– Quiero olvidarlo. Respeto tus deseos, pero ahora el problema no eres tu. Es el doctor Laffey. Asi que calla y sientate.
Teddy supo impresionar a Costa. Costa se sento.
– Doctor Laffey, estaba usted diciendo algo sobre mi uniforme. -Teddy sonrio al doctor y espero.
– Quiero que sepas -comenzo el doctor Laffey- que yo tambien estuve en la Marina durante la pasada guerra, como teniente al mando de tres cuerpos militares medicos que desembarcaron en Tarawa en la primera oleada. Los muertos tuvieron que apilarse como lena en la playa de aquella isla que todos hemos olvidado. Operabamos a la luz de cuatro linternas en una pequena casamata japonesa una hora despues de que los marinos la habian hecho desalojar. Durante esas primeras treinta y seis horas tratamos a mas de un centenar de hombres. Unicamente cuatro murieron. De modo que yo no pido tu respeto, te lo exijo.
– Y yo se lo entrego -dijo Teddy.
– Yo tambien -dijo Costa-, pero por el amor de Dios, diga algo.
– El motivo por el que nosotros luchamos entonces, y que tu uniforme simboliza todavia, es la democracia. La igualdad. ?Como puedes tu decir por un lado que quieres a mi hija, y por el otro ignorar sus deseos, despreciar todo aquello en que ella cree? Eso no es democracia. Tu padre es una reliquia de un pasado muerto, es antediluviano; pero tu, ?como eres tu?
– En este asunto, tengo la intencion de satisfacer a mi padre.
– ?Pero lo que el representa es la intolerancia! ?Como puede un oficial de la Marina de los Estados Unidos tomarlo seriamente?
– Yo lo tomo seriamente -dijo Ethel.
Todos sabian que asi era.
– Preferiria hacer algo ilogico, llegar incluso a la locura para el, que algo sensato para usted. ?Que gana usted haciendo mofa de su tradicion? Es mejor que la de usted y es mejor que la mia.
El doctor Laffey miro fijamente a su hija.
– ?Y como puedes esperar convencerme con todas esas patranas sobre nuestra religion? ?Nosotros religiosos? ?Tu! El hombre que acaba de matar a su esposa con algunas palabras escogidas. Mirala, sentada ahi a tu lado. Anulada por tu mano. Mirala. Te desafio. Perdoname, madre, pero…
– No, tienes razon, tienes razon. -Mistress Laffey se echo a llorar.
– Siento haber dicho eso -dijo Ethel.
– No lo sientes -dijo el doctor Laffey-. ?Ni lo pretendas!
Mistress Laffey se levanto torpe y lentamente, cogio su baston, y rechazando todas las ayudas que se le ofrecian, se alejo de la mesa.
Siguio un silencio.
Costa recordo la ensalada, pero no hizo nada.
– Hay muchas cosas que podria decirte a ti y de ti -dijo el doctor Laffey a su hija-. Pero prefiero no hacerlo.
– ?Di lo que quieras! -le reto Ethel.
El doctor Laffey sonrio a su hija y salio del comedor.
Teddy se acerco a su padre y le beso.
– Es todo tuyo,
Se detuvo. Habia oido que Ethel estaba sollozando.
Ethel que se arrojo, no hacia Teddy, sino hacia su padre. Con igual gesto instintivo, Costa la sento en su regazo, apoyando la cara de la muchacha contra su grueso y musculoso cuello.
Costa beso las mejillas de Ethel, beso sus ojos humedos.
Teddy se quedo de pie junto a ellos y le acariciaba el cabello.
– Chica excelente -dijo Costa.
– Cuando llora -comento Teddy-, parece diez anos mas vieja.
Poco a poco, Ethel comenzo a tranquilizarse, sollozando a intervalos hasta sosegarse totalmente. Pero no levanto la cabeza, ni abrio los ojos.
– ?Chico! -susurro Costa-. Pon atencion aqui. Dime esto… ?podemos tener boda adecuada en Florida?
– Papa, tengo que cumplir mis deberes en la base. No puedo romperlos.
Costa asintio con la cabeza, y miro a Ethel. Por primera vez comprendio los sentimientos de su hijo hacia esa chica.
– Tendremos que hacerla en San Diego -estaba diciendo Teddy.
– Hay problemas entonces -respondio Costa.
Llegaba hasta el el perfume del cuerpo de Ethel. Sus nalgas, sobresaliendo aplastadas bajo el peso de la muchacha, eran pesadas entre las piernas de Costa. Y tibias.
– Tendre que llevar alli a la familia Avaliotis -dijo Costa-. Mi hermana, su familia, la esposa de mi hermano difunto, etcetera, y algunos amigos queridos…
Los pechos de Ethel se apretaban contra el pecho de Costa, y su abdomen, torcido hacia fuera en la cintura, encajaba en su mano. Debajo del cinturon de su vestido se formaba un rollo de carne, tal como gusta a los griegos.
– Ellos te vieron bautizar -dijo a su hijo-. Ahora deben verte casar.
– Lo comprendo -dijo Teddy-. Claro, papa, claro.
– Cuesta mucho dinero -dijo Costa, sin mirar a su hijo.
– Yo ayudare -dijo Teddy.
– No, no, no es posible -respondio Costa.
Ethel estaba despertando la vida en el.
Costa transporto el peso para que se apoyara en sus rodillas.
– Dime, Theophilactos -dijo-. ?Tenemos iglesia griega en San Diego?
– Una muy bonita. San Spiridon. Trajeron el marmol todo el camino desde el Monte No-se-que cerca de Atenas. La comunidad griega de San Diego es muy rica y altamente respetada.
– Naturalmente. De acuerdo. Cambiare mi plan, regresare con vosotros a San Diego. Mirare esa iglesia, hablare con el sacerdote, etcetera. Espero que alli no haya un condenado sacerdote con bingo. Despues me ire a casa.
Costa miro a su hijo.
– Ahora mejor nos vamos -dijo.
Teddy asintio.
– Pero ella te gusta, ?verdad papa? -le pregunto.
– Buena chica -dijo Costa.
Se levanto, con Ethel en los brazos, y se dirigio al salon. Ella no volvio la cara para ver adonde la llevaba Costa.
El doctor Laffey estaba leyendo el
– Deje la revista, maldito bobo -dijo Costa.
El doctor Laffey volvio la pagina.
Costa deposito a Ethel en el regazo de su padre y la dejo alli. Eran como dos piezas de loza mal combinadas, quebradizas y porfiadas.
Costa volvio al comedor y se sirvio un vaso de vino frio.
6
Ed Laffey raramente se sentia deprimido, y jamas en publico. Aborrecia cualquier conducta que pudiera provocar la compasion ajena. Aquella noche se retiro temprano a su dormitorio, dejando a Ethel y a sus hombres celebrando su victoria. Cuando los oyo salir de la casa en el auto de Ethel y escucho el ruido de sus risas y de la verja realizando su doble funcion, entro en el dormitorio de Ethel. Las paredes de estuco desnudas presentaban agujeritos como picadas de viruelas, semejantes a las marcas que deja la metralla. Se sento en la cama de Ethel
