exaltado por el alcohol, ?como podria negarse la importancia de tanta alegria?
Cuando Aleko llego, Costa ordeno a Ethel se metiera en el auto. Ella y Petros tenian una cita para cenar aquella noche, y aun para despues, pero la celebracion de Costa era un torrente que lo barria todo a su paso.
Se dirigieron al Norte, Aleko al volante, canturreando una tonadilla tras otra, y Ethel y Costa atras, el brazo de el alrededor de ella, y los ojos de Costa mirando al frente.
Desde el momento que recibio la noticia estuvo recordando el nacimiento de Teddy. Conto como el habia sabido inmediatamente que el bebe que estaba formandose en el cuerpo de Noola seria un muchacho y que este muchacho, con el tiempo, produciria otro muchacho que se llamaria como el y permaneceria a su lado, «modo adecuado» hasta el dia que el muriese.
Le hablo de su propia abuela, una persona que jamas habia mencionado anteriormente. Esa vieja mujer podia predecir, utilizando la ciencia que habia aprendido de las mujeres enlutadas que la habian criado, la erudicion del Dodecaneso, el sexo del bebe desde el principio del embarazo.
– Ella me enseno, asi que te lo digo. Pronto. ?Va a ser lo que yo quiero!
Se detuvieron frente a la iglesia de San Nicolas. Era la primera vez en muchos anos que Costa habia entrado en el territorio de aquel sacerdote del bingo. Habia algunas mujeres viejas vestidas de negro.
Costa llevo a Ethel hasta el icono de la Madona. La Madre de Cristo ofrecia una imagen serena. Costa se puso de rodillas frente a ella y obligo a Ethel
Durante un largo rato, Costa hizo su plegaria a Maria en una lengua que Ethel no pudo comprender, naturalmente. Era un griego que otro griego hubiera tenido dificultades en seguir, denso, arcaico, fuera del uso general.
Metio entonces la mano en su bolsillo, y saco todos los billetes que tenia, y, buscando una abertura en la parte superior del cristal que protegia a la Madre de Cristo, introdujo el dinero hacia abajo de modo que cayo entre el cristal y la imagen. Finalmente Costa permitio que Ethel se alzara.
Alguien habia avisado al sacerdote que aquel hombre viejo, en otros tiempos uno de los vicarios de esa catedral transplantada, el hombre cuyo alejamiento declarado publicamente habia herido los sentimientos del cura y tambien los de sus fieles seguidores, estaba en la iglesia. De modo que el propio sacerdote del bingo habia acudido para recibirlos. De pie al fondo de la nave, sin saber lo que esperar, estaba preparado para una nueva repulsa.
Costa alzo sus brazos, en un saludo al mismo tiempo expresion de perdon y de alegria, se encamino hacia el joven griego-americano, lo rodeo con sus brazos y lo beso de un modo que hizo historia local.
– Una cosa solamente. El dinero que dejo ahi, no es para la iglesia, es para Su Majestad, la Reina del Cielo; es para los pobres por quienes Ella vela.
– Sera utilizado para ese proposito -respondio el sacerdote.
Costa le beso en las dos mejillas.
– Besa su mano -ordeno a Ethel.
Ethel no dudo un instante. Las manos del joven no olian a cera o a velas sagradas: olian a jabon «Dial».
En una bandeja grande, al fondo de la iglesia, Costa arrojo todo su cambio y cogio dos velas. Le dio una a Ethel y ella hizo lo misino que el, la encendio con la llama de las velas que ya estaban encendidas en el candelabro a la altura del hombro.
De nuevo Costa llevo a cabo una ceremonia de compras. Pidio pescado en el muelle, escogio una gran escorpina y se hizo jurar que era fresca. No pago nada: un pescador no paga a otro pescador. En el almacen de vinos compro -a credito- tres botellas de «Hymettus», un vino importado de Atenas.
En todas partes adonde fue, anuncio el acontecimiento futuro.
– Va a nacer un salvador -parecia estar proclamando -, ?un redentor!
De pronto Ethel se sintio avergonzada; deseo no haber hecho lo que hizo. ?Que la habia hecho creer que podia jugar de ese modo con esta clase de persona? Hubiera querido huir de todo, pero ya no le era posible hacer eso.
Harta de comida, llena de vino, pesada por el embarazo, durmio en la cama donde habia muerto el padre de Costa, la cama que ahora pertenecia a Teddy. Desperto durante la noche y tuvo que ahogar el impulso de saltar de la cama y echar a correr. Por la manana decidio que no le quedaba otro recurso sino pasar por ello.
El domingo por la manana lo paso al lado de Costa, visitando la lumba de su padre, escuchando mientras Costa hablaba con la imagen de su padre (?oiria el algun mensaje del mas alla?), contemplando como Costa recortaba la hierba alrededor de la tumba (?quien mas, penso ella, cuida de sus muertos de igual modo?), sacando despues su pequena escoba de paja y barriendo los fragmentos caidos de la piedra. Logicamente, resultaba absurdo. Sin embargo, la devocion por si misma, el sentimiento que demostraba, ese era un valor que Ethel no podia despreciar.
La tarde era calurosa y humeda. Ethel sonolienta por el calor, se sentia a gusto sentada en el patio, leyendo bajo la sombra del roble.
Pero no sucedia lo mismo con Costa. Cuando desperto, Costa ya habia regresado y vestia un mono blanco de lona. Ethel observo que seguia siendo un hombre fuerte y musculoso.
En el suelo habia el pico y la pala que Costa habia ido a pedir prestados; al lado, una caja conteniendo cordeles y cuerdas viejas y algunas estacas en las que Costa hacia punta en un extremo con un hacha pequena. Ese fue el ruido que habia despertado a Ethel.
Ahora, mientras ella miraba, Costa clavo las estacas en el suelo, marcando un doble rectangulo, uno dentro de otro, siendo la pared de la habitacion de el un lado de la figura. Hecho esto – ?Que esta haciendo?, se pregunto Ethel-, Costa comenzo a estirar pedazos de bramante, en diferentes longitudes, que ataba juntas, de una estaca a otra, alrededor del doble perimetro de las lineas paralelas.
– Pongo nuevo cuarto aqui -respondio Costa-. Bonito porche, mampara metalica, etcetera. El puede dormir conmigo al aire libre, muy sano para el chico, ?comprendes?, sin mosquitos, ?limpio!
Canturreaba en griego. Ethel no oia las palabras y aunque hubiera podido oirlas no hubiera comprendido su significado. Pero comprendio la cancion. Era un himno de nostalgia por una tierra perdida hacia mucho tiempo. Mantenia vivo el recuerdo de la patria, rememoraba una civilizacion.
Terminado el rectangulo de cordel, Costa cogio el pico y abrio la tierra con un poderoso
– Aqui pondre el cemento. Mantendra firme el cuarto -explico.
– ?No hace demasiado calor para trabajar? -pregunto Ethel.
– Si -dijo el-, mucho calor. -Y se echo a reir complacido mientras se limpiaba la frente con un panuelo y se enjugaba por debajo de las cejas por donde el sudor habia resbalado haciendole escocer los ojos.- Mucho, mucho calor.
Ethel lo habia convertido en un hombre feliz. Ahora ella se sentia contenta. Valia la pena el riesgo, decidio medio adormecida, y cayo de nuevo en el sueno de una tarde de verano.
20
Pero, al atardecer, el ambiente se torno agrio.
En primer lugar, se hizo evidente para Ethel que Costa esperaba que ella abandonara inmediatamente su trabajo en la darsena. Era algo que ni tan siquiera debia discutirse.
Ethel reacciono discretamente.
– Teddy quiere que trabaje -le dijo a Costa-. No quiere que sea gorda y perezosa; el quiere que yo sea como las campesinas griegas de vuestra isla, trabajando hasta el ultimo dia.
– No, no, no -Costa no quiso escucharla-. El chico no entiende lo que esta bien.
– Sin embargo -replico Ethel-, ese es su deseo.
– Yo lo explicare todo -dijo Costa, dirigiendose al telefono.
Pero Teddy no estaba en casa, asi que el asunto quedo aplazado y se suavizo la decision.
