Habian estado corriendo bajo la lluvia.
– ?Has notado alguna vez -pregunto Petros a Ethel- que las chicas corren mas bajo la lluvia que los muchachos? -Le hablaba como si ella no hubiese estado ausente.
– Nunca he notado eso -respondio Ethel.
Petros la miro entonces.
– Estas mas delgada -dijo-. ?Como es eso?
– Desgaste -respondio Ethel.
– ?Que demonios es eso, una enfermedad? Vamos, entra.
Ethel vacilaba en el umbral de la puerta.
– Veo que has cogido otra secretaria.
– Has estado fuera tres meses. La despedire.
– Oh, no, no hagas eso.
– Ocupate de tus asuntos. Yo me ocupo de los mios.
Habia abierto una ventana en la pared detras de su escritorio. Ahora, dando la vuelta a su sillon podia contemplar todo el panorama. Habia mejorado desde que Ethel estaba fuera.
– ?No lo has visto todavia?
– ?A quien?
– Al jefazo. -Senalo.
Alli estaba Costa caminando por un muelle, tan fanfarron como debio de ser en sus tiempos de buceador numero uno de la comunidad griega. Ethel lo podia oir rugiendo instrucciones a un pequeno bote que estaba entrando con su auxiliar. Cuando el propietario lo hubo atado, Costa desato el nudo y lo rehizo correctamente, mientras daba instrucciones al principiante.
– Esto primero, caballero, por favor, entonces asi, es facil, de acuerdo, ?se acordara?
– El Banco se quedo con «Las 3 Bes» -dijo Petros.
– ?Se lo han quitado?
– Lamentandolo mucho, dicen ellos. En el consejo hay algunos griegos tambien. Costa pidio dinero prestado para algo, dando garantia al Banco con el almacen. Ahora no puede pagar el dinero. Asi que le han cerrado. La tienda ha quedado ahi, con las puertas cerradas. ?America, America!
– ?Que es eso que lleva en la cabeza?
– Le he comprado una gorra de capitan. Es mi nuevo jefe de muelle. Ese viejo trabaja como una muia. Es un tipo duro, te lo aseguro.
Costa la habia visto. Le hizo una especie de saludo balcanico, llevando la parte plana de su mano a su gorra de capitan, y lanzando despues la mano al aire. Echo a correr despues hacia ella.
– El dinero lo compra todo -dijo Petros-. Espera a verlo… Ahora somos amigos tan unidos como siameses.
– Es un buen muchacho -dijo Costa, acercandose a ellos y rodeando los hombros de Petros con sus brazos, confirmando lo que el hombre acababa de decir.
– Murio tu madre -dijo Costa-. Lo oi. Malo. ?Mujer fina! Bueno, yo el proximo, ?eh? Pero todavia no. ?Donde esta mi beso?
Ethel lo beso.
– Siento lo ocurrido con la tienda -le dijo.
– No hablemos de eso -respondio Costa.
Ethel observo, que visto de cerca, Costa parecia mas joven; estaba cuidadosamente afeitado y peinado y olia a mar. Petros habia hecho algo bueno por ese hombre.
– ?Has hablado con Teddy? -pregunto a Ethel.
– Acabo de llegar -respondio ella.
– Lo llamaremos. Eh, jefe, ?nos dejas hablar por el telefono ahi dentro?
– Hablad dos horas, si quereis -dijo Petros-. Yo me voy a Saint Pete.
– Ella esta hermosa – Costa informo a su hijo-. Toma. – Paso el telefono a Ethel.
– ?Donde has estado? -Teddy pregunto a Ethel-. ?Durante diez semanas?
– Te escribi -respondio ella-. Me sentia cansada y me tome unas vacaciones.
– ?Donde fuiste?
– A Mexico.
– ?Y que hay alli?
– Mexicanos. Algun dia quiero vivir alli. Aquello me gusta.
– No podre venir durante un par de semanas. Tengo examenes y-
– No te preocupes. Ven cuando puedas. Hacian competicion de frialdad. Indiferencia contra indiferencia.
– A menos que tu quieras que yo venga -dijo Teddy.
– He estado viajando mucho y…
– ?Por que no descansas entonces?
– Esto es lo que estaba pensando hacer.
– ?Estas bien?
– Nunca me senti mejor.
– Yo tambien.
Y eso fue todo. Nada.
Costa habia olvidado su insistencia para que ella abandonara el empleo; ahora el tambien estaba alli.
Petros la acorralaba duramente. No de un modo fisico -jamas la habia tocado-, pero Ethel podia sentirlo cada minuto que permanecian en la misma habitacion, deseandola.
– ?Por que razon? -le pregunto el cuando ella rechazo su invitacion para salir el sabado por la noche.
– Si me diste este empleo porque querias acostarte conmigo, llama a la otra chica. No me atraes de esa manera.
– Bobadas -dijo el.
Pero Ethel se dio cuenta de que se habia hecho desear mas todavia. ?La perversidad de los hombres! Al dia siguiente recibio una carta de Teddy:
Tu Teddy
Asi que, se dijo Ethel, tiene una chica.
Se sintio tentada de escribirle diciendole:
«Deja que tu amiguita te mantenga.» En lugar de ello decidio enviarle veinte dolares cada semana.
