historias.

– Entonces, inventemos una mas.

– De acuerdo por mi parte.

Cuando Ethel se desperto por la manana, Teddy ya se habia marchado. Recordo vagamente que, a la primera luz del dia, el se habia deslizado de la cama y ella no intento retenerlo.

Aquel dia Teddy tenia desfile, y ella lo vio con su traje blanco, gallardo y atractivo, con todo el aspecto de un oficial. Quizas ahora resultaba duro para el, sabiendo lo que sabia, pero Ethel creia que su carrera en la Marina era mas importante para Teddy que cualquier otra cosa, y que se convertiria en un excelente oficial.

Ella le saludo con la mano. Teddy se acerco corriendo cuando todo hubo terminado.

– Estas muy guapo con tu uniforme -le dijo ella. «Y tambien muy distante», penso.

– Gracias -dijo el.

– Y sobre la noche pasada… ?sigues pensando del mismo modo?

– Si.

– ?Quieres que lo conserve?

– Creo que si. Si.

– Bueno, entonces, lo hare. Y… estoy contenta de que hayas decidido eso. -Asi que, penso Ethel, ya se ha terminado.

19

En Saint Petersburg, el trafico era como una marana. Pero hacia el Sur hay un gran puente que cruza por encima de la boca de la Bahia de Tampa, un techo tan largo y tan alto que parece mas estrecho de lo que realmente es. Es bastante inclinado, pero un auto puede recorrerlo sin disminuir la velocidad y el conductor tiene la sensacion de que se esta elevando por encima de los humos y la frustracion que quedan abajo.

Cuando Ethel corria hacia la cima de esa ala metalica, se sintio invadida por una misteriosa confianza y la exaltacion de fuerza inherente.

– En este momento seria capaz de hacer todo aquello que quisiera -se dijo.

Desde la cresta del puente contemplo por el costado aquella extension plateada y vio, dirigiendose hacia el golfo abierto, a un pequeno carguero, un viejo trotamundos, antiguamente vestido de blanco, y ahora envuelto en la luz dorada del sol poniente, el humo de su chimenea como un velo. Parecia un sueno, que no surcaba el agua, sino que se deslizaba por encima. Ondeaba la bandera mexicana. Debia de dirigirse a Veracruz, penso Ethel, o a Tampico.

Recordo algo que, precisamente el oficial de educacion de Teddy, habia dicho en cierta ocasion:

– ?Oh, tener de nuevo dieciocho anos, y todo lo que se posee en un saco marinero! ?Uno es invencible entonces!

Aquella tarde Ethel se sentia, si no invencible, si autosuficiente, completa, dispuesta para lo que fuese.

Envio unas palabras al viejo carguero, diciendo:

– Pronto, pronto.

Solo quedaba esto: durante los siete meses venideros ella debia fingir que lo que llevaba en ella, aquello que todavia no podia sentir, era de Teddy.

De esa manera pagaria sus deudas, a Teddy, a su padre y a su pasado. Daria la criatura a Costa y desapareceria.

Encontro musica en la radio y emprendio la larga pendiente en direccion a Bradenton. Recordaba los hombres con los que habia estado, el placer que habia sentido con cada uno de ellos, la excitacion de experimentar con una nueva persona, emparejando una vez en pleno vuelo, haciendo ofrenda de los dones de su naturaleza y tomando a cambio lo que le ofrecieran. Habria otros: un mundo estaba esperando… amigos, amantes, semejantes.

Lo unico que debia hacer era recordar la leccion aprendida con Teddy, saber cuando todo habia terminado y seguir adelante.

Su habitacion estaba tan tranquila como el espacio bajo los arboles en un bosque de pinos. Alzo las ventanas. Las cortinas eran de algodon rizado y la brisa del golfo las movia como plumones blancos, dejandolas caer despues lentamente. Los carillones japoneses de vidrio dejaban oir asi su cristalino sonido.

Tenia el vestido empapado alli en donde se habia apoyado en el asiento, asi que se lo quito. Sentia que la ropa interior la apretaba y se libero de ella, rascando en los lugares donde la sujetaban bajo los pechos y en la cintura, proporcionando alivio a su piel.

Se habia hecho la cama unicamente con las sabanas. No las abrio, tendiendose encima, separando sus piernas y los brazos hacia arriba y hacia afuera.

La brisa la acariciaba.

Todo el sonido llegaba desde muy lejos.

No tenia adonde ir, ni con quien encontrarse. No estaba esperando ansiosamente a ningun hombre. Aquella noche nadie le pediria que «le hiciera estallar». Ni ella pediria los servicios de nadie para que la hiciera sentir completa. Se sentia el cuerpo transportado en un rapto de bienestar, mas profundo que el sexual. No necesitaba del acto del amor para convencerse de que estaba viva.

O para pasar el tiempo. Se sentia celosa de sus minutos.

Hasta su respiracion se habia alterado. Era suave, uniforme y mesurada. Era exacta, era normal.

Durante siete meses, penso ?no tendre que mentir de nuevo!

Cerro los ojos y saboreo su propia presencia. No queria romper el silencio; no la amenazaba. No deseaba el sonido de una voz humana, no necesitaba enterarse de las ultimas noticias. No le importaba la hora que pudiera ser.

Cuando comenzo a dormitar, invito a los suenos.

Se vio a si misma como un bebe desnudo. Un viejo sacerdote ortodoxo la llevaba hasta una pila bautismal de cobre, entonando el ritual mientras caminaba. La sumergio tres veces en el agua bendita, tibia como orina. La alzo despues, renacida.

Mas tarde ella era un sol pequeno y el resto del Universo daba vueltas a su alrededor, lejos, fuera de su alcance.

Aunque estaba medio dormida, fueron unos momentos que recordaria hasta el final de su vida, su intervalo de pureza, cuando el compromiso y la acomodacion y el engano ya no eran necesarios.

La noche despues de su retorno, Ethel salio a cenar con Petros. Fueron en el auto a un lugar especializado en comida del mar cerca de Sarasota. Un buen grupo de personas, todas parejas maduras, esperaban su turno para tener el privilegio de comer en aquel lugar. Petros, presumiendo de su poder ante Ethel, paso por delante de todos ellos y ocupo un compartimiento que acababa de desalojarse. La camarera que cuidaba de aquel sector asintio con la cabeza y le sonrio.

– ?Como puedes salirte con la tuya? -le pregunto Ethel.

– Ella y yo -dijo senalando a la camarera- soliamos…

– Froto sus dedos indice.

– ?Y como puede ella admitir esto?

– Ahora ella sale con el jefe.

Mientras Petros encargaba una docena de ostras para el y algunos cangrejos para Ethel, esta estuvo contemplando a la camarera. La mujer estaba en la treintena, limpia, pulida, respetable; parecia lo que era realmente, un ama de casa del Medio Oeste, ahora, por alguna razon, sola. No habia nada de coqueteria ni de artificio en su manera de dirigirse a Petros. La diversion sexual, adivino Ethel, era simplemente uno de los problemas practicos que la mujer habia tenido que resolver por si misma.

Petros observaba a Ethel para comprobar como habia recibido la informacion intima que acababa de darle.

– Me gusta -dijo Ethel-. Estoy contenta de que vayas con ella.

– No voy con ella -replico Petros-. Eso fue durante el pasado invierno cuando llovia todos los dias… ?recuerdas esas dos semanas?

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