accesible desde el rellano de la escalera de incendios. Comprobe si habia algun posible testigo, no vi a nadie, y arrastre un cubo de la basura vacio hasta situarlo inmediatamente debajo de la escalera de incendios. Domine un ataque de miedo que me hizo castanetear los dientes, me subi al cubo y me encarame al ultimo tramo de peldanos.

Hacia una noche clara, pero sin luna. Me puse los guantes y me obligue a subir de puntillas, como la Sombra Sigilosa cuando se acercaba a una victima. Al llegar al descansillo del quinto piso, atisbe hacia abajo; tampoco esta vez vi a nadie y probe la puerta de incendios. Estaba abierta y daba a un largo pasillo deteriorado. Era la ruta de acceso mas segura… si no tenia dificultades para abrir la puerta de mi objetivo. En cambio, la ventana, con un metro de vacio y veinte de caida entre ella y yo, parecia mas poderosa y siniestra.

Con la pierna derecha extendida al maximo, intente levantar el cristal con el pie. La ventana se resistia pero, cuando consegui un punto de apoyo, logre abrirla por completo. Me agache y, bien agarrado, alargue la pierna de nuevo hasta colarla por el hueco oscuro; despues, antes de que me atenazara el panico, salte del descansillo impulsandome con el otro pie, me agarre con ambas manos al marco de madera de la ventana y efectue una entrada silenciosa y perfecta.

Me encontraba en una modesta sala de estar. Cuando mis ojos se acostumbraron a la oscuridad, distingui un sofa y unos sillones desparejados, unas estanterias hechas con ladrillos y unos tableros llenas de libros de bolsillo, y un pasillo que se abria a la derecha, directamente delante de mi. Del otro extremo llegaba un extrano sonido y me estremeci al pensar que pudiera haber un perro guardian. Saque el cincel, avance por el pasillo hasta una puerta entreabierta de la que salia luz de velas y, de inmediato, supe que aquellos ruidos eran los de una pareja al hacer el amor.

Un hombre y una mujer yacian en la cama, entrelazados. Estaban banados en sudor y se agitaban como serpientes, con movimientos a contrapunto: el, embistiendo implacablemente, arriba y abajo, adentro y afuera; ella, medio de lado, empujando hacia arriba con las piernas entrelazadas detras de la espalda de su pareja. Encima de una estanteria, la llama de una vela se movia al ritmo de la ligera brisa que entraba por una ventana abierta y banaba la habitacion en penumbra, con largos bamboleos de luz en una danza de llamas que terminaba en el punto donde se unian los amantes.

Los gemidos subieron de tono, remitieron y se convirtieron en jadeos medio verbales. Observe que la luz de la vela iluminaba al hombre mientras penetraba a su pareja. Cada parpadeo hacia mas hermoso y mas explicito el punto de union. Paralizado, sin pensar en el riesgo que corria, me quede mirando. No se cuanto tiempo estuve alli pero, al cabo de un rato, empece a saber cual seria el siguiente movimiento de los amantes y pronto empece a moverme con ellos, en silencio, desde una distancia que parecia vasta pero intima. Sus caderas se alzaban y caian; las mias tambien, en perfecta sincronia, rozando un espacio vacio que parecia bullir de cosas que crecian. Pronto, los gemidos de la pareja se intensificaron al unisono, se aceleraron, hasta que parecio que nunca volverian a calmarse. Me sorprendi a mi mismo a punto de gemir con ellos, pero la Sombra Sigilosa me mando una advertencia profesional y me mordi la lengua. En aquel momento, todo mi ser se disparo como un cohete en mi entrepierna y los amantes y yo nos corrimos a la vez.

Ellos se dejaron caer en la cama, jadeando, ferozmente agarrados el uno al otro; yo me apoye en la pared para contener las ondas de choque residuales de mi explosion. Aprete la espalda mas y mas fuerte, hasta que pense que me partiria el espinazo; entonces, oi unos cuchicheos y una voz de una radio lleno el dormitorio. Un locutor anunciaba con tono sombrio que Robert Kennedy habia muerto. La mujer empezo a sollozar y el hombre susurro:

– Vamos, vamos. Sabiamos que iba a pasar.

Las ultimas tres palabras me sobresaltaron y retrocedi por el pasillo hasta la sala. Vi unos pantalones de pana tirados en un sillon y un bolso en el suelo, al lado. Pendiente del resplandor de la luz de la vela que escapaba del dormitorio, saque una cartera del bolsillo trasero de los pantalones y un monedero del bolso abierto. Despues, sali por la puerta antes de que el hermoso iman de la vela pudiera atraerme de nuevo hacia los amantes.

En el coche, antes siquiera de animarme a examinar el botin, tuve un terrible momento de revelacion. Supe que tendria que hacer aquello una y otra vez y, a menos que mis beneficios criminales hicieran que mereciese la pena el riesgo, moriria de sumision a aquella ansia. Pense en las joyas y tarjetas de credito que escondia en el armario de mi casa y en los nombres y lugares favoritos de los peristas que Walt Borchard habia mencionado en sus numerosos monologos cerveceros. Fui a casa, recogi el botin y sali a anadir otra muesca a mi profesionalidad. Por el camino, me senti saciado; suavemente calmado, pero lleno de determinacion. Amoroso.

La calma dio paso a la aprension mientras aparcaba en Cahuenga y Franklin, a media manzana del Omnibus, el infame O.B.'s, el local que Walt Borchard habia llamado «un saco de pus incluso para lo que se lleva en Hollywood, un verdadero carnaval de los bajos fondos: peristas, moteros, putas, camellos, yonquis y maricones». Antes siquiera de llegar a la puerta, vi confirmada su apreciacion. Delante del edificio, un bloque bajo de cemento, habia media docena de motos aparcadas en la acera y un grupo de tipos de aspecto peligroso con chaquetas de cuero que se pasaban una botella de whisky. Cuando empuje las puertas batientes, vi que el interior era un gran muestrario de cosas que no habia visto nunca.

Al fondo del gran local cargado de humo, habia un escenario. En el, unos negros descamisados tocaban congas y, detras de ellos, un blanco movia un foco de colores en direccion a la pista de baile, en forma de herradura. Una fila de jovenes, chicos y chicas, hacia cola en la periferia de la masa giratoria de bailarines y, cada pocos segundos, uno de ellos se dirigia a una puerta que alcance a distinguir en la parte trasera del escenario.

Mientras me adentraba en aquel torbellino del hampa, acaricie el botin que llevaba en los bolsillos de la cazadora para que me diera valor y suerte. Me sume a la fila de hippies y observe con mas detalle la pista. Hombres bailaban con hombres y mujeres con mujeres. Me llego un olor intenso, almizclado, y deduje que seria marihuana. Enseguida note un codazo en el costado y me encontre un porro delante de la cara.

– Fuma -me dijo una pelirroja de melena larga y enredada-. Es Acapulco Gold. Volaras.

Pense en la Sombra Sigilosa y la invisibilidad psiquica y respondi:

– No, gracias. No me va el rollo.

La chica entrecerro los ojos e hizo una calada.

– ?Eres un estupa?

– No. He venido por negocios.

– ?Comprar o vender?

– Vender.

– Estupendo. ?Hierba? ?Anfetas? ?Acido?

La S. S. me susurraba al oido: «Donde fueres, haz…» Impulsivamente, dije: «Una calada», y cogi el porro. Me lo lleve a los labios y aspire profundamente. El humo ardia, pero lo retuve hasta que note como si un atizador al rojo me quemase los pulmones. Por fin, solte el humo y respondi, jadeante:

– Joyas, relojes, tarjetas de credito.

La chica dio otra calada y se presento:

– Me llamo Lovechild. ?Eres un criminal o algo asi?

Me devolvio el porro y, cuando aspire el humo, vi a la Sombra Sigilosa y a Lucretia marcandose un lento en la pista. Los demas bailarines topaban con ellos y Lucretia amagaba con morderles el cuello hasta que se retiraban. Al cabo de unos segundos, los danzantes estaban de rodillas, mientras que la S. S. y Lucretia aparecian desnudos y enredados en un amasijo de brazos y piernas, como serpientes. Di otra calada y oi la musica procedente del escenario: «?Me voy a colocar y al cielo voy a volar! ?Un poco de polvo blanco en un muslo de bruma purpura! ?No me preguntes por que!»

Lovechild se arrimo a mi y protesto, haciendo pucheros:

– ?No te apalanques el porro, pasalo! ?Es costo caro!

Todavia con los ojos puestos en la Sombra Sigilosa y Lucretia, meti la mano en el bolsillo derecho de la cazadora y busque un Rolex de mujer para tranquilizarla. Mis dedos se cerraron en torno a algo metalico y saque lo que agarraba. Al momento, alguien grito:

– ?Tiene un arma!

La fila de hippies se disgrego y la Sombra Sigilosa y Lucretia se desvanecieron. 01 el cuchicheo repetido, «un pasma, un pasma». La realidad se impuso y obligue a mi cerebro, atontado por la marihuana, a recordar el nombre del «perista principal» que, segun Walt Borchard, trabajaba en el O.B.'s. Apunte con mi 38 descargada a

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