– ?Papa! -dijo Teddy-. San Diego no es Tarpon Springs. Es una ciudad moderna.

– Demasiado moderna -dijo Costa-. La puerta de iglesia ha de estar abierta dia y noche. La iglesia es el corazon de Dios. Despues de otro trago, anadio: -Tambien, en mi opinion, ese sacerdote, es judio.

Teddy no pudo evitar el reir.

– Papa -dijo-, eres un antisemita.

– ?Que clase de cumplido es ese? -pregunto Costa.

– Tampoco te gusta el nuevo sacerdote de Tarpon.

– No tiene patillas.

– ?Y que tienen que ver las patillas?

– ?Has visto alguna vez retrato de Dios? Muchas patillas.

– Ese hombre ya las dejara crecer. Dale tiempo.

– Nunca. Lo intenta, lo intenta, todos sentados ahi, esperando, cada domingo. No sale nada. Asi que uno y despues otro, todos marchan, los mas viejos. De modo que hay problema: solo los viejos dan dinero a iglesia.

– ?Y las mujeres, papa? -pregunto Teddy-. ?Ellas van todavia?

– Las mujeres no tienen dinero. ?Has visto mujeres con dinero? Ellas tienen dinero de nosotros. ?Y los jovenes? Nada. Egoistas. Entretanto goteras en tejado, la factura de electricidad que sube, mala situacion. Asi que todos esperan que el viejo Xenakis, cuando se va a morir. Un hombre muy rico, Ethel, Simeon Xenakis. Este sacerdote se sienta junto a su cama cada dia, reza, se come el goorabyeb de mistress Xenakis, duro como roca. Viejo Xenakis, ahora, no oye, no ve, pero no es burro. «?Por que no dejas crecer barba?», pregunta al sacerdote. «Lo intento», dice el mentiroso. Xenakis pone la mano del sacerdote aqui -Costa deslizo su dedo ligeramente por la barbilla de Ethel- y hace un ruido «?Tst, tst, tst!». Despues de morir, al dia siguiente, leen su testamento, y a la iglesia deja cero. ?Y que hace el sacerdote bobo?

– ?Bingo! -grito Ethel-. Pero, papa, tenia que hacer algo. ?No lo cree?

– ?Papa? -pregunto Costa-. ?Me has llamado papa?

– ?Puedo? -pregunto Ethel-. ?Lo quiere?

Costa se encogio de hombros.

– ?Por que no? -dijo-. Asi, ahora, ?donde esta mi beso?

Ethel le beso, y le rogo despues que se quedara otro dia, prometiendole preparar su especialidad del sudeste, tarta de tamal.

– Estoy segura que te gustara -rogo-. Es mejor. Pues es el unico plato que se preparar.

– Hazme un favor; primero aprende cocina griega -respondio Costa.

– ?Comprare todos los libros de cocina griega que se hayan escrito!

– ?Libros no! Dire a Noola que te ensene todo, no te preocupes.

Ethel lo beso cuatro veces cuando el se fue, ansiosa por envolverlo en afecto. Sus brazos eran fuertes, sus hombros robustos, la embelesaba su pescuezo, tan fuerte y firme. Cuando Costa se levanto para marchar, Ethel adoro sus cortas piernas musculosas. ?Las tempestades que resistirian en el mar!

En cuanto a Teddy, fue una de las horas mas felices de su vida. Habia triunfado en su proposito de acercarlos. Como el clasico casamentero, a un mismo tiempo aliviado y encantado, los observaba charlando y pleiteando, coqueteando y haciendose halagos. Estuvo riendo hasta saltarsele las lagrimas.

– ?De que demonios estas riendo, maldito bobo? -pregunto Costa.

– No lo se, no lo se -respondio Teddy. Y comenzaba a reir de nuevo.

Cuando el avion de Costa desaparecio por entre las purpureas nubes del Este, Teddy y Ethel se quedaron solos. No querian ir a un cine; estaban demasiado perfectamente, demasiado tiernamente bebidos.

Teddy la llevo en su auto al Centro de Entrenamiento Naval, y ella se agacho para no ser vista cuando pasaron la entrada. Esta instalacion, dispersa en un llano aireado junto al mar, da la impresion de ser demasiado grande por lo que sucede en ella. Teddy llevo a su novia junto al pie del puente que conduce al Campo Nimitz, la isla en donde los hamburgers, los quintos, recibian su primera instruccion, Se quedaron de pie junto a la valla y el la beso, mas con gratitud que con pasion.

Ella se apreto contra el.

– ?Que estas haciendo? -le pregunto Teddy.

– Quiero tanto a tu padre, que te necesito -dijo ella, riendo.

– ?No eras tu la que decia -le pregunto Teddy malicioso- que esperariamos hasta…?

– He cambiado de opinion, Teddy. ?De acuerdo Teddy?

– ?Era esa tu sorpresa?

– No -grito ella mientras corria hacia el auto y saltaba al asiento del conductor.

La brisa habia aumentado, procedente del mar y refrescando el aire.

– ?Vayamos a Mexico! -propuso Ethel-. ?Que dices a eso?

– ?Cuando?

– Ahora. ?Rapidamente! Esta noche. Disfrutemos de nuestra luna de miel antes de casarnos.

– ?Y que te parece un lugar aqui mismo, rapido, cerca del estuario, bajo las luces de acercamiento de vuelo? Nadie va por alli.

Cuando Teddy le mostro el sitio, ella detuvo el auto y apago los faros.

Sus dedos agiles le encontraron.

Un gran avion rugio por encima de ellos. Siguio el silencio y pudieron oir la nueva brisa que rizaba el agua del mar.

Teddy se tendio, apoyando la cabeza en el respaldo, y cerrando los ojos.

?Seria todo tan perfecto alguna otra vez?

Las ventanillas del coche se empanaron con el calor.

– Me gustaria que tuvieramos algun sitio adonde ir -murmuro Teddy.

Ella estaba demasiado ocupada para responderle.

– ?Espera! -Teddy ya estaba muy cerca.

Ethel se levanto despacio y le sonrio, el conquistador evaluando su tesoro. Se volvio entonces poniendo la cabeza bajo el volante y hacia la parte anterior del asiento. Teddy se incorporo liberando el brazo que ella necesitaba para escabullirse de sus bragas, que Ethel dejo colgando de un tobillo.

Teddy la balanceo hasta estar ambos agotados. Los pies de Ethel, enfundados en sus calcetines de adolescente, presionaban freneticamente contra el cristal de la ventana.

Fue la primera vez que ella termino antes que el.

Por un instante, demasiado corto para ser medido, durmieron.

Se despertaron al mismo tiempo.

– ?Que te sucedio esta noche? -Murmuro Ethel admirativamente.

Teddy se rio, orgulloso de su potencia.

– Vayamos a algun lugar -dijo Ethel.

Habia chicas por todos los pisos de la casa de Ethel. Ella sugirio a Teddy que la hiciera entrar a hurtadillas en su barracon.

– Yo tambien tengo un companero de cuarto. ?Te acuerdas de Big Jack Block?

– Estara dormido.

– Tiene el sueno ligero.

– Vayamos a un motel entonces.

– Veinte pavos.

– Eres un vulgar bastardo.

– Ademas, a mi me gusta aqui en el auto; cada vez me gusta mas.

Ethel se dio una vuelta en el asiento, se arremango la falda azul celeste y ofrecio dos perfectos bollos rosados. En la oscuridad resplandecian como flores nocturnas.

Ethel se agarro al volante. Teddy se agarro a Ethel.

Finalmente se sosegaron, satisfechos de estar uno junto al otro hablando.

– He de anunciarte un regalo de casamiento -dijo Ethel-. Iba a esperar un poco… pero, ?estas dispuesto?

– ?Es esto? ?La sorpresa?

– Me he alistado. -Ethel espero.- En la Marina -anadio.

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