enfria la pizza.

Al cabo de una hora no me estaban desvirgando. Me encontraba sentado en el bar Cine-Grill del hotel Roosevelt, en Hollywood, observando a una mujer que lucia un ajustado vestido negro de lentejuelas y que hablaba con un hombre que fingia espontaneidad y que llevaba un traje de verano con las consabidas insignias del asistente a una convencion. La mujer era una pelirroja tenida, pero bonita; el hombre tenia un aspecto fuerte y musculoso. Di un sorbo a mi whisky con soda y mantuve la calma imaginando que eran la Sombra Sigilosa y Lucretia, relajandose despues de una larga jornada de acechar a sus victimas. Casi los sentia a los dos en la cama.

Salieron del bar repentinamente. Cuando se pusieron en pie para marcharse, adverti que estaba proyectando peliculas mentales y que los habia perdido de vista en la realidad fisica. Conte hasta diez y los segui.

Vi que tomaban un taxi delante del hotel y corri hacia mi coche. Fue facil seguir al taxi, pues habia trafico denso en el Boulevard, de manera que en el cruce con La Brea se quedaron clavados sin poder avanzar. Yo iba justo detras y saque los guantes y la palanca de debajo del asiento. Cuando el semaforo se puso verde, sonrei. El taxi se acercaba a la acera. El bloque de pisos de las chicas de compania del tio Walt habia resultado una revelacion.

La pareja se apeo del taxi. Yo aparque a dos coches de distancia y los vi entrar en un gran edificio de apartamentos de color rosa que imitaba las casas de las plantaciones surenas. La mujer no utilizo llave para abrir la puerta principal, por lo que yo tambien podria acceder al interior. Me apee, espere diez segundos y eche a correr, refrenando la marcha mientras abria la puerta que daba a un largo vestibulo alfombrado de rosa. La pareja entro en un apartamento del extremo izquierdo del vestibulo.

Inspeccione los buzones y adopte la actitud de un joven moderno que vivia en una extravagante plantacion rosa de Hollywood Boulevard. Resulto facil, y fingir aquella despreocupacion suprema me hizo sentir descarado. En el vestibulo no habia nadie, pero desde el interior de cada apartamento atronaba un surtido de ruidos de television y tocadiscos, por lo que el nivel general de estruendo era considerable. Camine hacia mi objetivo, estudiando todas las puertas al pasar. Los cerrojos no estaban reforzados y habia como minimo un espacio de quince milimetros entre la puerta y el marco. Si la furcia no habia puesto la cadena, podria entrar.

Al llegar a la puerta que me interesaba, escuche, esperando oir los deleites precoitales, pero lo unico que capte al otro lado fue silencio. Eche un vistazo rapido al vestibulo, me puse los guantes, inserte el lado de la ganzua de mi herramienta y tantee el cerrojo. Note que los resortes individuales iban cediendo uno por uno y, cuando el tercero salto con un clic, abri la puerta menos de un centimetro, lo cual me basto para ver una sala de estar con una pequena cocina a oscuras. Sacudi la cabeza para mantener alejadas las peliculas mentales y entre; luego, haciendo girar el pomo, cerre la puerta sin hacer el menor ruido.

Unas voces, y no los sonidos de la pasion, me atrajeron hacia el dormitorio, y lo que capte a traves de la rendija de la puerta fueron vislumbres de cuerpos imperfectos. Cuando acerque el ojo a mi visor de dos centimetros, me descorazone. El era fofo y ella tenia tatuajes en los hombros y en los muslos. Era obvio que se habia tenido el vello pubico del mismo color que los cabellos y el no se habia quitado los calcetines. Intente convertirlos en la Sombra Sigilosa y en Lucretia, pero la camara de mi cerebro se negaba a enfocar, y sus voces eran tan desagradables que comprendi que su copula seria nefasta y que yo no podria unirme a ellos.

– … no es la primera vez que visito este edificio -decia el hombre-. Estuve en 1964, cuando vine a L. A. para la convencion de la Asociacion del Alce.

– Aqui trabajan muchas chicas -comento la prostituta-. Algunas las controlo yo. ?Quieres que empecemos?

– No tan deprisa. ?Eres una madama?

– Mas bien una hermana mayor y una confidente -suspiro la puta-, una terapeuta, en realidad. Les concierto citas y me quedo una comision, pero me gusta ser una amiga, la hermana mayor que sabe de que va el asunto.

– ?Que quieres decir?

– Bueno, una vez a la semana me reuno con las chicas que conozco que trabajan en esto y hablamos de los clientes y nos hacemos confidencias y… ya sabes.

El hombre solto una risita.

– ?Y nunca lo has hecho con otra chica?-inquirio.

– Vaya. Bueno, creo que voy a necesitar un trago para esto. ?Quieres uno tu tambien? Tal vez tranquilizara…

Imagine lo que estaba a punto de ocurrir y me dirigi a la puerta. Cuando tenia la mano en el tirador, vi un bolso en una silla, a pocos metros de distancia. Lo cogi y consegui desvincularme del apartamento en el preciso momento en que se abria la puerta del dormitorio. Luego corri.

En el bolso habia nueve dolares y cuarenta y tres centavos, ademas de una informacion sexual que me impulso durante mas de un ano a mirar, albergar esperanzas, merodear y, a veces, a robar. El dinero, por supuesto, carecia de relevancia. Lo que me mantuvo ocupado fue el cuaderno de notas de la furcia.

Se trataba de una improvisada agenda de clientes, sus numeros de telefono, las fechas de las citas ya concertadas y una lista de las otras chicas que la «confidente-terapeuta», Carol Ginzburg, «controlaba», junto con los numeros y los telefonos de los puteros y notas sobre si la «cita» tendria lugar en un motel, en el piso del cliente o en el apartamento de la propia muchacha. En resumen, aquello era una fuente de informacion extraordinaria sobre posibles sitios donde mirar y robar y, en el caso de las «citas» ya concertadas, me brindaba la posibilidad de hacer incursiones de reconocimiento del terreno antes de que se produjera el encuentro.

Con la determinacion de la Sombra Sigilosa, me dispuse a escribir mi propio cuaderno de notas. Primero, utilice las Paginas Blancas normales de L. A. y la guia policial «inversa» de numeros de Walt Borchard. Compile una lista de las direcciones que correspondian a los numeros de telefono y luego, un fin de semana en que el tio Walt salio de la ciudad en una excursion de pesca, simule un robo con escalo en el garaje trasero y le robe el resto de herramientas de ratero, el cortacesped y un monton de numeros del National Geographic que, supuestamente, tenian cierto valor. El cortacesped y las revistas los tire al embalse de Silverlake. Las herramientas las envolvi en hule y las meti en un tronco de arbol hueco a dos manzanas de distancia.

A continuacion, realice una serie de misiones de reconocimiento.

Carol Ginzburg y «sus chicas» se encontraban cada domingo para tomar el brunch en el cafe Carolina Pines, de la esquina de Sunset con La Brea, y en su cuaderno de notas lo calificaba de «charla de chicas». Escuche furtivamente tres de sus sesiones y estudie a las muchachas. Elimine a «Rita» «Suzette» y «Starr» porque eran unas busconas estupidas y aprobe a «Danielle», «Lauri» y «Barb», considerandolas aceptables para constituir un tercio de la fusion del trio. Lauri era muy atractiva, alta y majestuosa, con el cabello rubio miel y acento escandinavo. Decidi que, en primer lugar, la seguiria en sus salidas a domicilio, cartografiaria el territorio y puliria mis habilidades de ratero.

Lo hice todo de una manera muy metodica. Lauri tenia una cita en Coldwater Canyon cada tres miercoles. Al inspeccionar la casa, esta me parecio inexpugnable, con una alarma conectada a la comisaria de policia, y la tache de la lista. Tambien tenia una cita mensual los lunes en una de las zonas menos elegantes de Beverly Hills; las ventanas eran pan comido y junto a las alcobas habia abundantes setos que ofrecian un lugar perfecto para esconderse. Aquel seria el «golpe» numero uno, el 7 de agosto de 1968.

Y asi segui con el resto de la lista. Primero, las citas de Lauri, despues las de Barb y, por ultimo, las de Danielle. Las tres chicas vivian en la plantacion rosa de Carol Ginzburg, por lo que no seria conveniente actuar cuando recibiesen en su casa, ya que no podia correr el riesgo de repetir robos en el mismo edificio. Ademas, algunos de los pisos de los clientes estaban muy a la vista y protegidos contra ladrones, asi que tuve que eliminarlos. Al final, me quede con una lista de diecinueve «probables», todos previamente inspeccionados y marcados en el calendario; unos robos en citas de amantes que, si todo salia bien, me durarian hasta enero de 1970. Por otra parte, yo contaba con un dispositivo a prueba de fallos. Si la policia era alertada de una serie de robos en lugares donde trabajaban las putas, yo me contaria entre los primeros en saberlo.

De dia, mientras esperaba que llegara el siete de agosto, mi vida transcurria como siempre: trabajaba en la biblioteca, pasaba peliculas mentales y anhelaba la invisibilidad psiquica. En cambio; de noche, trabajaba en mi escondrijo, un cobertizo de mantenimiento abandonado que habia descubierto en lo mas hondo de los bosques de Griffith Park. Al resplandor de una lampara de arco alimentada con pilas, me familiarice con el tacto de las seis

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