– No. No se a lo que tu te refieres. No me gusta que la gente sea ruda conmigo. No se por que la gente no puede ser amable hacia los demas. Ya es bastante dificil vivir sin que, ademas, haya que soportar siempre esas rudezas.
– Ya puedes decir eso otra vez, nena.
– Asi que seras amable conmigo, ?verdad?
– De acuerdo, ven a verme trabajar.
– No, olvidalo.
– Me gustaria que vinieras a verme trabajar, por favor, ?de acuerdo?
– Solo si tu realmente…
– Yo deseo realmente que vengas, ?de acuerdo?
Ethel no respondio, mirando por la ventanilla del auto.
– ?Tu eres casada, o algo parecido?
– Ya te lo he dicho.
– Quiero decir la verdad.
– Estoy casada, de verdad.
– ?Amas a tu marido?
– Mucho, muchisimo.
– Asi lo espero.
– Mi marido es un hombre maravilloso.
– Entonces, ?por que demonios te deja andar por ahi y meterte en lios?
– Yo no me meto en ningun lio.
– Porque has tenido suerte, porque soy yo, porque yo se lo que esta bien. Pero, suponiendo que fuese otra persona… ?Bang!
– Si hubiese sido otra persona yo no hubiera ido a su casa… quiero decir, adonde trabajas.
El hombre permanecio silencioso durante algun tiempo, y entonces:
– Es mejor que te apees aqui. Parada de autobus. De acuerdo.
Ethel no respondio.
Apoyo la cabeza en la parte superior del asiento, blando y tibio, cerro los ojos y se dejo llevar por el suave traqueteo de la camioneta.
El hombre no se paro.
Su taller habia sido una cuadra de caballos abandonada y convertida despues en garaje, y abandonado nuevamente por estar construido de madera y no disponer de los armazones metalicos o del piso de cemento necesario para la maquinaria pesada utilizada en un garaje moderno. Pero el lugar resultaba perfecto para Julio.
Julio trabajaba en una barra de hierro de 4 X 4 que a golpes convertia en piezas planas que cortaba y adaptaba a los lados de su escalera curvada; trabajaba sobre un fuego abierto de carbon, con tenazas y un yunque, un martillo como un puno de metal y un gran deposito de agua. Seguro de su trabajo, ahora presumia un poco ante Ethel.
– Puedo tirar adelante sin ella, ya lo creo. Me refiero a mi mujer. Pero mi chica, echo tanto de menos a mi hija, maldita sea… mi mujer, quiero decir.
Golpeo la pieza, haciendola cada vez mas plana, la sostenia en lo alto, la dejaba de nuevo y seguia golpeando.
– ?Como se llama? -grito Ethel. -?Mi hija? Ciela.
– Es un nombre muy bello. ?Ci-e-la!
– Cierto. ?Tienes hijos tu? ?Bom, bom!
– Somos recien casados.
Julio dejo el martillo, examino la pieza plana y dio su aprobacion.
– ?Ciela! ?Sabes lo que significa?
– Dimelo.
– ?Ves eso? -Lo sostuvo en alto para que Ethel lo viera. Estaba al rojo vivo. – ?Ves esa curva? Perfecta. ?Uniforme, lisa!
– Es bella.
– ?Ciela! Cielo. Como si dijeras celestial, ?entiendes?
– Es bello ese nombre, Ciela. -Despues te ensenare su retrato.
– Pareces acalorado -dijo Ethel-. ?Quieres que te traiga un trago de agua?
– Si. Arriba, vivo arriba. Ya puedes subir. No hay nadie.
Mientras Julio trabajaba en otra pieza, Ethel anduvo de puntillas por su alojamiento. Habia una cocina pequena en donde Julio comia, y un dormitorio. La cama estaba por hacer. Ethel la hizo.
Al hacerla recordo que las bragas que aquella manana se habia puesto eran viejas y usadas y se habia soltado el elastico.
En el escritorio habia la fotografia de una mujer joven, tambien puertorriquena, penso ella, sosteniendo un bebe. Ciela.
– Es una nina muy bonita, esa de la fotografia -dijo Ethel a Julio cuando le llevo la bebida.
– Si, una buena nina. Ahora tiene ya cuatro anos.
– Tu esposa, ?tiene la cara bonita? -pregunto Ethel.
– Yo asi lo creia. Pero se fue a casa, a la isla. Me dijo: «Cuando ahorres bastantes dolares ven a buscarme; yo estare alli.» Entretanto he oido decir que esta con otro. Las mujeres han de estar con alguien. Asi es como son. La verdad es que ella prefiere sus padres a mi. Asi, muy bien, quedate con ellos, haz lo que te plazca, se feliz, como dijiste, con tanta franqueza. ?Eh? ?Vigila!
Sumergio en el agua el fragmento de tira de metal trabajada.
Chisporroteo primero y siseo despues; despues quedo en silencio.
– Muy bien -dijo Ethel.
– ?Donde esta tu marido?
– En la Marina.
– ?Te gusta tu marido?
– Ya te lo he dicho. Le quiero. ?Que es lo que crees?
– Creo lo que sigo creyendo. ?Cuando has de marchar?
– ?Que hora es?
– La una. Ahora voy a dejar el trabajo para almorzar.
– Tengo que irme.
– ?Justo cuando yo paro de trabajar? Espera hasta despues del almuerzo. ?De acuerdo?
– De acuerdo.
– Me lavo las manos.
Subio la escalera impetuosamente. Los escalones trepidaron mientras el subia.
Ethel sabia que era ahora o nunca.
– Sube -dijo Julio.
Ethel no respondio.
– Vamos, sube, vamos. No dispongo de todo el dia…
Costa estaba hablandole.
– Asi que, ?que has hecho todo el dia? -pregunto. La cena consistia en cordero guisado, cubierto de verduras, el inevitable arroz y yogur.
– Me fui al cine.
– Tonterias. -Costa masticaba. – Despilfarro de dinero.
– ?Que has visto? -pregunto Noola.
– Frank Sinatra y Cary Grant empujando un canon por ahi. Creo que se trataba de Espana.
Ethel no sabia si Noola la habia creido. Frente a su marido la mujer llevaba un velo.
Costa comio sin hablar. Ethel observo otra vez sus manos. Eran grandes, pesadas y fuertes como las de
