– ?Estas pidiendo alabanzas?
– Claro. ?Por que no? La verdad.
– Bueno, ?cual? ?La verdad? Mi experiencia es que la mayoria de los hombres lo hacen del mismo modo, con algo de frenesi, como si no les gustara realmente o no estuvieran seguros de que van a mantenerla en alto. Asi que la ensartan tan aprisa como pueden; nosotras nos cogemos adonde podemos, si podemos.
– Asi nos hizo Dios.
– Dale la culpa a Dios.
– Naturaleza.
– Y a la Naturaleza. -Ethel buscaba sus bragas.
– Bueno, nena, afrontemos la realidad, vosotras no teneis nada para joder.
– Podria decir algo, pero no voy a hacerlo.
– ?Que demonios eres tu… una de esas mujeres que quisieran ser hombre?
– Probablemente. -Habia encontrado sus zapatos.
– Eso es lo que yo he pensado… tu eres una de esas.
– Yo no soy realmente una de esas nada.
«Oh, dejemos estar las bragas -penso -. De todos modos estan rotas.» Recogio su vestido del suelo y lo revolvio entre las manos.
– Ya se lo que tu eres… tu eres una de esas mujeres que necesita un tipo diferente cada noche para estimularse. A lo mejor es eso, ?eh?
– Ya te he dicho que yo no soy nada, ninguna de esas. ?No lo hagas! ?No me hagas eso!
En pie, fuera de la cama, Julio habia intentado agarrarla.
Ella habia liberado su mano del agarron.
– Supe lo que eras en el mismo momento en que subiste a mi vehiculo.
– Bueno, pues te equivocaste.
Ethel estaba poniendose el vestido, abotonandolo rapidamente.
– Todas vosotras, zorras alocadas, sois lo mismo. Sabia lo que tenias en el cerebro, desde que te vi.
– Pues no tenia esa intencion, ?sabes…? No tenia ni la mas remota idea…
– Lo siento por tu marido -dijo Julio mientras se ponia los pantalones.
– Adios.
– Es mejor que te peines, porque ahora pareces lo que eres.
Ethel se dirigio rapidamente al espejo.
Julio habia ido al fregadero del rincon. De puntillas, se saco el pene de la bragueta y se puso a enjabonarlo.
– Si, siento lastima de tu marido -dijo -. Si es que tienes uno realmente.
– Tengo uno realmente y no necesita de tu lastima.
– ?Debe de ser una especie de mariquita! Ethel cogio una botella del suelo y se la arrojo.
– ?No te atrevas a decir eso! ?Vale mas que veinte como tu, cualquier dia, cualquier dia! ?En su cuerpo no hay ni un solo hueso que no este sano!
Fue entonces cuando el la persiguio de nuevo, y Ethel no deseaba recordar ese momento.
Noola volvio de la cocina para recoger el resto de los platos.
– La mayoria de la gente es mala -dijo Ethel a su suegra-, pero, ?sabes?, en el cuerpo de Teddy no hay ni un solo hueso que no este sano.
– ?Por que, entonces, viniste aqui?
– Ya te lo dije: queria conoceros un poco mejor. Pero voy a volver manana. -Estaba ya harta del fisgoneo de Noola.
– Primero procura conocer bien a Teddy -dijo Noola.
– ?Noola! ?No sigas! -intervino Costa-. ?Prepara cafe! La mesa estaba levantada y Noola salio de la habitacion.
– Ella ama a su hijo -se excuso Costa-. Es una buena mujer. -Miro su reloj. – Las nueve. Lucha -dijo, y salio de la habitacion.
– ?Que es lo que te ha sucedido hoy, Ethel?
– Noola habia regresado, plegando el mantel-. ?Te ha sucedido hoy algo?
– Solo lo que he contado -dijo Ethel-. No se que quieres decir.
– Yo no se lo que quiero decir -dijo Noola-, pero tu si lo sabes. Estas tan palida. ?Eh? ?Que ha sucedido? ?Nada? De acuerdo, pues no ha sucedido nada.
Guardo el mantel en el pesado aparador de roble y se fue a la cocina.
Ethel estaba nuevamente sola y la respiracion se le aceleraba. Miro la fotografia enmarcada de Teddy colgada de la pared.
– Quiza tu marido no necesita mi piedad -habia dicho Julio-. Quiza necesita la tuya… ?Que dices a eso?
– Nada.
Habia hecho todo lo posible con su cabello, pero seguia hecho un lio. Se detuvo y compro un cepillo entrando en el lavabo de senoras de la estacion de autobuses.
– Adios -habia dicho ella dirigiendose a la puerta.
– Olvidas tus bragas.
– ?Donde estan, lo sabes?
– A lo mejor es que no las necesitas, ?eh? Julio habia lavado su pene y estaba secandolo con una toalla. -Mira en la cama -dijo a Ethel.
Ethel separo la sabana.
– Eh, que demonios… no me tires la sabana al suelo. ?Tengo que dormir sobre esa maldita sabana!
– Lo siento.
– Aqui estan, en el otro lado, en el suelo. Julio se miraba el pene antes de taparselo. Ethel volvio las bragas al derecho y comenzo a ponerselas.
– ?Por que presumes tanto de maneras finas? Volverse de espaldas, ?por el amor de Dios! Te he visto de frente; es naranja. ?Por que tantos remilgos de repente?
– La proxima vez -le dijo Ethel- lavate antes de hacer el amor con una senora, no despues.
– Yo no he visto ninguna senora por aqui, solo una perra en celo. ?Es a ella a quien te refieres?
– ?En que te convierte eso a ti?
– De mi no te preocupes. Yo se muy bien lo que soy. Una mierda, como tu.
– Habla por ti.
Recogiendo su bolso, casi lo olvidaba tambien, Ethel estaba a punto de irse.
– Eres igual que mi mujer, parecida a uno de esos ninos angeles que hay en el altar de la iglesia. Con mucha prisa para ir a casa junto a mami y a papi. «Te espero», me escribio. Y luego me entero de las noticias. Me espero, si, me espero: dos semanas justas.
– Quizas, en parte, tu tengas la culpa. ?Has pensado en eso alguna vez?
– Ella sigue todo el ritual… misa cada domingo, comunion, confesion, escuela dominical, rezos cada noche antes de meterse en la cama. ?Crees que rezaria antes de acostarse con ese tipo?
– De modo que todas nosotras somos falsas, pero vosotros, los hombres, vosotros…
– Si, ya las he conocido todas, pero ninguna tan falsa como tu, nena. ?Das nausea!
Ethel se volvio y le golpeo en la cara con el bolso.
– ?Buen disparo! -exclamo Julio, sonriendo-. ?Si, tu eres la campeona! «Me gusta ver a la gente cuando trabaja», vaya… ?Cuantas veces habias dicho eso ya, senora?
– Adios.
– ?Te gustaria verme trabajar otra vez? ?Eh?
– Ya se como trabajas.
– Pero, si me golpeas, esto quiere decir que quieres verme trabajar un poco mas… ?que dices a eso? Eh, que estoy hablando contigo.
Julio la cogio del brazo, le hizo dar una vuelta, y la miro, afirmando con la cabeza en reconocimiento.
– Creo que antes te he tratado demasiado bien. Ahora voy a demostrarte lo que eres realmente.
