para salvar su vida, asi lo dijeron. La enfermedad afecto entonces a su cerebro, que no recibia el oxigeno necesario. Le recuerdo bien, sentado en el sofa, mirando al otro lado de la habitacion y diciendo: «?Aqui viene
Termino su bebida, se volvio y senalo en la distancia.
– Aqui viene
– ?Que pasa? -pregunto Ethel.
– Estas sonriendo otra vez de esa misma manera.
– No de esa manera otra vez.
– Claro que algunas veces siento deseos de que se muera. ?Podria culparme por ello? Naturalmente que estoy tenso y no me porto bien, incluso en el terreno profesional. Hace un par de dias el bisturi se me escapo de las manos durante una operacion, la de la mano de ese bastardo. Por ese desliz, la parte mas infinitesimal de un milimetro, hubiera podido terminar mi carrera y con toda mi pretension de presumir de nervios de acero y una mano siempre firme. Ese desliz hubiera podido liberarme. No me pasaria lo que finalmente me sucedera… me va a estallar la cabeza. ?Por ese diminuto desliz! ?Puedes entender eso?
– Si, papa.
– ?Si, papa! No te creo. La unica manera en que tu puedes verlo, mi querida hija, es viendome a mi como un sinverguenza y a ella como una santa.
– Yo no creo eso.
– Pues vete a la cama. Desaparece gentilmente de mi vista.
Ethel no se movio.
– Lo que yo no consigo entender de ti -dijo Ed, y Ethel observo el dolor que su voz expresaba-, es por que me odias.
– No te odio, papa, de verdad no te odio.
– Oh, querida mia, si me odias. En otro tiempo tu eras la unica cosa que me importaba en este mundo, y de pronto… ?Que es lo que te hice? No es posible que una frase espontanea, tres palabras, pronunciadas hace tanto tiempo. Ni por la manera de decirlas:
– Oh, papa, no fueron tantos.
– Lo que todavia no comprendo -prosiguio el doctor, como si Ethel no lo hubiera interrumpido-, excepto que de algun modo muy embrollado, es que tu estas convencida de que fue por culpa mia.
– ?Como podria culparte de eso, papa?
– ?Estamos diciendo la verdad esta noche?
– Fuiste un buen padre.
– Gracias. Me alegro que digas eso, aunque no creo que lo digas sinceramente. Lo finges, pero lo haces muy bien.
– No digas mas bobadas, papa. Aunque yo estuviera muy enfadada contigo, yo te queria. Y ahora me siento liberada de ti, pero todavia te quiero.
El doctor estuvo callado un momento. Ethel no llevaba ninguna mascara ahora y el dejo caer la suya finalmente.
– Dilo otra vez, Ethel -dijo, sin mirarla, apenas murmurando las palabras-. Di eso otra vez.
Ella lo rodeo con sus brazos y lo beso.
El la sostuvo en silencio, escondiendo su cabeza en el hombro de Ethel.
– Estas desilusionado unicamente, papa -dijo Ethel.
– ?Contigo? Nunca.
– Contigo mismo. O con Teddy. En quien es el. No se. Vamos, estamos diciendo la verdad.
– Bueno, un padre, ?sabes?, es un hombre insensato. Del modo que yo lo veo, tu hubieras podido ser la esposa del Presidente de los Estados Unidos, y le hubieras hecho un gran honor. ?Que esperas de mi? ?Franqueza? Claro que estoy desilusionado. Y tambien estoy loco.
– Lo comprendo.
– ?Puedo decirte algo, por favor? ?Antes de que sea demasiado tarde?
– Es mejor que lo hagas.
– ?Piensalo bien! Es posible que yo tenga razon cuando hablo de tus griegos. Del padre estoy muy seguro. Pero, despues de todo, tu no te casas con el padre. Pero, ?y el muchacho? ?Crees que esta a tu altura? Tu eres… a pesar de lo que sucedio… una mujer fuerte. ?Sera el igual a ti? ?Esta el…cual es la palabra? Solo puedo atinar en una palabra muy arrogante. Ese muchacho, ?es suficientemente bueno para ti? Esto es tan importante… No la parte del matrimonio. Simplemente aquel con quien compartes tus dias. Ese muchacho tan amable, tan decente, ?es lo suficientemente hombre para ti?
– ?Puedo asegurarte que lo es! Tu no lo conoces.
– Tal como yo lo veo, tu lo tienes todo, ahora que ya estas terminando con las tonterias de tus anos de adolescencia: cerebro, gusto… no, eso no, todavia no, pero aspecto, energia, curiosidad, valor, todo. A mi me resulta dificil apreciar cual es su atractivo. Es firme. Se puede confiar en el. Supongo que esas son virtudes que yo no se apreciar debidamente. Yo lo veo, mas bien, como un oficial de tercera clase, supercorrecto, sin la inquietud de llegar a ser algo mas. A mi me gustan los luchadores. Los que rompen lanzas. ?Ese chico es tan condenadamente amable! Hasta le gusto. Esto no es natural. Hubiera debido sentir un antagonismo incontrolable contra mi. Como yo lo siento hacia el.
Ed Laffey dudo un momento, y se acerco entonces a Ethel quedando de pie a su lado, mirando al suelo.
– No me hagas mucho caso -dijo-. Estoy borracho.
Parecia como si fuese a besarla. Pero quiza no estaba seguro de que ella le respondiera, porque se volvio y camino entrando en la oscuridad hasta donde la escalera se elevaba.
A medio subir, se detuvo, sonrio a Ethel y le dijo:
– Aqui viene
Y desaparecio.
7
Teddy y Costa se encontraron con Ethel en el aeropuerto de San Diego. Ethel vestia como una adolescente, calcetines hasta la rodilla por debajo de una faldita azul celeste. Al verlos alzo los brazos muy alto. En cada mano tenia el cordelito de un globo.
– Se me llevan -dijo-. ?Sujetadme! ?Sujetadme!
Ellos lo hicieron. Ella beso a los dos y solto los globos.
– Te reservo una sorpresa -susurro al oido de Teddy.
Costa debia emprender el vuelo hacia el Este al cabo de una hora, de modo que buscaron un rincon oscuro del bar del aeropuerto para celebrar su encuentro.
– No pareces embarazada -murmuro Teddy, mientras la acompanaba a su silla.
– No lo estoy -dijo Ethel – ?Eso si seria una sorpresa!
A Costa no le habia gustado la iglesia griega de San Diego.
– Cierran la puerta con llave -objeto.
