sucios. La gente que ayer los alquilo, tenias que verlos, gorilas.
– ?Quieres que apeste a pescado todo el dia? ?Es esa tu intencion?
Costa no se habia acercado a «Las 3 Bes» el dia anterior.
– Muy bien, lo hare yo misma -dijo Noola-. No me has preguntado lo que dijeron tus amigos de infancia en el Banco.
– ?Y que importa? ?Que?
– No. Dijeron que no.
– Ese hombre, Mavromatis, no es un banquero de corazon. El Gobierno de los Estados Unidos debiera mandarlo de vuelta a Kalymnos. Me da cinco mil asquerosos dolares y ahora quiere ocho mil e insulta a mi esposa tambien.
Cuando Ethel entro, beso a Costa, que le habia ofrecido la mejilla.
Noola se dio cuenta de que Ethel tocaba continuamente a su marido.
Tan pronto como la pareja hubo salido, Noola se acerco a la ribera con un cubo, una escoba vieja y un cepillo de mano de cerda dura. Los botes estaban nauseabundos con los restos de carnadas, los desechos de las comidas a bordo, latas de cerveza y colillas, y en el
Noola se arremango el vestido y estuvo fregando hasta dejarlos limpios.
Ethel, entretanto, fue llevada a dar un paseo por el rio. Se le enseno el lugar en donde los botes de los buceadores solian atracar, cincuenta o sesenta en hilera. Sus nombres eran un
Durante la «gran» guerra, uno de los botes fue llamado
Siguio un refrigerio en grupo. Mientras comian la salpa frita, un tal Aleko Iliadis, un tipo cincuenton de rostro astuto que no hacia nada en un dia que no hubiera hecho el dia anterior, incluyendo el ir a las carreras cada tarde, les ofrecio su auto y sus servicios como chofer. La llevaria a las carreras, dijo a Ethel, y por el camino la deleitaria con la gloriosa historia de los griegos en Tarpon Springs.
– Debe ganar todas las carreras -aviso Costa al hombre.
Ethel aposto de capricho en ocho carreras, gano dos, y no perdio en ninguna… que ella supiera.
En el camino de regreso quedaron encallados en un embotellamiento de trafico y Aleko aprovecho la oportunidad para ponderar los logros de los primeros pioneros que pusieron el pie en el golfo de Mexico, y siguieron adelante, a pesar de la hostilidad y los contratiempos, hasta conseguir una fortuna.
– ?Y usted? -le pregunto Ethel.
– Yo desperdicie mi vida -dijo- felizmente. Ese fue mi talento.
Aleko pregunto a Ethel en un susurro si querria hacer el honor de visitar a su amiga.
– Esta en Clearwater -le dijo-. Estamos cerca.
A Costa no le gusto la idea, pero finalmente accedio.
– Hombre casado -murmuro en la oreja de Ethel-. Maldito idiota. Por eso lo llaman el Levendis. Aleko el Levendis. Significa vivir unicamente para el placer. ?Bastardo!
Se detuvieron frente a una casa en una vecindad de construcciones identicas. La «amiga» resulto ser una agradable cincuentona. Tenia hijos mayores, fruto de un matrimonio anterior con un cantante de opera, un bajo que la habia abandonado para dedicarse a un nuevo campo, una graciosa del teatro de dieciocho anos.
Aquello habia sido perdonado. Lo que contrariaba a la dama era que su placentero amante no se hubiera divorciado de su mujer para casarse con ella. Empezaba a convencerse de que jamas lo haria.
Despues de saborear algunas cucharadas de cerezas confitadas acompanadas de vasos de agua, Aleko el Levendis llevo a su amiga junto al piano, en donde ella desplego una encantadora voz, fina pero autentica, una voz del mes de mayo. Su amante la condujo a traves de
Ethel rompio en un llanto incontrolable, alargando su mano para aprisionar la de Costa. Escucharon
– Esta pensando en su marido en California -dijo Costa.
– Ni tan siquiera tengo una sola razon para llorar -dijo la soprano.
– ?Por que no os casais vosotros dos? -suplico Ethel-. Quiero que os caseis.
– Vamos, Costa, vamonos -dijo Aleko, mirando su reloj.
– Entras, te santiguas, y ahora quieres irte -se lamento la mujer.
El Levendis hizo salir a Costa.
– Ha arruinado mi vida -la amiga cincuentona dijo a Ethel cuando ellos se marcharon-. Dile que se case conmigo. A lo mejor a ti te escucha.
Ethel la abrazo y le dijo que haria todo cuanto pudiera.
– ?Como he podido arruinar su vida? -pregunto Aleko mientras regresaba a la carretera de Tarpon-. Ya estaba arruinada no se cuantas veces cuando nos conocimos.
– Pero tu le diste esperanzas -dijo Costa.
– Es verdad, le he hecho ese contrafavor.
– Le contaste mentiras, maldito idiota.
– Pero la verdad es lo que ella ha dicho: su vida esta arruinada, mi vida esta arruinada. Dime, ?hay alguien cuya vida no este arruinada?
– Mi hijo -respondio Costa-. Su vida no lo esta.
Cuando llegaron a casa, Noola ya tenia preparada la cena.
Aleko beso la mano de Ethel cuando se separaron.
– Deja esas tonterias -dijo Noola-. Ve a casa, Levendis. Tu mujer te esta esperando.
Teddy llamo aquella noche.
En su conversacion no hubo nada dramatico.
– Tu madre va a ensenarme a cocinar -dijo Ethel.
– ?Cuando volveras? -le pregunto Teddy.
– Ya te avisare – respondio Ethel-. Me gusta estar aqui. Es tan tranquilo… y quiero mucho a tus padres. Gracias por tus padres.
– ?Me amas? -pregunto Teddy.
– Oh, si, si -dijo Ethel-. Creeme. Espera: tu padre quiere hablar contigo.
– Hola, chico, Teddy -dijo Costa. Escucho entonces, sonriendo y moviendo la cabeza hacia.Ethel-. No te preocupes, no te preocupes ahi -dijo Costa-. Cuidamos bien de ello, aqui esta tu madre.
Noola hablo en griego en un susurro.
– Tu hijo parece preocupado -le dijo a Costa cuando colgo el telefono. No miro a Ethel.
Ethel se ofrecio, como la noche anterior, a ayudar a lavar los platos. Esta vez, cuando Noola rehuso, lo hizo como una repulsa. Noola evito sus ojos.
Frente al aparato de television habia dos butacones con un tapizado grueso. Aquella en que Costa acomodo a Ethel tenia los muelles rotos, lo que hacia parecer mucho mas altas sus bandas almohadillas. El butacon de Costa era igualmente profundo, pero el lo lleno con su corpulencia.
Los disparos -en la television habia una pelicula del Oeste- no mantuvieron despierto a Costa. Ethel ya conocia su habito ahora: tres cervezas acompanando a una pesada comida, y su primera hora de sueno hundido en su butacon.
Cuando Ethel vio que Costa se habia dormido se dirigio a la cocina; habia notado la hostilidad en el trato de Nooia y deseaba repararla. Apoyada en el marco de la puerta, contemplando a Noola que fregaba los cacharros, Ethel intento trabar conversacion.
– Creo que ya he conocido hoy a todos los de aqui -dijo-. Ha sido como pasear con un dios. Aqui, tu esposo es el amo.
– Puede producir esa impresion.
