Halliday hacia Kovalenko.
– No tengo esta respuesta. -Kovalenko sonrio-. Pero puedo decirle que Alexander Cabrera no es solo muy importante, sino que su negocio es extremamente prospero. Es propietario de una empresa global de viaductos, con oficinas en todo el mundo. Mantiene despachos y suites permanentes en hoteles de cinco estrellas en una docena de importantes ciudades del mundo, incluida una aqui en Paris, en el hotel Ritz.
– ?Cabrera esta aqui en Paris?
– No estoy al tanto de su paradero actual, solo le he dicho que tiene una suite aqui. No trate de ver coincidencias donde no las hay, senor Marten. Me costaria mucho pensar que Cabrera puede ser el mismo que su infame Raymond Thorne.
– Halliday lo creia.
– ?Lo creia, o se trata simplemente de una anotacion, de algo que tenia previsto preguntarle al doctor Odett?
– Obviamente, es algo que no sabremos nunca porque los dos estan muertos.
Marten miro a Kovalenko en silencio, luego se acerco a la ventana y miro afuera. Por un largo instante se quedo sencillamente alli, frotandose las manos para paliar el frio y mirando la nieve que caia formando remolinos.
– ?Como ha llegado a saber tanto de Alexander Cabrera? -pregunto, finalmente.
– Es el hijo mayor de sir Peter Kitner.
– ?Como? -Marten se quedo estupefacto.
– Alexander Cabrera es el hijo de un matrimonio anterior.
– ?Se trata de algo de dominio publico?
– No. De hecho, creo que lo sabe muy poca gente. Incluso dudo de que lo sepa su propia familia.
– Pero usted lo sabe.
Kovalenko asintio con la cabeza.
– ?Por que?
– Digamos, simplemente, que lo se.
Ahi estaba, la confirmacion de que Kovalenko llevaba su propia agenda. Marten decidio presionar todo lo que Kovalenko le permitiera.
– De modo que volvemos a Kitner.
Kovalenko encontro su vaso y lo cogio.
– ?Le apetece una copa, senor Marten?
– Me gustaria que me contara usted lo que pasa con Peter Kitner. El motivo por el que va a asistir a la cena de los Romanov esta noche.
– Porque, senor Marten… sir Peter Kitner es un Romanov.
59
El atico frontal del numero 127 de la avenida Hoche era amplio y estaba pintado y decorado desde hacia poco tiempo. Tenia dos dormitorios tipo suite y una zona privada para el servicio. Desde las ventanas, hasta cuando nevaba, se veia el Arco de Triunfo iluminado a dos manzanas y el intenso trafico de ultima hora de la tarde que lo rodeaba.
La gran duquesa Catalina Mikhailovna y su madre, la gran duquesa Maria, compartirian una de las suites. El hijo de Catalina, el gran duque Sergei Petrovich Romanov, ocuparia la otra. La zona de servicio, en la que habian sido colocadas dos camas individuales, seria utilizada por sus cuatro guardaespaldas, dos de los cuales estarian siempre de guardia. Era la manera en que lo habia dispuesto la gran duquesa Catalina, y asi seria hasta que se marcharan al cabo de dos dias. Para entonces, estaba convencida, la muchedumbre haria cola en las aceras de la avenida con la esperanza de poder ver a su hijo, el recien elegido
– Como en Moscu -dijo su madre, la gran duquesa Maria, al ver nevar por la ventana del salon.
– Si, como en Moscu -dijo Catalina. A pesar del largo viaje, las dos mujeres estaban frescas, elegantemente vestidas y ansiosas por empezar la velada. De inmediato, alguien llamo a la puerta. -Adelante. -Se volvio mientras la puerta se abria, y ella esperaba ver entrar a su hijo, vestido y listo para el breve recorrido que los llevaria hasta la casa de la avenue Georges V. Pero era Octavio, el guardaespaldas con la cara llena de cicatrices.
– Hemos registrado todo el inmueble y es seguro, alteza. Hay dos puertas que dan al callejon de atras; ambas estan cerradas. Una de ellas no lo estaba, pero ahora lo esta. En la entrada principal hay un conserje apostado las veinticuatro horas del dia. Su jefe esta al tanto de nuestra llegada. No se permitira el acceso al atico de nadie que no tenga nuestra autorizacion.
– Muy bien, Octavio.
– El coche esta dispuesto, alteza.
– Muchas gra…
La gran duquesa Catalina Mikhailovna se detuvo a media frase. Miraba detras de Octavio adonde se encontraba su hijo, bajo el umbral de la puerta, al que la luz del pasillo le subrayaba los hombros y lo banaba en un tono dorado. Vestido con un traje oscuro a medida sobre una camisa blanca almidonada, con una corbata de seda natural de color burdeos oscuro, el pelo con la raya a un lado y luego peinado ligeramente hacia atras, estaba mas guapo de lo que jamas se le habia aparecido. Mas que su presencia, habia en el una actitud que superaba su belleza fisica. Era una actitud culta, segura y majestuosa. Si antes le habia cabido alguna duda, mientras lo tenia a su lado en el coche, jugando a juegos de ordenador, como un veinteanero cualquiera, el pelo alborotado, en tejanos y con una sudadera, ahora ya no tenia ninguna. El chico de antes habia desaparecido. En su lugar estaba un hombre maduro, de educacion refinada y totalmente capacitado para convertirse en el lider de una nacion.
– ?Estan listas, madre, abuela? -dijo.
– Si, estamos listas -dijo Catalina, y luego sonrio y lo llamo por primera vez por el nombre que estaba convencida de que todo el mundo usaria a la misma hora del dia siguiente-. Si, estamos listas,
60
Peter Kitner metio un brazo y luego el otro en la camisa formal almidonada. Normalmente habria tenido a su mayordomo frances ayudandolo, pero, debido a la nieve, el hombre no habia podido llegar. En vez de el era su secretario personal, Taylor Barrie, quien lo ayudaba ahora a vestirse y le pasaba los pantalones forrados de seda del
De entre todas las noches en que Barrie podia ser solicitado para actuar como criado, esa era la peor. El magnate estaba furioso, en especial contra Barrie, y, desde el punto de vista de Kitner, tenia un buen motivo para ello: Barrie habia sido incapaz de organizarle la reunion privada que le habia pedido con Alexander Cabrera y la baronesa Marga de Vienne. El lugar no habia sido un problema: una mansion aislada cerca de Versalles habia sido localizada y se habian hecho los preparativos pertinentes para que pudieran utilizarla la manana del dia siguiente. El problema habia sido localizar a Cabrera y a la baronesa. Lo maximo que Barrie habia podido hacer fue dejarles mensajes, lo cual habia hecho en todos los sitios que habia podido: para Cabrera en el hotel Ritz, en su sede principal de Buenos Aires y en su sede europea en Lausana; para la baronesa en su hogar en Auvergne y en su apartamento de Zurich. En todos los casos le habian dicho educadamente que las personas a las que buscaba estaban de viaje y, sencillamente, no estaban disponibles. Era una respuesta que sabia que Kitner se tomaria
