y estuvo pensando como habia podido suceder todo tan rapidamente. Encima de una mesa habia la maleta de Ethel, parcialmente deshecha. Subitamente todo habia terminado, su vida juntos, y detras de el quedaban las oportunidades que el habia dejado escapar. No quedaba nada que hacer, sino ir a la cama.
Con frecuencia presumia ante sus amigos de su habilidad para dormirse en cualquier parte en pocos minutos. A una edad en la que la mayoria de sus amigos se despertaban dos o tres veces durante la noche para enfrentarse a problemas insolubles o para orinar, el doctor Laffey dormia de un tiron y se levantaba de su cama por la manana perfectamente descansado.
No fue asi esa noche. Por una parte habia en el aire un olor singular, debil pero penetrante, el olor que produce el cuerpo de un animal cuando comienza a desintegrarse. Se le ocurrio que podia ser su imaginacion. Pero aquel dulzor unico le resultaba familiar; le recordaba el olor que habia saturado la isla del Pacifico durante semanas despues de la invasion, ese testimonio empalagoso de que los cuerpos estaban descomponiendose, invisibles bajo las ruinas de las palmeras o en el fondo de las madrigueras de las zorras medio inundadas por las lluvias o esparcidos grotescamente entre los cascotes de las casamatas destruidas por los canonazos de la flota. Nada se habia podido hacer entonces, sino esperar que el tiempo transcurriera y nada se podia hacer en esta calamidad de ahora excepto soportarla.
Ed Laffey se habia tomado seriamente la tarea de criar a su hija, mas especialmente por ser adoptada. Era el quien prefirio adoptar una chica y no un muchacho, el era quien habia leido libros sobre como criar a los hijos, y muy pronto despojo a su esposa del gobierno en la educacion de la nina. Un libro, en especial, le habia tranquilizado. Un padre, decia el autor, siempre disponia de otra oportunidad. Pero ahora Ethel ya era una mujer y la rapidez de su desarrollo lo asustaba. Si en otro tiempo el doctor habia dispuesto de esa «otra oportunidad», ahora ya la habia perdido. Todo lo que le quedaba era permanecer ahi, tendido en su cama, solo, e intentar imaginar que habia hecho equivocado. Ella estaba a punto de irse y el estaba a punto de quedarse solo en una casa con una esposa invalida. La historia habia terminado.
Presumio que Ethel habria llevado los hombres al motel en el auto, pero paso una hora, y casi otra hora mas. Acompanarlos no requeria tanto tiempo. Finalmente oyo el ruido de su auto en la avenida. Rapidamente se acerco a la puerta de su dormitorio, la abrio unos centimetros, y volvio a la cama en seguida, encendiendo la lamparilla y cogiendo una revista. Deseaba que ella asomara la cabeza -sin ser llamada- y le diera las buenas noches.
Pero Ethel no lo hizo, y el doctor tuvo que humillarse llamandola. Ella se volvio. Su rostro estaba rosado. ?Regocijo! El doctor lo imagino: el viejo se habia retirado dejando a los jovenes solos en el auto y ellos… etcetera. No supo que decir. No podia decir «habiame por favor», y no podia decir la verdad: «?estoy condenadamente celoso de ti y de esos griegos!»
Y lo que dijo fue:
– ?No hueles algo raro en el aire esta noche?
– Unicamente el aire del desierto -respondio Ethel sonriendole como aquel que esta en posesion de un secreto. Ella no le tendio el pequeno puente que el doctor necesitaba para cruzar el abismo que se habia abierto entre ambos.
– He concertado una cita con el medico para manana -dijo el.
– Gracias -respondio Ethel-. Me quedare otro dia mas -y se fue para su cama.
El doctor no pudo dormir.
– Maldita sea, hay un mal olor en el aire -dijo al espacio que Ethel habia ocupado-. Lo huelas o no voy a descubrir que es. -Salto de la cama y se puso su albornoz. Dejando la puerta abierta y las luces del vestibulo encendidas, bajo la escalera apresuradamente, abrio la puerta que daba a la terraza del comedor, dio un portazo y patullo los escalones hasta el patio. El olor seguia persistente. Cerro la fuente italiana y miro por encima de su hombro. Las ventanas de su habitacion estaban a oscuras. Ethel debia haberse metido en la cama inmediatamente. ?El cansancio que produce la victoria? ?O el amor satisfecho?
Entro en el establo y fue directamente a la casilla de
En el patio el olor era mas intenso. Reinaba la oscuridad: la luna menguante estaba alta, pero se ocultaba detras de la segunda loma y solo producia un resplandor que destacaba la silueta del borde de la colma. Renuncio a seguir buscando.
Junto a la piscina se quito el albornoz y, desnudo, sosteniendose los testiculos, salto en el trampolin, comprobando la altura que alcanzaba y bajo entonces con toda la fuerza de que fue capaz, golpeando el grueso tablon de madera laminada que crujio y se lamento. En otros tiempos habia llamado asi a Ethel para que viniera a nadar con el por la noche. Se lanzo al agua, sin zambullirse de cabeza, sino dejandose caer con un gran estruendo y salpicaduras, y nado de uno al otro extremo, una y otra vez, soplando agua cada vez que levantaba la boca. Hizo dieciocho recorridos. La luz del dormitorio de Ethel no se encendio.
Era un hombre ridiculo. En otra epoca, a sus diecisiete anos, enamorado y rechazado, se habia hecho una herida en el dorso de la mano con un tornillo para ensenarlo y avergonzar a una chica infiel. No habia ganado nada con ello. El recuerdo lo avergonzaba todavia, aunque tambien le hacia reir.
Entro y se sirvio medio vaso de whisky, que bebio de un trago. Era el somnifero que necesitaba.
Se desperto mas tarde que de costumbre, se ducho y vistio para ir a su gabinete y bajo corriendo la escalera.
Asomo la cabeza a la terraza. El olor habia desaparecido, el aire estaba limpio. Habia sido su imaginacion.
– Buenos dias, Carlita -dijo, abriendo el pomelo-. ?Donde esta miss Ethel?
– Se tomo dos tazas de cafe y salio hace unos veinte minutos. Dijo que iba a desayunar con mister… perdone, no puedo pronunciarlo, y que entonces los llevaria al aeropuerto. ?Que joven mas bien parecido! Felicidades, senor.
Manuel tenia el auto a punto, el motor en marcha.
– Doctor Laffey -dijo-, ?olio usted algo la noche pasada?
– Asi me parecio.
– Son los perros de la jauria -dijo Manuel-. Hace pocos dias mataron un venado. Hemos encontrado los restos en la barranca, bajo el jardin de los cactus, un cervatillo. Diego lo enterro esta manana. ?Esa jauria! Me gustaria colocar las ocho balas de punta dura en el «M-l» que usted me dio y meterlas dentro de ese doberman que los guia hasta convertirlo en picadillo.
Esta conversacion alento al doctor, sin que el supiera el porque. Decidio ir al aeropuerto en vez de ir a su gabinete. No cederia el terreno con la cabeza mohina.
Estaban ya en la puerta de salida y habia sido llamado su vuelo. Teddy lo vio el primero.
– Es muy amable, senor, en venir a despedirnos -le dijo tendiendole la mano. De la Marina a la Marina.
Costa no se volvio; estaba ocupado con Ethel. Ed le dio una palmada en la espalda.
– Aun no he terminado con usted -dijo. El griego sonrio al oir esas palabras. Pero no respondio. Se llevo a Ethel a un lado y parecia estar dandole los consejos del ultimo momento.
– Es mejor que lo lleves a bordo -Ed dijo a Teddy-. ?Mister Avaliotis! -grito.
Ethel no se apresuraba.
– No dejes marchar ese avion, papa -grito. Dijo entonces a Costa lo agradecida que se sentia-. Hare cualquier cosa para que usted sea feliz -le oyo decir su padre. El generoso vencedor respondio:
– Ahora debes dejar bien las cosas con tu padre, como es adecuado. -Cuando se besaron, Ed observo el modo en que Ethel sujetaba la cabeza del viejo deslizando los dedos por entre el cabello en la base de la nuca de Costa. Los Avaliotis se fueron despues.
De pie detras de Ethel, el doctor contemplo el pesado reactor mientras alzaba el vuelo. Podria caerse. Pero no se cayo. Cuando Ethel no se movio, y continuo mirando el avion que se alejaba, el doctor dijo:
– ?No tienes una cita con el doctor?
– Oh, Dios mio -exclamo Ethel-. ?A que hora concertasteis?
– A las nueve.
– Ahora son las nueve.
– ?Corre! Lo llamare y le dire que ya vas de camino.
