Lovechild y susurre:
– Cosmo Veitch. Llevame.
La gente empezaba a ponerse nerviosa. Notaba que me estaban midiendo. Tenia a favor mi estatura y mi indumentaria formal pero, aparte de eso, estaba en los huesos y apenas tenia veinte anos. Si alguien decidia encender las luces normales del local, quedaria en evidencia que era un impostor, un falso pasma.
Vinieron en mi ayuda viejos recuerdos y peliculas mentales, y note que las facciones se me congelaban en esa expresion mia de «no te metas conmigo, soy un pirado». La Sombra Sigilosa me susurraba palabras de estimulo y se senalaba el diafragma; entendi que queria que hablara con una voz grave y aspera, de hombre ya hecho.
– Calmense, ciudadanos -dije-. Esto no es una redada; es solo entre Cosmo y yo.
El comentario tuvo el efecto de apaciguar a la masa. Observe que los rostros tensos se relajaban con alivio y los bailarines que tenia directamente delante volvian a la pista y reanudaban sus evoluciones. Repare en que todavia empunaba mi 38 a la altura de la cadera y la fila de hippies se habia dispersado definitivamente. Estaba concentrandome en mantener mi rostro en las sombras cuando oi una voz masculina a mi espalda.
– ?Si, agente?
Lentamente di media vuelta y sonrei. La voz pertenecia a un hombre joven de mirada dura, cuerpo firme y rollizo, gafas de cristales ovalados y cola de caballo.
– Vamos a un sitio tranquilo -dije y apunte con el arma hacia la parte trasera del escenario. Cosmo abrio la marcha y me condujo hasta un cuartito lleno de taburetes y gramolas fuera de uso. La luz era brillante y aspera y mantuve todo mi ser concentrado en dar la impresion de ser mayor de mi verdadera edad y en expresarme como tal.
– Soy el Sigiloso -anadi-. Trabajo en la brigada de Robos en el Valle, y he recibido buenos informes de ti. - Con la pistola apuntando al suelo, vacie el contenido de los bolsillos de la cazadora sobre uno de los taburetes. Cosmo solto un silbido ante la acumulacion de joyas, relojes y tarjetas de credito. La S. S. hacia gestos de «se audaz» y, con un suspiro, me limite a decir-: Propon una cantidad, no tengo toda la noche.
Cosmo acaricio los dos Rolex, hurgo entre las joyas y levanto varias piedras rojas para observarlas a la luz.
– Quinientos dolares -dijo.
Senti otro subidon de la marihuana.
– Billetes, no hierba. -Los gestos de la Sombra Sigilosa para que me mostrara atrevido se hicieron mas enfaticos y anadi-: Seiscientos.
Cosmo saco un fajo de billetes del bolsillo, conto seis de cien dolares y me los entrego. Despues, senalo una puerta trasera. Me guarde la pistola en el bolsillo, hice una reverencia y me marche como un gran actor que abandonara el escenario despues de salir a saludar tras una actuacion memorable. Habia conquistado el sexo y habia conseguido la invisibilidad psiquica en un mismo dia. Era inexpugnable; era de oro.
9
Mirar.
Robar.
Mirar y robar.
Pase veinticuatro horas febriles tratando de reconciliar la logistica dual. ?Casas de parejas recien casadas? No, demasiado arriesgado.
?Vigilancia a mujeres jovenes y atractivas con amigos que se quedaban a dormir? No. Demasiado azaroso. Por fin, se me ocurrio una idea. Cruce el vestibulo y llame a la puerta del tio Walt Borchard.
– ?Amigo o enemigo?-grito el tio Walt.
– ?Enemigo! -respondi.
– ?Entra, enemigo!
Abri la puerta. El tio Walt estaba sentado en el sofa de la sala, engullendo su habitual cena a base de pizza y cerveza, con un papel de periodico en el suelo para recoger el queso fundido.
– Necesito… Necesito hablar -anuncie con fingida sumision.
– Parece algo serio. Sientate y coge un trozo.
Me acomode en una silla delante de el y rechace la pizza que me ofrecia.
– ?Has trabajado alguna vez en la brigada Antivicio?-inquiri.
Borchard masticaba y se reia a la vez, la hazana mas compleja que era capaz de hacer.
– Eso suena a problema grave -dijo al tiempo que tragaba-. ?Estas bien, Marty?
– Si. Claro. ?Has trabajado alli o no?
– No. ?Te has metido en algun lio, chico?
– No. La brigada Antivicio arresta prostitutas, ?verdad?
– Si.
– ?Y chicas de compania? Ya sabes, prostitutas de esas guapisimas; no putas vulgares y baratas, sino chicas hermosas, chicas que tienen su propio apartamento para llevar a los hombres y que no sea tan cutre como ir a un motel.
Borchard se rio tan fuerte que escupio una anchoa y esta cayo sobre la mesita de cafe que tenia delante. Se la llevo a la boca de nuevo, volvio a masticarla y pregunto:
– Marty, ?quieres acostarte con una mujer?
– Si -respondi, bajando la mirada.
– Mira, muchacho, estamos en 1968. Ahora las chicas lo hacen gratis como no habia ocurrido nunca antes.
– Lo se, pero…
– ?Has probado con Patty, la vecina de abajo? Se abre de piernas tan a menudo que tendran que enterrarla en un ataud en forma de Y.
– Es fea y tiene granos.
– Pues ponle una bolsa de papel en la cabeza y comprale un tubo de Clearasil.
Me obligue a soltar unas lagrimas de cocodrilo y el tio Walt dijo:
– Oh, mierda, muchacho. Lo siento. Eres virgen, ?verdad? ?No lo has hecho nunca y buscas un chocho bonito para tu primer polvo?
– Si -respondi, secandome la nariz.
El tio Walt se puso en pie, me alboroto el pelo y entro en su dormitorio. Regreso al cabo de un momento y me puso un billete de cien dolares en la mano.
– No digas que nunca te he dado nada y no digas que nunca transgredi las reglas por un colega.
Me guarde el dinero en el bolsillo de la camisa.
– Jo, tio Walt, muchas gracias.
– Ha sido un placer. Ahora, escucha con atencion y dentro de una hora, mas o menos, te habran desvirgado. ?Me oyes?
– Si.
– Bien. Aqui va una asombrosa informacion: el DPLA, del que soy miembro, permite que en la zona de Hollywood se ejerza una cierta prostitucion. ?No te resulta chocante? Bien, pues hay una parte del Boulevard, justo al oeste de La Brea, llena de pisos de chicas de compania. Las chicas van a los bares de los mejores hoteles, como el Cine-Grill del Roosevelt, la terraza del Yamashiro, el Gin Mill del Knickerbocker, etcetera. Las chicas se sientan en la barra, beben cocteles, miran a los hombres solos y no es necesario ser un genio para adivinar como se ganan la vida. Su procedimiento habitual consiste en decir una cifra y sugerir que vayais a su casa. El precio normal son cien dolares por toda la noche, que es justo lo que acabo de poner en tu mano calenturienta. Ahora bien, como todavia no tienes edad para consumir alcohol legalmente, comportate con frialdad cuando el camarero te pregunte que quieres tomar. Se caballeroso con la dama de tu eleccion, dile que cien pavos es lo maximo que vas a pagar y follatela hasta que no puedas mas.
Me puse en pie. El tio Walt me dio un golpe debajo de la barbilla y se rio.
– Alguna jovencita va a quemar mas goma que la autopista de San Bernardino. Y ahora, largo de aqui. Se me