ganzuas del juego de herramientas y aprendi como cedia imperceptiblemente la cerradura cuando las insertaba y las movia en su interior. Compre docenas de cerrojos nuevos de acero mate de varias marcas en las ferreterias y aprendi a neutralizarlos. Practique con la ventosa en ventanas y corri por las oscuras colinas del parque para mantenerme en forma, por si tenia que salir por piernas de alguna de las casas de las citas. Llegue a creer que mi primer ano de ratero habia sido una mezcla increible de azar, alarde imprudente y la suerte del principiante. Antes habia sido un viajero infantil. Aspiraba a convertirme un artesano consumado.

7 de agosto de 1968

La anotacion en la libreta de citas de Carol Ginzburg decia las nueve de la noche, por lo que me puse en marcha hacia Beverly Hills a las siete y media, por si al final se hacia necesario un replanteamiento de ultima hora. La noche era calurosa y sofocante, bochornosa. Aparque en un espacio de pago de Wilshire, a tres manzanas de mi objetivo, y camine hasta alli adoptando el paso despreocupado de quien tiene todo el tiempo del mundo y nada que temer. En Charleville con Le Doux vi la casa del senor Murray Stanton, iluminada como un arbol de Navidad de pura expectacion ante una noche caliente con Lauri. Al pasar por la acera junto a la calzada de acceso, oi zumbar a todo trapo el aparato de aire acondicionado montado en la ventana. Me acerque con disimulo y corte el cable en el punto donde salia de la ventana y entraba en el aparato. Me agache y admire mi trabajo. El cable estaba deshilachado y la rotura parecia natural. Entre en el patio trasero y me acurruque a esperar detras de un rosal.

A las ocho y veinte, oi una voz masculina que farfullaba: «Mierda»; al cabo de unos segundos, se abrieron unas ventanas en ambos lados de la casa y vislumbre la silueta de Murray Stanton. De lejos, podia pasar por la Sombra Sigilosa.

A las nueve en punto sono la campanilla de la puerta principal. Me puse los guantes, cerre los ojos, pase peliculas mentales y conte hasta quinientos, todo ello simultaneamente. Entonces me acerque a la ventana mas distante del dormitorio, me impulse apoyandome en el alfeizar y me cole en la casa a oscuras.

Unos gritos de extasis me dirigieron hacia la puerta de la alcoba. Vi que estaba cerrada, pero no con llave, y que salia luz por debajo. Me figure que los amantes tendrian los ojos cerrados y abri la puerta un par de centimetros, empujandola con el pie.

Murray Stanton estaba encima de Lauri, taladrandola, y la plaga de acne enquistado de su espalda era un insulto para la Sombra Sigilosa. Lauri, alta, rubia y majestuosa por lo que se veia de su cuerpo, examinaba una fotografia enmarcada que habia cogido de la mesita de noche y tenia la otra mano apoyada en el hombro cubierto de granos de Stanton, con los dedos separados como si temiera que las pustulas fuesen contagiosas. La que gemia era ella, y resulto que era muy mala actriz; el momento culminante de su actuacion fue cuando dejo la foto para rascarse la nariz. Era tan guapa que podia ser Lucretia, pero me recordaba a otra persona, a alguien fuerte y nordico enterrado en un profundo compartimento de la boveda de mi memoria.

Continue mirando sin excitarme. Al cabo de un rato, Lauri dejo de gritar y se mordio las unas de las dos manos. Los movimientos de Stanton se volvieron mas freneticos y, jadeante, el tio farfullo: «?Voy a correrme! Di: '?Que grande la tienes! ?Es tan grande que me hace dano! '»

Lauri pronuncio las palabras, procurando contener una risita. Cualquiera, excepto una suerte de cerdo lleno de acne en el momento de llegar al orgasmo, habria notado el tono satirico de su voz. Regrese a la sala y la Sombra Sigilosa, que caminaba a mi lado, me dijo: «Roba, roba, roba.»

Ya en la sala, obedeci. Me disponia a coger una cartera que habia encima de una mesita de cafe cuando recibi un mensaje mental impreso con sorprendente claridad: «No, mejor no la robes, porque el cerdo del acne echara la culpa a Lauri y entonces nunca averiguaras quien es ella.»

El mensaje era tan poderoso que obedeci por reflejo pero, cuando ya me acercaba a la ventana, me guarde en el bolsillo una diminuta fotografia enmarcada de tres ninos risuenos.

Mirar.

Robar.

Mirar y robar.

Estas dos ocupaciones gemelas dominaron mis horas de vigilia durante el siguiente ano, mientras que las pesadillas ocuparon mis suenos. Habia esperado que el hombre-mujer-yo seria mi trinidad, pero no fue asi. Era una triada compuesta de: mirar sexo mecanico motivado por la codicia y la desesperacion, robar por la supervivencia emocional y porque era la razon para mirar, y sonar para tratar de desentranar el misterio de Lauri. Que mis suenos se convirtieran inevitablemente en pesadillas fue lo peor.

El nombre autentico de Lauri era Laurel Hahnerdahl y, haciendome pasar por un agente de policia al telefono, supe que habia nacido en Copenhague, Dinamarca, en 1943, y que habia llegado a America en 1966. Su profesion declarada era «modelo», no tenia familiares en Estados Unidos y no poseia antecedentes delictivos. Eso fue todo lo que el DPLA y el Departamento de Vehiculos a Motor pudieron darme.

Era practicamente imposible que nos hubieramos conocido, pero yo la sentia simbioticamente familiar. Recorri su apartamento dos veces y no encontre nada que despertara mis recuerdos. Observe cuatro de sus citas, sin robar, y ni siquiera asi logre descifrar el misterio. Sonaba con ella constantemente y siempre era lo mismo: la miraba mientras hacia el amor con un tipo que se parecia a la Sombra Sigilosa y se me nublaba la vision y me acercaba solo para convertirme en un objeto inanimado sin voz, sin piernas, sin brazos y ciego. Lo unico que podia hacer era escuchar y entonces oia truenos, truenos que estallaban acallando miles de voces ininteligibles que trataban de decirme que significaba Lauri. La pesadilla siempre terminaba al llegar a aquel punto, tras el cual me despertaba con una ereccion y banado en sudor.

Lauri regreso a Dinamarca en abril de 1969 y Carol Ginzburg dio un brunch en su honor para celebrar su regreso a la tierra natal. La idea de verla marchar me destrozaba y estaba enojado conmigo mismo por no haber averiguado quien era. Sin embargo, cuando se marcho, mis pesadillas remitieron y pude apartar de mi mente el enigma que esa chica representaba.

Asi que segui mirando y robando, hasta que la esperanza de volver a sentir lo mismo que el 5 de junio de 1968 murio de un exceso de sesiones turgentes de cama, de una superabundancia de expresiones pateticas de soledad. Frente a la desilusion que me habia llevado mirando, robar me proporciono una nueva ilusion, asi que di once golpes seguidos. Le vendi todo el material a Cosmo Veitch y me deleite en el hecho de que Cosmo, si bien finalmente habia descubierto que yo no era policia, me temia de veras. Desde finales del verano de 1968 hasta la mitad del verano de 1969 me pago un total de siete mil doscientos dolares por los objetos que yo habia robado, suma que guarde en una caja de seguridad de un banco de La Brea para cuando dejara de trabajar en la biblioteca y me marchara del edificio de mala muerte de Walt Borchard.

Sin embargo, en agosto de 1969 ocurrio una serie de acontecimientos que, por su coincidencia en el tiempo, me obligaron a hacer un alto temporal en mi carrera delictiva. Sharon Tate y otras cuatro personas fueron acuchilladas en su casa de Benedict Canyon, un hecho que, sumado a los acuchillamientos similares del matrimonio La Bianca, ocurridos en el barrio de Los Feliz, en el otro extremo de la ciudad, desato el panico y provoco un auge de todo tipo de aparatos y servicios de seguridad. Los angelinos compraban pistolas y perros de vigilancia y se atrincheraban en contra de unos asesinos concretos que seguian sueltos y en contra de los anos sesenta en general. Robar en las casas se convirtio en un negocio arriesgado.

Por otra parte, Carol Ginzburg acabo sumando dos y dos y relaciono los robos en los pisos de los clientes con la desaparicion de su agenda. En el brunch dominical del restaurante, la oi decir: «Coincidencia, coincidencia…; algo raro esta pasando.» Explico su teoria de un ladron muy frio que, por precaucion, solo actuaba de una manera intermitente, y anadio que iba a contratar a un detective privado para que investigara que sucedia. Carol siguio hablando; yo pague la cuenta y sali del local.

Sin el mirar y el robar, lo unico que quedaba de mi trinidad eran las pesadillas. Aunque Lauri se habia marchado, regresaron. Eran susurros que me tentaban entre el estruendo de los truenos. No sabia que decian pero, cuando despertaba, notaba el sabor de la sangre.

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Sin extremidades que me impulsaran ni vista que me guiara, mis suenos se convirtieron en excursiones a la

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