Julio.

?Por que deberia Noola creerla? Ethel habia visto esa pelicula hacia algunos meses en San Diego y habia observado que se anunciaba en el periodico del dia anterior.

?O fue en el periodico del domingo?

– ?Que te pasa Ethel? ?En que estas sonando? -Noola ahora estaba juzgandola abiertamente.

– ?Por que?

– La manera en que estas mirando, ?a nada? ?Que es lo que piensas?

Ethel confio en que la pelicula la sacaria de apuros. ?Sabia Noola lo suficiente sobre cine para saber si o no…?

– Estaba pensando en lo agradable que sois los dos -dijo.

– En una familia no son necesarios los cumplidos -dijo Noola-. Ademas, no somos tan agradables. Nadie lo es.

Ethel alargo la mano por encima de la mesa deslizando suavemente la palma sobre la mano de Costa.

– Me gustan tus manos -dijo-. Me hacen sentir segura.

Costa se encogio de hombros, cogio el hueso de una chuleta y lo mordisqueo.

Tenia que desprenderse de aquel periodico del domingo. Sabia donde estaba, en el cuarto de estar… sobre la television, doblado en la pagina en donde se anunciaba el programa semanal.

– ?Cuando te vas manana? -pregunto Noola.

– Mi avion sale a las cinco. Costa, a lo mejor podrias llevarme.

– Costa no conduce. ?No lo sabias?

– Encontre a ese maldito Levendis -dijo Costa sin interrumpir su ingestion de comida.

?Habria notado Noola su vestido nuevo?, penso Ethel. Encontro uno muy parecido de forma y color al que Julio habia destrozado. Los ojos de Noola no se habian detenido en el. Probablemente no se habia dado cuenta.

– ?En que estas pensando ahora? ?Sonando otra vez?

Noola sonreia… ?afectuosamente?

Ethel no se habia dado cuenta del largo rato que habia transcurrido en silencio.

– En aquella ciudad hay gente terrible -dijo Ethel.

– Clearwater es una ciudad muy bonita -dijo Noola.

– Muchos griegos alli. -Costa seguia comiendo.

– Estoy hablando de Tampa.

– Te dije que no fueses a Tampa. – Costa ceso de masticar y la miro severamente. – ?No te dije yo eso?

– Bueno, pues fui. Pero cuando vi la gente de esa ciudad, ?Dios mio! Tu tenias razon.

– Claro que tengo razon.

– ?En donde compraste tu vestido nuevo? -pregunto Noola.

– He olvidado el nombre de la tienda. Justo en medio de la ciudad. Hay una etiqueta en la espalda, si realmente quieres saber donde.

– No has traido el otro vestido, el que llevabas.

– Lo tire. Ya estaba cansada y fastidiada de ese vestido. A proposito, ?quien es san Judas?

Costa partio un pedazo grueso de corteza de pan y comenzo a rebanar la salsa de su plato.

– ?Quien sabe? -dijo -. Alguna especie de santo romano.

– ?Oh, san Judas! -habia dicho Julio-. ?Oh, Dios! ?Madre de

Dios!

– ?Quien es san Judas? -le habia preguntado Ethel-. A los otros dos ya los conozco.

Julio estaba tendido de espaldas y ella apoyada en un codo, mirandolo. Ethel sabia que su expresion expresaba cierta burla porque estaba pensando: ?como es que he venido a enredarme con este hombre?

– San Judas es el santo de lo imposible. Y eso eres tu… ?imposible!

Ethel, durante la cena, sonrio. Recordo que aquello la habia complacido.

– Siempre pense que era imposible que yo consiguiera una chica como tu -habia dicho Julio.

– Yo creo que es el santo de las causas perdidas -dijo Noola.

Mi nueva chica tan bella. -Julio le sonrio. Ya se mostraba posesivo, observo Ethel.

– ?Por que has preguntado eso? -dijo Noola.

– ?Que cosa?

– ?Por que has preguntado sobre san Judas, asi, de repente?

– Lo he visto en muchos sitios de Tampa, en los escaparates… retratos y estatuillas y vasos altos de cera de colores, como cirios. Una lamparilla para san Judas. Todos le necesitamos.

– De acuerdo, ?terminado! -anuncio Costa alejando de si el plato.

– ?Has terminado? -le pregunto Noola a Ethel. Ethel le entrego su plato.

– No has comido mucho -dijo Noola. Iba a recoger lo que Ethel habia dejado en su plato poniendolo en el suyo para poder apilarlos-. ?Seguro que has comido suficiente, Ethel?

– Si -dijo Ethel-. Ya he terminado.

– Yo no he terminado -habia dicho Julio -. No te levantes.

– ?Que hora es?

– ?Y que importa eso? ?Sabes una cosa? Tienes el cono color naranja. Ya he visto muchos, pero nunca vi uno como el tuyo… de dentro, quiero decir. Y tienes tan poco pelo ahi, como una nina, casi como mi Ciela. Y tambien es naranja dentro. Nuestras mujeres tienen el pelo tan espeso ahi, tan negro y grueso.

Noola se levanto de la mesa, llevando los platos a la cocina. Ethel recordo que fue entonces cuando ella se habia levantado para marcharse.

– No te vayas -le habia dicho Julio. Esta vez se parecia mas a una orden.

– Tengo que irme.

– Tu no tienes por que hacer nada.

Intento atraerla nuevamente a la cama.

– No lo hagas, por favor. Duele.

Julio la solto profiriendo excusas; todavia no se mostraba malevolo.

– Quedate un poco -le habia dicho -. Hoy ya no volvere al trabajo. No trabajare nunca mas si tu te quedas conmigo. ?Que te parece?

Ethel estaba buscando el sujetador en la cama revuelta.

– Tengo que irme de verdad. Perdoname.

– ?Cuando volveras?

– No volvere.

– Si, has de volver. Tienes que volver.

– Yo no tengo por que hacer nada.

– ?Que es lo que te pasa… no te gusto?

– Si, me gustas.

– Mejor que sea asi.

– ?Sabes que es lo que mas me gusta de ti?

– ?Que cosa?

– Tus manos.

– ?Y que pasa con el resto de… ya sabes?

– Nada. Simplemente me gustan tus manos. Esta aqui. Perdoname.

Julio se movio para que ella pudiera tirar de su sujetador que estaba debajo de la almohada. Ethel observo que cuando ella habia dicho aquello de preferir sus manos, el pene se le habia encogido de golpe. «?Que mecanismo tan raro es un pene!», penso ella. ?Con que facilidad se turbaba! Ahora recordaba que ella se rio cuando noto que se le encogia como si hiciera una retirada.

– ?De que te ries? -Julio se habia cubierto con una sabana.

– Oh, es mi propia cabeza loca.

– ?Alguna vez te habian jodido como yo lo he hecho? Dime la verdad. Te apuesto algo a que nunca lo hicieron, ?eh? ?Que dices?

Ethel se inclino dejando caer los pechos en las copas de su sujetador, incorporandose despues y poniendo detras las manos para abrocharlo.

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