de tal modo que el donador se sintiera feliz.

Noola decidio realizar sus compras en otra parte de la ciudad.

La brisa arrancaba destellos del agua y el sol era caliente. Una procesion triunfal estaba entrando en la calle del muelle por la ribera del rio Anclote. La gente acudia a las ventanas para verla pasar, los comerciantes abandonaban sus puestos de negocio, los jugadores de cartas, manteniendo las manos contra el pecho, acudian a las puertas de los bares, los marineros surgian de las bodegas de sus barcas pesqueras. Hasta los turistas, sin comprender nada, se detenian y observaban.

Costa, llevando la bolsa que le habian dado para transportar sus adquisiciones, caminaba lenta y gravemente al lado de Ethel y no un paso al frente como hacia con Noola. Estaba pendiente de Ethel, protegiendola, mientras senalaba puntos interesantes y hacia presentaciones. Alrededor y detras de ellos, iban los curiosos y los ociosos, chicos demasiado jovenes para trabajar, antiguos residentes demasiado viejos, y tambien aquellos que tenian trabajo por hacer pero ninguna prisa por hacerlo aquel mismo dia. Un hombre negro y viejo que hablaba perfecto griego, se unio a ellos y llevaba los regalos mas voluminosos. Los perros protegian los flancos.

Cualquiera que ese dia no conocio a Ethel, quedo marcado como un ciudadano de segunda clase.

– Mi hijo, el oficial, su esposa -decia Costa.

Todos escuchaban atentamente cualquier cosa que Ethel pudiera decir, con ese tipo de atencion que nadie merece, reian mas de lo que ella merecia, y comentaban continuamente y en dos lenguajes la gracia y el ingenio de la chica, y su profundo conocimiento. ?Que dulce es, gorgoriteaban, cuanta modestia, cuanta correccion! A juzgar por sus maneras, hubiera podido ser una chica griega. Finalmente fue este el cumplido que le dedicaron.

Era evidente que habia una persona ante la cual Costa deseaba exhibir a Ethel. Estaba de pie frente a su tienda para turistas; era un hombre mas alto, y, aun a esa distancia, mas descomunal que Costa. Era la figura fascinante del lugar.

– Ethel -dijo Costa-, te presento a Johnny Conatos. Johnny, aqui mi hija…

– Hija politica -dijo Ethel-. Me alegro mucho de conocerlo mister…

– Conatos, Johnny Conatos. Hola, jovencita. De modo que tu eres esa de la que todos hablan. No me extrana. Una chica bella, Costa.

– Mi hijo, Teddy, ?sabe escogerlas! Ethel, ahora hablas con el autentico numero uno de los buceadores de los viejos tiempos, Tarpon. No yo. ?Este hombre, aqui, Johnny Conatos! Hombre famoso. Estuvo en una pelicula de Hollywood, alli todos lo conocen, de costa a costa.

– Tambien tu eras uno de los buenos ahi abajo, en el fondo -dijo Johnny.

– ?Como esta Virginia, Johnny, chico? -pregunto Costa. Se volvio a Ethel-. Su esposa, mujer buena.

– Hace poco estaba aqui -dijo Johnny-. Ahora ha ido a casa a preparar la comida. ?Como esta Noola? -Se volvio a Ethel.- Buena mujer -dijo.

– Asi es ciertamente -dijo Ethel.

– En casa preparando comida -dijo Costa.

– ?Y como le va a Teddy en San Diego?

– ?Bien! ?Maravilloso! -Costa se volvio a Ethel. – El hijo de Johnny fue al mismo lugar.

– Asi es como a Teddy se le ocurrio -dijo Johnny.

– Oh, el tuvo idea por si mismo, de acuerdo -dijo Costa.

– Solia adorar a mi hijo Michael como a un heroe -prosiguio Johnny-. Todo lo que hacia Michael, Teddy lo repetia. Si Michael llevaba cierto sueter, esperaba una semana y se veia a Teddy llevando el mismo sueter…

– Por el amor de Dios, Johnny. ?Teddy podia escoger su maldito sueter!

– Solia seguir a mi hijo por aqui como un perro.

– ?Vamos, Johnny, vamos, vigila lo que dices!

Paso una oleada de turistas, del Medio Oeste, los hombres cargados con camaras fotograficas, y las mujeres recien salidas de debajo los secadores de pelo.

– ?Turistas! -exclamo Costa malhumorado-. Como moscas caen aqui. Kansas City, Kansas City, Madzouri, Johnny, ?como hombre, como puedes vivir aqui, toda la ciudad hecha un infierno, turista, turista, turista?

– Vivo de ellos -dijo Johnny. Se volvio hacia Ethel-. Pero deberias haber visto este lugar en los viejos tiempos, jovencita. Doscientos botes esponjeros atracados a la orilla del rio. Y los hombres. -Hizo un gesto a Costa con el puno, hacia si mismo despues y le dio entonces un buen golpe a Costa.- ?Como nosotros! No como estos…

– Skoopeethi -dijo Ethel-. Significa «basura».

– Asi es, jovencita. Eh Costa, una chica lista. Me gusta.

– ?Por que no te trasladas donde estoy yo? -dijo Costa-. Alli muy bello, no se oye un ruido.

– Porque cuando no oigo un ruido no tengo pan en la mesa. Tengo grandes responsabilidades, Costa. No como tu. Tengo tres hijos. Tu uno. Cinco nietos. Tu nada. Sin querer ofender, perdoname, jovencita. ?Me refiero hasta el momento!

– No te preocupes por eso -dijo Costa-. Verdad, Ethel, muy pronto, ?verdad?

– No me preocupo por esta chica -dijo Johnny-. ?Desearia ser otra vez un hombre joven, con esta chica aqui!

– Algunas veces yo pienso lo mismo alli -dijo Costa.

– Entonces deberias haberlos visto -dijo Ethel-. Noola, reian y se daban golpes mutuamente, esos dos vejestorios. Estaba temiendo que en cualquier momento se abalanzarian contra mi.

Ethel estaba desembalando un regalo bastante grande, una figura tallada de Cristo, cuyos ojos seguian a los pecadores de un lado a otro.

– ?Oh, mira! No sabia que me hubiera dado eso, Noola, ?mira!

– Esto es para recordarte que El esta vigilandote cada minuto, de modo que vigila lo que haces -dijo Costa-. Noola, comamos, por amor de Dios.

Noola estaba en el fogon, poniendo la cena en una fuente; era cordero asado con tomates y quingombo.

– Sientate, pues -dijo Noola.

– Y nos han dado… mira, Noola… tres clases de naranjas, esa mujer de la hacienda limonera…

– Grace -dijo Noola-, ese caballo enorme. En otro tiempo su amiga.

– ?Calla! Noola, no hablemos de estas cosas en la mesa.

– Y toronjas tambien -dijo Ethel-. No debia haberlas aceptado todas.

– Le has hecho un favor -dijo Costa-. Algun dia presumira de esto. ?Donde esta el yogur, Noola? Ethel, sientate aqui. No comere si tu no te sientas antes.

Ethel se sento, pero no comio. Estaba mirando el contenido de una vieja caja de zapatos.

– Comed ya -dijo-, no me espereis. Noola, por favor, sientate.

Noola no se sento. Habia llenado el plato de Ethel con quingombo y cordero.

– ?Quieres yogur encima o al lado? -pregunto.

– ?Fijaos en estas! -exclamo Ethel-. Todos me han dado fotografias de Teddy cuando era un muchacho. ?Que me has dicho? ?Le poneis yogur a todo!

– Da fuerza -dijo Costa.

– Noola, aqui hay una de ti… pareces tan joven. Aqui, ?mira!

– Despues. Ahora come tu cena.

– Oh, esto es maravilloso, simplemente maravilloso. Noola, por favor, sientate.

– Voy a buscar el arroz.

– ?Pero, cuando comes tu?

– Cuando nosotros terminemos -dijo Costa.

– ?Es que Teddy esperara que yo haga eso tambien? -Ethel pregunto, como en broma.

– Espero que si -respondio Noola.

– Demasiado caluroso este maldito traje negro, Noola, por amor de Dios, ayer sudando como un cerdo. Dame algo ligero hoy. ?Noola!

Asi comenzo el segundo dia de la luna de miel.

– Costa, escuchame, mientras ella duerme todavia vayamos hasta el agua y limpiemos los botes. Estan

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