escondidos en un lugar dificil de encontrar y del que los podia volver a recuperar mas tarde, desde el callejon, si le era preciso. Respiro hondo y se dio la vuelta. Lo unico que queria hacer ahora era dormir.

49

Hendaya, Francia. Estacion de tren de la frontera francoespanola.

Jueves 16 de enero, 6:30 h

Estaba todavia oscuro cuando tres hombres y dos mujeres bajaron del tren cruzando por en medio del grupo de pasajeros que embarcaban. Se dirigieron hacia un Alfa Romeo sedan gris oscuro estacionado en el parking de la estacion. Iban vestidos con sencillez y hablaban en espanol; tenian todo el aspecto de ser espanoles de clase media a punto de entrar en Francia. Los dos primeros hombres eran mas mayores y llevaban las maletas de las mujeres ademas de las suyas propias. El tercero tenia unos veintidos anos, era delgado y aninado, y llevaba su propia maleta. Las mujeres eran su madre y su abuela. Los otros hombres eran guardaespaldas.

Al llegar al coche, uno de los guardaespaldas retrocedio para vigilar lo que estaba ocurriendo a su alrededor. El otro metio las maletas en el maletero. Al cabo de dos minutos el Alfa salia del parking. Cinco minutos mas y se encontraba acelerando por la autopista A63, alejandose de la frontera espanola hacia la localidad costera francesa de Biarritz, con los guardaespaldas sentados delante y las dos mujeres y el hombre mas joven detras.

Octavio, el hombre que conducia, de pelo oscuro y con una estrecha cicatriz en el labio inferior, ajusto el retrovisor. Unos doscientos metros detras de ellos vio un Saab negro de cuatro puertas que los seguia. Sabia que el Saab seguiria alli cuando salieran de la A63 en direccion este, y tambien cuando se pusieran en direccion norte y pasaran por Toulouse por la A20, direccion Paris. Dos coches, cuatro guardaespaldas que protegian a los tres que habian llegado tan discretamente desde Espana: la gran duquesa Catalina Mikhailovna de la familia imperial rusa Romanov en el exilio; su madre, la gran duquesa Maria Kurakina, viuda del gran duque Vladimir, un primo del zar Nicolas II; y su hijo de veintidos anos, el gran duque Sergei Petrovich Romanov, el hombre al que las casas reales de todo el mundo reconocian como el heredero legitimo del trono de Rusia, el cual, si la monarquia llegaba a restaurarse, se convertiria en el primer zar de Rusia desde que Nicolas Alexandrovich Romanov, Nicolas III, fuera asesinado con su esposa y sus cinco hijos el principio de la Revolucion rusa, en 1918.

La gran duquesa Catalina miro brevemente a su hijo y luego se volvio hacia atras, a mirar al Saab que los seguia y luego al oscuro paisaje exterior. En poco mas de doce horas estarian en Paris y en una reunion muy formal y muy secreta de la familia Romanov en una residencia privada de la avenue Georges V. La reunion habia sido convocada por uno de los mas altos enviados de la Iglesia ortodoxa rusa, que les pedia que la familia designara al legitimo sucesor a la corona y era, a todos los efectos, una senal clara de que Rusia estaba preparada, de alguna manera, para restablecer la monarquia, lo mas probable como una monarquia constitucional en la que el zar seria poco mas que una figura decorativa. Con todo, era un dia por el cual la familia Romanov habia suspirado al unisono -y habia luchado para que llegara, a menudo con desesperacion y rabia, apartando a un pretendiente al trono tras otro- durante cerca de un siglo. Con aquella reunion, todos lo sabian, llegaba la batalla final, la eleccion del sucesor sobre el cual toda la familia deberia estar de acuerdo: el Romanov que era el autentico sucesor de acuerdo con las leyes fundamentales del trono ruso, que establecian que el trono debe pasar del ultimo emperador a su hijo mayor, y del hijo mayor al nieto mayor, y asi, de generacion en generacion.

En el largo y bizantino linaje de familias divididas y de ramas familiares, la gran duquesa Catalina estaba segura de que solo habia un autentico heredero, y este era su hijo, el gran duque Sergei Petrovich Romanov. Habia hecho grandes esfuerzos para asegurarse de que, cuando llegara el momento, como parecia haber llegado ahora, no habria dudas sobre ello.

Desde la caida de la Union Sovietica, ella, su madre y el gran duque Sergei habian viajado cada ano a Rusia desde su domicilio en Madrid, y en sus visitas habian entablado amistad con dirigentes clave de la politica, la religion y el ejercito, aprovechando siempre cualquier ocasion para flirtear con la prensa. Habia sido una maniobra habil y cuidadosamente orquestada para crear la impresion duradera y muy publica de que Sergei, y solo Sergei, era el legitimo heredero del trono.

Si su estratagema habia sido audaz y descarada, tambien habia logrado dividir a la familia desde el principio, puesto que, aunque muchos apoyaban al gran duque Sergei en el complejo laberinto de aspirantes y pretendientes al trono, habia otros que reclamaban el mismo derecho. El mas notable era el principe Dimitri Vladimir Romanov, quien, a la edad de veintisiete anos, era el tataranieto del emperador Nicolas I y primo lejano de Nicolas II que, como cabeza de la familia Romanov, estaba considerado por muchos como el autentico heredero. Que su domicilio parisino en la avenue Georges V fuera el escenario elegido para la reunion de esta noche dificultaba mucho las cosas si los seguidores del gran duque Sergei cambiaban de pronto de opinion y decidian alinearse con el principe Dimitri.

Catalina descanso la vista sobre su madre, que se habia quedado dormida entre ellos dos, y luego miro a su hijo, que tenia la luz de pasajero encendida y estaba absorto en un solitario en el ordenador.

– ?Cuando llegaremos a Paris? -le pregunto de pronto a Octavio, el chofer, en espanol.

– Si no encontramos problemas, sobre las cinco de la tarde, gran duquesa.

Octavio la miro por el retrovisor; luego ella vio como levantaba la vista hacia algun punto distante detras de ellos y supo que se estaba asegurando de que el Saab negro seguia detras de ellos.

Fuera, las primeras mechas del amanecer en el horizonte eran todavia debiles y la promesa de un dia frio de invierno. A lo lejos pudo ver las luces de la ciudad de Toulouse, que en el siglo V habia sido capital de los visigodos y ahora era un centro de alta tecnologia y sede de los gigantes de la navegacion aerea y espacial, Airbus y Aerospatiale.

Toulouse.

De pronto la invadio una ola de melancolia. Hacia veintitres anos, y cinco anos antes de la muerte de su esposo, Hans Friedrich Hohenzollern de Alemania, el gran duque Sergei habia sido concebido ahi, en una suite del Grand Hotel de l'Opera.

Vio otra vez a Octavio mirando por el retrovisor.

– ?Hay algun problema? -le pregunto rapidamente. Esta vez su voz reflejaba preocupacion.

– No, gran duquesa.

Ella miro por encima del hombro. El Saab seguia alli, con dos coches entre medio. Se volvio, encendio la luz de su asiento y saco un crucigrama de su bolso para matar el tiempo y para alejar la preocupacion que iba creciendo en ella a cada kilometro que avanzaban. Este era el motivo de la presencia de los guardaespaldas y del pesado medio de transporte: un tren nocturno desde Madrid a San Sebastian, el breve tren de cercanias hasta Hendaya, y luego el trayecto de diez horas en coche hasta Paris; cuando un vuelo de Madrid a Paris llevaba poco mas de dos horas.

Viajaban de esta manera agotadora y laboriosa porque, a pesar del relativo secretismo que envolvia la reunion de esa noche, habia gente que estaba al corriente, y los brutales asesinatos de cuatro expatriados rusos en America un ano antes todavia coleaban. Cada una de las victimas habia sido un destacado Romanov -un dato que poca gente, fuera de los propios familiares, conocia, pero sabido y protegido por los investigadores rusos que aterrizaron en la escena de los crimenes por miedo a que se convirtiera en una bomba politica, tanto en el pais como en el extranjero-, y todos ellos fervientes y acerrimos seguidores del gran duque Sergei. Ademas, los asesinatos tuvieron lugar en un momento en que los rumores de reinstauracion de la monarquia circulaban con casi tanta fuerza como ahora. Incluso se habia organizado una reunion familiar para hablar del asunto pero, a causa de los asesinatos, habia sido bruscamente cancelada.

En aquel momento ella protesto ante el gobierno ruso, insinuando que los asesinatos habian sido cometidos para silenciar a las voces familiares leales al Gran Duque, pero de esta suposicion no se hallaron nunca pruebas. En cambio, los crimenes fueron atribuidos al loco Raymond Oliver Thorne, quien se encontraba en todos los

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