reclusos, asi como del nivel de ruido en el aire que respiraba. Y tambien supe que, con la Sombra Sigilosa a mi lado, mi autocontencion dentro de la contencion seria impenetrable.
Espere cuatro dias a que me declarasen preso de confianza y entretanto aprendi la nomenclatura carcelaria y perfeccione mis habilidades de simulacion. Pase todo el tiempo en la celda, durmiendo y escuchando los relatos hiperbolizados de proezas criminales y sexuales, conversaciones en las que solo participaba cuando me preguntaban directamente. Empece a notar que el aburrimiento superaba a la violencia como factor destacado en la vida carcelaria y que mi mayor peligro personal consistiria en la eventualidad de reirme en voz alta de las historias ridiculas que los demas contaban sin inmutarse.
Asi, cuando Gonzalez, el mexicano gordo al que le habia quitado la litera, empezo una conversacion con su habitual «Hablamos de chocho de primera, tio», me mordi las mejillas hasta que las risas callaron; cuando Willie Grover, alias Willie Muhammed 3X, solto su habitual «?Mierda! Si hablas de chochos es que hablas mi idioma. He metido mi polla de veinticinco centimetros en mas felpudos de los que tu hayas visto en tu vida», aplaste los dedos contra la pared de la celda para acallar las carcajadas. Los otros reclusos, dos blancos llamados Ruley y Stinson y un mexicano, Martinez, largaban tanto como Gonzalez y Grover, por lo que pronto supe que temas sexuales y criminales los inducirian a hablar.
Asi, los primeros dias de mi condena se convirtieron en un cursillo acelerado sobre como relacionarme en cautividad. Cuando me preguntaron que «marron» me habia comido, respondi: «Robo con escalo. Desvalijaba pisos en Hollywood Oeste.» Cuando me preguntaron por la mano, que aun tenia hinchada de haber intentado salir de mis pesadillas excavando la pared con ella, respondi: «Machaque a un tipo que me pesco en su cueva.» Todos asintieron y aquello me animo. Las miradas evaluadoras que recorrian mi cuerpo recien musculado me dijeron que ninguno de mis compinches de celda se arriesgaria a mostrar incredulidad. Mi verosimilitud criminal se sostenia.
Y mientras estaba tumbado en el camastro, fingiendo leer numeros atrasados de
Mi ano de condena se llamaba «una bala»; el argot del comedor para la hamburguesa, los perritos calientes y la gelatina del desayuno era, respectivamente, «trenaburger», «polla de perro» y «muerte roja». Los reclusos que esperaban condena y clasificacion eramos los «azules», en referencia al color del uniforme que llevabamos; un informante era un «chotas»; un homosexual era un «bujarron» y los ayudantes del sheriff que hacian de carceleros eran los «boqueras».
Si un preso te ofrecia dulces o cigarrillos, tenias que rechazarlos inmediatamente porque lo que queria era «romperte el culo».
Si un maricon te hacia una insinuacion sexual, tenias que «abuchearlo a gritos» aun cuando los «boqueras» estuvieran alli, porque «si no lo ponias marcando», te colgarian la etiqueta de «sarasa» y «te atacarian» todos los «bujarrones pasados de vueltas» ansiosos de «porculizarte».
Llama a los «boqueras» senor tal o funcionario cual, pero nunca inicies conversaciones con ellos sobre asuntos que no tengan que ver con tu «estatus de preso de confianza» y con el «curro honrado».
No te hagas amigo de los negros o te consideraran un «amparanegros» y seras objeto de ataque por parte de los «natas» (blancos), «los frijoleros» (mexicanos) y el «consejo de guerra» (blancos y mexicanos que se unian en caso de emergencia para formar un frente comun contra los negros).
Y siempre, siempre, «se un tempano» y «no aflojes».
Durante mi tercer dia en la celda, recibi una carta del tio Walt Borchard. Las manos me temblaban al leerla.
16/10/69
Querido Marty:
Supongo que tu detencion significa el final. No fui a verte a la subcomisaria de Los Angeles Oeste porque el agente que llamo para decirme donde estabas tambien me comunico que te habian encontrado una herramienta de ratero, y yo no me chupo el dedo, se sumar dos y dos. Fui yo quien intervino para que no te acusaran de abusos sexuales porque ningun chico de veintiun anos tiene por que ir por la vida como delincuente sexual a menos que haya hecho dano a alguien, lo cual, al parecer, tu no hiciste, salvo a mi.
Podrias haber hablado conmigo, ?sabes? Muchos chicos roban unas cuantas cosas, es como una fase. Pero tu me sonsacaste informacion sobre los asaltos a casas y me robaste a mi. Y eso pone fin a todo.
He limpiado tu habitacion y he almacenado tus cosas. He encontrado tus papeles del banco, los resguardos de los ingresos que has hecho y las llaves de la caja de seguridad. Lo guardare hasta que salgas. No se de donde has sacado el dinero y no me importa lo que haya en la caja. El sheriff de Los Angeles Oeste te ha requisado el coche; no merece la pena que intentes recuperarlo. Sera mejor que lo subasten. Cuando vengas a recoger tus trastos, ve directamente a casa de la senora Lewis, apartamento numero 6. No quiero volver a verte y ella tiene todo lo tuyo en un armario.
WALT BORCHARD
Al terminar, senti que se cerraba una puerta de acero cepillado sobre una gran parte de mi vida. Otra puerta se abria, esta adornada con los signos del dolar que yo ya habia dado por perdidos.
– Se te ve feliz, colega. ?Tu zorra ha conseguido hacerte llegar algo sexual sin que el censor lo haya visto?
– Mi tio ha espichado -respondi.
– ?Y eso te alegra?
– Me ha dejado seis de los grandes y otras cosillas.
– Muy bien, pero ?era pariente tuyo y te alegras?
Eche la carta a la letrina y tire de la cadena. Luego, torci el gesto en mi nuevo ademan de chusma blanca recien patentado.
– Era un bujarron y se ha llevado su merecido.
En mi cuarto dia en los «bloques», despues de la comida de la manana, me llego la voz del vigilante del modulo por el sistema de megafonia.
– Lopez, Johnson, Plunkett, Willkie y Flores, suban para la clasificacion.
Se abrio la puerta de la celda, que se deslizaba con un mecanismo electrico, y me reuni con los otros en el pasillo. Al cabo de un momento, aparecio un funcionario y nos condujo por una serie de corredores hasta un cuarto pequeno de paredes de cemento gris azulado. El unico adorno de la pared era una foto del sheriff Peter J. Pitchess, con el marco de plastico, y no habia ningun mueble.
Cuando el funcionario nos dejo alli encerrados y se marcho, mis compinches se lanzaron sobre la foto con unos lapices y pronto el sheriff del condado de Los Angeles tuvo esvasticas en los extremos del cuello de la camisa, tornillos a lo Frankenstein en el gaznate y un falo gigantesco en la boca. Los cuatro gritaron de contento al ver la obra de arte, y luego una voz amplificada electricamente anuncio: «Buenos dias, caballeros. Vamos a proceder a la clasificacion. Tienen sesenta segundos para limpiar al sheriff Pitchess y luego queremos que Plunkett, Flores, Johnson, Willkie y Lopez, en este orden, se situen ante la puerta interior.»
El ultimatum fue recibido con abucheos.
– ?Me estoy tirando a tu puta madre, so maricon!
– ?El sheriff Pete esta muy ocupado jugando con mi nabo!
– ?Las pollas al poder!
Me rei de aquel ritual bilateral y luego me acerque a la puerta interior y me plante ante ella. Dos reclusos frotaban la foto con panuelos humedecidos con saliva. En el preciso instante en que el sheriff recuperaba la castidad, la puerta se abrio de nuevo y un funcionario uniformado senalo una hilera de cubiculos.
– El ultimo -me indico.
Avance hacia alli por un pasillo de color pardusco con barras de musculacion de brazos empernadas a la pared.
En el ultimo cubiculo me esperaba un funcionario sentado tras un escritorio. Senalo la silla que tenia delante y, cuando me hube sentado, pregunto:
– ?Su nombre completo es Martin Michael Plunkett?