mucho tiempo atras. Me arrastran ante un tribunal de mentira. ?Quienes son? Israelies. Yo hago estallar una bomba y los mato a todos. Como en una tira comica. O… esto me ocurrio justamente esta manana… llamo a la madre de mi marido y le cuento que he disparado contra su hijo por accidente, que el no ha muerto por mi culpa. ?No es eso ridiculo? Pero le advierto que…
– ?Me advierte? ?Que es lo que yo tengo que ver con eso?
– Nada. Pero le advierto que no estoy dispuesta a rendirme. No tengo por que explicar nada a nadie, y esto le incluye tambien a usted.
Ethel parecia estar bromeando, pero el capitan no estaba seguro.
– Siga -le dijo-, aunque todavia no logro entender que es lo que yo tengo que ver con todo ello.
– Asi es que yo entonces trato de hacerles ver, a quien quiera que me este juzgando, el policia o el tribunal israeli o mi suegra, de que no soy tan mala como ellos creen. Pienso que estan dispuestos a perdonarme, pero no es asi porque esas escenas de tiras comicas vuelven a surgir dentro de mi una y otra vez; he hecho algo horrible, me he escapado y me han cogido entonces y hecho regresar a la fuerza, pataleando y rogando.
Ethel ceso de hablar. Habia lagrimas en sus ojos.
– Sin embargo, parece que todos me aceptan con agrado – anadio -. Quiero decir en la vida real. Pero, ?sabe usted una cosa? -Bajo la voz. – Cuando le gusto a alguien, yo le pierdo el respeto. No conocen mis verdaderos pensamientos. Si los conocieran, no me querrian. Si no fuesen tan estupidos, pensarian de mi lo mismo que yo.
– ?Y que es ello?
– Poco bueno. -Volvio el rostro. – No le he dicho todavia -continuo despues de unos instantes- que soy hija adoptiva. Ya deberia haberme acostumbrado a estas alturas. Pero no ha sido asi. Todavia me hace dano. Mucho dano. Como hoy mismo. Hoy os odio a todos vosotros.
– ?A todos nosotros?
– Incluyendolo a usted, si. A todos. Si.
Siguio un largo silencio. Ethel, incapaz de proseguir hablando, estaba mirando a traves de la ventana.
El capitan Cambere dejo su bloc de notas, se inclino hacia delante y presiono el boton del intercomunicador. Hablo a su secretaria con voz casi inaudible para Ethel.
– Dile a Frost, en la pista, que no podre ir. Y no pases ninguna llamada a menos que te indique lo contrario.
La entrevista duro casi tres horas, al final de las cuales la luz diurna se habia amortiguado. Tres cuartos de hora antes de su hora de salida normal, la secretaria del capitan Carnbere entro despues de llamar dos veces y pregunto si podia marcharse. Solia hacer eso si el capitan permanecia mas de una hora con una mujer.
– Si -dijo el capitan-, puedes irte.
– Yo tambien tengo que irme -dijo Ethel a la secretaria.
La secretaria asintio y salio del cuarto. Ya habia oido eso antes.
– Pero me siento mejor -dijo Ethel-. Mucho mejor. -Buscaba su bolso.
El capitan Cambere cogio el bolso del escritorio, en donde Ethel lo habia dejado, pero no se lo dio.
– ?Cree usted -pregunto Ethel- que se puede contar mucho mas a una persona absolutamente extrana que a otra que se conoce bien?
– ?Que es lo que le impide hablar con su marido?
– No lo se. ?Lo sabe usted?
– Tengo alguna idea. Digame, ?por que la gente trata de resolver sus problemas a traves de los demas cuando todos sabemos que eso es imposible?
– Si, eso es verdad. ?Por que lo hago?
– No conozco a su marido. ?Es alguna especie de hombre extraordinario?
– Asi lo creia yo. De todos los que he conocido, aquel en quien mas se podia confiar.
– Sin embargo, usted no confia en el.
– Cierto. Pero, ?por que? Quiero decir, lo que usted dijo antes… yo siempre he tratado de resolver mis problemas a traves de algun hombre. ?No es eso lo que usted ha dicho?
– Usted ha dicho «hombre». Yo he dicho «a traves de los demas».
– ?Por que hare yo eso?
– Yo podria descubrirlo con una o dos conversaciones mas.
– Ahora… tengo que irme. -Ethel se levanto.
– Bueno, yo estoy aqui.
– ?Puedo hacerle otra pregunta mas?
– No. ?Esta usted bromeando? Naturalmente.
– Mi marido ya no se me acerca y… ?como podria decirlo? Soy yo quien tiene que empezar siempre. Cuando lo hacemos. Y ayer, yo me contemple en el espejo y pense: ?realmente soy bonita! Asi que…
Ethel espero. El capitan no dijo nada.
– Lo soy -dijo Ethel.
– ?Y como piensa usted?
– ?Como? Oh, a mi me gusta el. Hasta lo quiero. Yo solia acabar pronto, con tanta rapidez, tan facilmente. Pero ahora, cuando lo hacemos, no sucede nada. Al final… no hay final ninguno. Al principio yo fingia. Pero ahora ya no hago ni eso. Todo se ha secado y no se que es lo que ha sucedido.
Los ojos de Ethel se llenaban de lagrimas.
– Digame -le dijo al capitan-, ?es que hay que sentir siempre del mismo modo con otra persona?
– Quiza sea que usted ha dejado de creer que el pueda ayudarla. Y el, que usted pueda ayudarlo.
– Si, eso es. Pero es mas fisico, ?sabe?
Subitamente Ethel giro la cabeza en direccion de la puerta.
– ?Que es? -pregunto el.
– Me ha parecido oir a alguien ahi fuera.
– Nuestra puerta esta cerrada.
– Tengo que irme. -Ethel se dirigio a la puerta. – Ahora ya puede usted ducharse. Ha de estar usted bien y flexible. -Se echo a reir mientras le cogia de las manos el bolso que el sostenia.
– Me preocupa usted -le dijo el mientras ella tiraba lentamente del bolso que sujetaban las manos del capitan.
– Oh, no se preocupe. Una cosa unicamente: me ha dicho antes que tiene alguna idea de lo que me impide hablar con mi marido… ?Y tambien a la inversa?
– Cuando un idolo cae, eso no se perdona. Solo hay una manera en que pueda descubrir lo que usted siente por el… ?Cual es el problema?, esa es la cuestion.
– ?Como lo descubro?
– Empujelo hasta que queme y siga empujando hasta que estalle. O que no estalle.
– Muy bien, voy a intentarlo. -Se detuvieron junto a la puerta y se quedaron alli, sin hablar y sin mirarse.
– Me ha ayudado usted mucho -dijo Ethel.
– Podria ayudarla mucho mas. -La mano del capitan estaba en la manecilla de la puerta.
Ella se volvio y le miro directamente y con decision. Cuando el se inclino hacia ella, ella alzo la mano, deteniendole.
– No haga eso -le dijo.
– ?Hacer el que?
– Lo que iba a hacer.
El capitan le tomo la mano y la retuvo simplemente entre las suyas. Ethel le permitio retener su mano quizas un instante mas de lo que resultaba apropiado.
Repentinamente, el capitan abrio la puerta. Habia oido a alguien.
En la sala de espera en penumbra habia un hombre sentado.
– Oh -dijo Ethel-. Es mi marido.
Vio entonces un letrerito que habia sido colgado del tirador de la puerta. CONSULTA EN CURSO, NO MOLESTEN. La secretaria del capitan Cambere debio de colocarlo antes de marcharse de la oficina.
El capitan Cambere estrecho la mano de Teddy, pero, mas tarde, no hubiera sido capaz de describir el
