
– ?Y quien lo detiene? -pregunto Costa.
– Usted. Usted atemoriza a su hijo. El chico tiene miedo a tener sus propias opiniones. No puedo comprender, a menos que se libere de su dominio, como puede ser un oficial naval eficiente.
– No preocuparse, un alto respeto, ?tambien eficiente!
– Padre, por favor, quisiera oir lo que el doctor Laffey ha de decirme.
– Tu oyes, todos oimos.
– Quiero oirle ahora, y quiero responderle ahora.
– Muy bien, muy bien, si, que, doctor, ?que? ?Hable!
– En primer lugar, sientese, por favor, sientese en su silla.
Costa miro rapidamente hacia la cocina donde su ensalada estaba perdiendo el frescor en su bano de aceite de oliva, jugo de limon y vinagre.
– Deja estar la maldita ensalada, padre… -dijo Teddy.
– No me hables en ese tono, chico, Teddy. ?No olvides quien eres y quien soy!
