Mientras la banera se llenaba, Ethel repaso su cuerpo, buscando marcas delatoras. No encontro ninguna, unicamente algunos puntos rojizos que, por experiencia, sabia habrian desaparecido por la manana.
Se lavo el pelo en la banera, utilizando el champu infantil de «Johnson's», despues de lo cual se dejo caer en la banera, con su fino cabello flotando en el agua humeante. Suavizo el escozor apretando un pano caliente contra su cuerpo.
Se volvio entonces, sumergio el rostro y se mantuvo de aquel modo todo el rato que pudo resistir la respiracion. Se sentia de aquella cierta manera que habia sentido en los peores momentos de su vida, cuando, durante semanas enteras, no sabia por que habia procedido como lo habia hecho.
11
Al dia siguiente, Costa encontro un medio de prolongar su visita. Propuso llevar a Ethel al aeropuerto de Tampa en bote.
– No exactamente alli -dijo Costa a la muchacha-, pero desde donde yo te deje, encontraras facilmente un taxi.
– ?No se enfadara Noola?
– ?Y como puede enfadarse? ?Noola!
– Casi no has estado en la tienda desde que yo he venido.
– Durante treinta anos, ?quien ha traido el pan a casa? ?Y la carne y el aceite? Ella sabe bien esas cosas, ella no dice nada.
Bajaron por el rio Anclote a media velocidad. La tripulacion se componia de Aleko el Levendis y un viejo capitan esponjero tuerto. La superficie del agua era tan lisa como una pieza de raso de color gris.
– Viene dia caluroso -dijo el hombre de un solo ojo, al timon.
Dieron la vuelta hacia el Sur y siguieron la linea de la costa a una media milla de la orilla. Al frente, a su izquierda, estaba la playa Dunedin.
– Yo era propietario de casi toda esa playa, maldito estupido -murmuro Aleko el Levendis-. Hace treinta anos la vendi por nada. Oh, si, cometi muchos errores y cuando los recuerdo me pongo triste.
Ethel camino a proa, en donde estaria sola.
Habia pescadores en pequenos esquifes y una pareja en un bote de remos vulgar. Ocasionalmente los vio sacar pescado.
Todavia sentia el cuerpo dolorido. Hubiera deseado disponer de otro dia antes de tener que volver a casa.
Ethel habia experimentado anteriormente el boton autodes-tructivo de su psique. Ahora estaba sufriendo el panico del dia siguiente.
Noola no la habia besado al marchar. Eso era la tradicion, el doble beso; era una costumbre. Pero Noola no se la habia ofrecido.
Y el hombre corpulento sentado en la barandilla de popa que la miraba, placido como la barriga de agua sobre la que navegaban. El ahora estaba de su lado, pero ?y si el se volvia contra ella?
Cuando hablaban, estaba pensando Ethel, ?que habria dicho Noola sobre ella?
Despues de todo, Noola se habia criado en Astoria, Queens, habia ido a una escuela publica de Nueva York, habia oido la charla de las chicas en los lavabos. Algunas de sus companeras de clase debieron de ser ninas como Ethel.
Costa se acerco a Ethel, sentandose encima de la cabina.
– Quisiera que tu me hubieses criado -le dijo Ethel.
– Bueno, ahora cuido de ti -respondio el.
– Hare cualquier cosa que tu quieras -le dijo Ethel-. Dime simplemente que es lo que deseas.
– Tu sabes ya lo que quiero.
– ?Tan pronto este fuera de la Marina! Pero hablo de ello cada dia. Esto es lo que necesito de Teddy: que me diga todos los dias como quiere que yo sea. Como la doble linea en medio de la carretera en una curva que indica que no se puede cruzar…
Ethel paro de hablar; estaba acercandose a una confesion total y Costa no deberia… no podria…
– El te lo dira.
– No lo hace.
– No con palabras. ?Que es lo que esperas? Yo no lo digo a Noola con palabras. Pero ella lo sabe. Asi tu tambien has de saber lo que Teddy necesita. Eres una mujer, puedes saberlo. Duermes con el, comes con el, sabes cuando es feliz, ahora conoces a su padre, sabes como fue de nino, lo que yo le ensene…
– Si, si, ya entiendo, pero… Si.
Volvio la cabeza y miro por encima del agua apacible y los pajaros que se afanaban. Tucson, naturalmente, no tenia esta variedad y ella no conocia su nombre. Excepto por los pelicanos. Parecian tan torpes, tan incomodos en el aire. Pero en el instante en que daban su media vuelta y se inclinaban para zambullirse, primero el gran pico, en el agua perdiendose de vista, eran una perfecta maquina pescadora.
Habia otros, graciosos pajaritos trazando en el aire dibujos tan erraticos como los murcielagos por la noche y picando en la superficie. Eran como pequenas cometas rotas; Ethel se sintio muy proxima a ellos.
– ?Que pajaros son esos pequenitos?
– Golondrinas de mar.
– ?Y que persiguen?
– El pez gordo caza el pez pequeno en la superficie. Los lujaros esperan.
Ahora, enteramente tranquila, Ethel se tendio en la cubierta. En el cielo, las gaviotas seguian su curso.
– Las gaviotas vuelan derecho -dijo Ethel-, como si fuesen a alguna parte. ?Como saben adonde van?
– Dios les ensena -respondio Costa.
Ethel se dio la vuelta, tendiendose sobre el vientre, colgo la cabeza sobre el costado y observo el surco de agua revuelta.
?Que segura se sentia junto a Costa! No habia nada en el inundo, en aquel instante, que ella deseara, excepto estar alli en aquella embarcacion.
Iba a decir:
– No tengo ganas de regresar -pero no lo hizo. Costa lo tomaria como lo que era, un menosprecio para su hijo.
– Los hombres del bote pequeno estan sacando pescado – dijo Ethel. Costa estaba fumando el cigarro puro que ella le habia traido de Tampa.
– Pronto, nada -respondio Costa, senalando.
Algunos peces grandes estaban surcando el agua, no tantos como un banco, una familia.
– ?Que son?
– Marsopas. Arrasan todo el pez, no dejan nada. Aspiradoras. ?Ves?
Algunos de los pescadores habian visto las marsopas. Ponian ni marcha sus fuera borda y abandonaban el lugar.
Las marsopas estaban ahora alrededor de la embarcacion. Ethel avanzo sobre la barriga hasta la misma proa del barco. Colgo la cabeza por encima del borde y alli estaba uno de los mamiferos nadando en perfecta formacion con la embarcacion. Y despues otro a su lado. Ethel les podia oir la respiracion. Avanzaban sin ningun esfuerzo. Ethel penso que estaban intentando establecer cierta camaraderia del modo que se mantenian al lado, rodando de uno a otro lado, para llamarle la atencion.
– Me estan mirando -dijo-. Quiero decir, me miran directamente.
De la parte de atras llego el ruido de disputa entre los hombres.
– ?Por que se pelean?
– Bobadas. La mujer murio hace veinte anos.
Nuevamente la marsopa guia miro hacia arriba directamente a los ojos de Ethel.
– ?Oh, estan intentando hacer amistad! -exclamo Ethel.
