– No hagas eso.

– Porque, en tu corazon, eres una puerca, ?sabes? «Me gusta ver a la gente mientras trabaja», ?vaya! De acuerdo, tu te lo buscaste.

– ?No sigas, no sigas! No te quiero mas.

– Si, eres igualito como mi mujer… me excita, me rechaza, como un grifo. ?Ahora! ?Ahorano! ?Vamos! ?Acabaya! ?Mierda, senora!

– Estas rasgando mi vestido.

– Que se joda tu vestido.

Tiro de ella y ella le dio un rodillazo en la ingle.

– No sigas, maldito seas -dijo Ethel-. ?Que te crees que soy yo?

– Se bien lo que tu eres. Muy bien, golpeame. Vamos. Golpeame otra vez.

– ?No lo hagas! No podre salir a la calle…

– ?Te estoy rompiendo el vestido? ?Pues quitatelo!

La solto por un momento. Ella corrio hacia la puerta. Julio la agarro y la arrojo contra la cama.

– De acuerdo, no te lo quites. Dejalo puesto. Yo tampoco me quitare los pantalones. Mira, aqui, mira, ?lo ves? Vamos ahora.

La retuvo por la nuca mientras le sacaba las bragas. Las piernas de Ethel se agitaban en el aire.

Acabo tumbandose quieta y se cubrio los ojos con el antebrazo. ?Que diferencia habia ya? Si seguia luchando tendria marcas en la cara y en el cuerpo que no sabria como justificar. Lo otro lo lavaria.

Con los ojos cerrados, silenciosa, espero que aquello terminara…

Con los ojos cerrados, silenciosa, oia el ruido de los combates de lucha libre desde la otra habitacion.

– Tambien he hecho para ti -le dijo Noola cuando iba de la cocina a la habitacion de delante llevando el cafe a su marido.

– Gracias -dijo Ethel, siguiendo hasta donde Noola habia dejado la pequena taza de bordes dorados llena de espeso cafe azucarado.

– Te ayudare con los plazos -dijo Ethel a Noola.

– No es necesario. Casi ya estan terminados -dijo Noola mientras salia de la habitacion.

Ethel se recordo que debia asegurarse de arrancar la pagina de espectaculos del periodico del domingo cuando se fuese a la cama.

El cafe estaba demasiado caliente para poder beberlo. Costa soplo por encima de la taza para enfriarlo y sorbio despues ruidosamente. Seguia fascinado con aquellos rudos gigantes que, alegremente, se arrojaban al suelo dandose golpes con los codos y los punos. Ethel sabia que todo era un truco, pero los contendientes aparentaban inteligentemente una lucha convincente.

Ella habia luchado cuando Julio le habia dado la vuelta y apretado, el rostro contra la cama.

– Eres un animal -habia dicho el-. Asi es como se hace a los animales. -La habia golpeado en los hombros con el puno para que se estuviera quieta.

– ?Eso hace dano! No hagas eso. ?Lo odio!

– ?Ahora no vas a poderme olvidar, perra!

– ?Eso hace dano!

– La proxima vez acuerdate de lavarte antes de joder a un hombre, no despues.

Ethel se puso la mano en la boca, y la mordio fuertemente.

– Ahora, ?donde esta tu papi, eh perra? Vamos, ya puedes comenzar a gritar. jPapi! ?Papi! ?Socorro! ?Socorro! -Comenzo entonces a despotricar en espanol, y Ethel no supo lo que estaba diciendo.

Abajo, alguien golpeo en la puerta.

– ?Ramirez! ?Eh, tu, loco Ramirez! ?Te has vuelto loco otra vez? ?Eh? ?Estas bien ahi arriba, Ramirez?

– ?Vete a hacer punetas! ? Largo de mi puerta! Claro que estoy bien. ?Vete!

El rostro de Ethel estaba hundido en la sabana. No se movio.

De pronto Julio salio de Ethel, se sento y examino su miembro viril.

– ?Maldita sea! ?Mira lo que has hecho!

Se dirigio al lavabo, se bajo los pantalones por debajo de las nalgas abriendo las piernas para sostenerlos. Se enjabono otra vez, se aclaro, y examino entonces un pequeno corte, frunciendo el entrecejo y maldiciendo.

Ethel repasaba su vestido. Habia sido maltratado y la chica no llevaba enaguas.

– Maldita seas -dijo Julio-. Me has cortado.

– ?Como voy a irme de aqui? -dijo Ethel, hablando consigo misma-. ?Mira este vestido!

– ?Zorra! ?Mas que zorra! -Sosteniendo su pene mojado y sangriento, Julio se dirigio al botiquin industrial que habia en la pared, cerca del lavabo; encontro un rollo de gasa y comenzo a arrollarlo alrededor de su pene.

Ethel necesitaba una toallita. Volviendo al lavabo vio lo que Julio estaba haciendo.

– ?Que ha sucedido?

– Me he cortado. La cremallera.

– Supongo que ha sido por culpa mia.

Julio volvio a meter su pene, ahora convertido en un rollo de vendaje, dentro de los pantalones y subio la cremallera.

– Vamos, vete ahora mismo -dijo a Ethel-. Tengo trabajo.

– ?Puedo utilizar un momento el lavabo?

– No.

– Mira este vestido. ?Tienes un alfiler o algo? ?Como voy a salir de aqui?

– Del mismo modo que has entrado. Vamos, vete antes de que te mate.

Fuera, el sol quemaba.

Caminando calle abajo a cortos pasos, Ethel sintio que el semen de Julio se le escurria entre las piernas y sintio pegajosa la ingle.

En la parada del autobus se ajusto nuevamente el vestido, dandole un nuevo pliegue para mantenerlo unido.

Subio al primer autobus que vino, que la llevo al centro de St. Petersburg, vacio a esta hora del dia, una plaza sin sombras circundada por unos grandes almacenes, una torre de oficinas y un gran edificio del periodico, todo ello en un color claro. El calor del sol se reflejaba en aquel que permaneciera en el espacio central.

El vestido nuevo que se compro era lo mas parecido que pudo encontrar al vestido que tuvo que tirar.

Cuando Costa quedo dormido en su butacon, Noola, que habia estado zurciendo sus gruesos calcetines blancos, se levanto y apago el televisor. El unico ruido que se percibia en la casa provenia del calentador de agua de la cocina.

El silencio inquieto a Costa. Se levanto, y como un nino que se va a la cama ya medio dormido, salio de la habitacion. Noola comenzo a recoger las tazas de cafe.

– Cuando yo era una nina, en Asteria -dijo -, ocurrio un terrible accidente en nuestra vecindad. Yo estaba en casa y oi el estruendo desde el otro lado del bulevar Ditmars y sali corriendo calle abajo. Era un muchacho griego que habia ido a la misma escuela que yo. Habia chocado contra un poste de telegrafos, en el auto de su tio, frente a la iglesia de Saint Demitrios, que en aquellos dias estaba junto a los rieles del ferrocarril de Pennsilvania. El despoti declaro que habia sido un milagro de nuestro santo, pues el muchacho salio del auto sin un rasguno, aunque el vehiculo quedo totalmente destruido. Me acuerdo de como estaba el chico, de pie en la acera, el rostro tan blanco como el papel, tan palido como tu misma ahora; esto es justamente lo que me ha hecho recordarlo. No te has bebido el cafe.

– Es igual. Llevatelo. ?Estaba borracho ese chico, porque a veces, cuando han bebido…?

– No, tenia gafe con los accidentes, asi lo decian, porque un ano despues tuvo otro accidente, pero esta vez no fue enfrente de la iglesia de Saint Demitrios y no hubo milagro. Tuvieron que sacar al chico a trozos de aquel auto.

Llevo las tazas a la cocina, volvio, cogio la lista de espectaculos del fin de semana de encima del aparato de television, y dijo:

– Hay mucha agua caliente, ?por que no te banas? -y siguio a su marido hacia el fondo de la casa.

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