cantidad considerable y le ordeno que no intentara volver a ponerse en contacto con la familia, ni utilizar su nombre, ni divulgar quienes eran. Pero todavia no habian terminado. Su ultima peticion fue la mas cruel de todas: que abortara al hijo que llevaba en el vientre.

Encolerizada, rotundamente, a gritos, ella se nego. Paso un dia, luego dos, y no ocurrio nada. Pero al tercer dia aparecio a su puerta un hombre cauteloso y de ojos oscuros. Le dijo que le habian concertado hora en una clinica para someterse a un aborto y que debia acompanarlo. Ella se nego de nuevo absolutamente y trato de cerrarle la puerta en la cara. Pero lo que recibio a cambio fue una fuerte bofetada y la orden tajante de que recogiera sus cosas. A los pocos minutos estaban los dos en un coche. Para ella era como volver a revivir lo de Napoles. Violacion o aborto contra su voluntad, la vejacion era la misma. El mayor error de su secuestrador fue permitirle recoger sus efectos: en su bolsa llevaba el cuchillo que habia utilizado en Napoles y que guardaba para un momento exactamente como aquel. Al cabo de unos instantes se pararon en un semaforo. El hombre le sonrio tibiamente y le dijo que el lugar al que se dirigian estaba tan solo a una manzana, y que pronto todo habria terminado.

Y asi fue para el. Antes de que el semaforo cambiara de color ella saco el cuchillo de su bolso y, de un solo gesto, le secciono la garganta. En un segundo abrio la puerta del coche y salio corriendo, convencida de que la pillarian en cualquier momento y la mandarian a la carcel por el resto de sus dias. Recogio sus cosas y se marcho de Paris el mismo dia, en un tren que la llevo hasta Niza. Alli alquilo un apartamento cualquiera y vivio del dinero que le habia entregado la familia Kitner. Al cabo de seis meses nacio Alexander. Todo aquel tiempo vivio esperando a la policia, que jamas llego. Mirando atras, la unica explicacion que se le ocurria era que no habia habido testigos de su crimen y que la familia Kitner, temiendo quedar expuesta, no habia comunicado nunca a la policia su relacion ni con la victima, ni con ella. De todos modos, ella habia vivido todos aquellos meses llena de ansiedad y esforzandose por controlar su temor a la policia y por apaciguar la rabia por lo que le habian hecho. Luego, con su bebe Alexander sano en sus brazos, se concentro en su futuro.

Las acciones deliberadas y odiosas de la familia de Peter Kitner habian sido una cosa. De alguna manera, podia entender e incluso aceptarlo como el mismo tipo de comportamiento humano perverso, cruel y arrogante que habia mandado a su padre al gulag y habia llevado al brutal violador a atacarla.

Lo que no podia entender ni aceptaria nunca era el comportamiento del propio Peter Kitner. El hombre que le habia jurado que la amaba por encima de todo, que la habia dejado embarazada y que se habia casado con ella, que compartia el mismo sueno de Rusia que ella… cuando recibio la orden de apartarse de ella por parte de sus padres, se limito a cumplirla y se alejo de su vida.

Ni una sola vez se planto y declaro su amor. Ni una sola vez salio a defenderla, ni a ella ni a su relacion. Ni una sola vez hizo nada por ella ni por su hijo por nacer. Ni una sola vez le dedico una palabra amable o de consuelo. Lo unico que hizo fue cruzar la habitacion y salir, sin volverse ni una sola vez a mirarla. Su padre, sin embargo, se volvio a mirarla y le sonrio y le mando un beso cuando se lo llevaban al tren que lo trasladaria al gulag.

Su padre habia sido un ser orgulloso, amable y rebelde. Para ella representaba el alma de Rusia. Peter Kitner era el heredero directo de la corona; sin embargo, se limito a acatar las ordenes para proteger el linaje imperial, y mas tarde a hacer lo mismo, casandose con una miembro de la familia real espanola y criando a una familia de la estirpe real adecuada.

Tal vez esta parte estaba dispuesta a aceptarla, pero el hecho de que la abandonara sin ni siquiera mirarla, sin ni siquiera darle tan poco, era algo que jamas le perdonaria y por lo que habia jurado que un dia pagaria con creces.

Y lo hizo. Con la vida de su hijo. Con la corona de Rusia. Y seguiria pagando.

Con lo que todavia quedaba por llegar.

8

San Petersburgo, miercoles 29 de enero, 12:15 h

La comitiva ocupaba toda una manzana. Sonaban las bocinas y las sirenas ululaban. Multitud de confeti de colores caia de los edificios de apartamentos y de oficinas en los que, a pesar del frio intenso, cientos de personas aplaudian desde las ventanas abiertas de par en par, mientras que miles de individuos ocupaban las aceras de abajo.

El objeto de su atencion eran las figuras que asomaban por el techo abierto de una limusina Mercedes negra rodeada por ocho Volgas negros.

Alexander, con un traje a medida de color gris, sonreia radiante y saludaba a la emocionada muchedumbre al pasar. A su lado iba Rebecca, envuelta en un abrigo de vison largo hasta los pies y con un gorro tambien de vison que le protegia la cabeza. Sonreia, bella y elegante. Para la gente mayor y de mediana edad eran como los jovenes Jack y Jackie Kennedy. Para los jovenes, eran como estrellas del rock.

Y esta era la intencion.

Menos de cuarenta y ocho horas antes Alexander Cabrera Nikolaevich Romanov habia sido nombrado oficialmente zarevich por el presidente Gitinov en una presentacion muy publica del mismo a las dos camaras del Parlamento, en Moscu. La respuesta de los miembros de la Duma, la Camara baja, y del Consejo Federal, la Camara alta, habia sido inmediata: una atronadora ovacion de pie por parte de todos sus miembros excepto de unos cincuenta comunistas de la linea dura que demostraron su descontento abandonando la sala.

El discurso de aceptacion por parte de Alexander no habia sido menos entusiasta y emotivo que el aplauso, puesto que rendia homenaje a su abuelo, Alexei Romanov, hijo del zar Nicolas, y a su padre, el zarevich Petr Mikhail Romanov Kitner, quienes con tanto cuidado habian protegido la historia de la huida de Alexei de la masacre de la casa Ipatiev y, de esta manera, conservaron la autentica linea de sucesion hasta que llego el momento oportuno para restaurar la monarquia. Luego dio las gracias al presidente Gitinov y a los miembros del Parlamento, a Nikolai Nemov, el alcalde de Moscu, al mariscal Golovkin, ministro de Defensa de la Federacion Rusa, y muy especialmente a Gregorio II, el gran patriarca de la Iglesia ruso ortodoxa - todos ellos presentes- por haber tenido la gracia y la sabiduria de devolver el corazon y el alma de la historia rusa a su pueblo. Acabo hablando otra vez de su padre, alabandolo por haber considerado Rusia no como una nacion debilitada, vieja, corrupta y decadente, sino como un pais joven y vibrante; con problemas, si, pero libre ya de los horrores del estalinismo, el comunismo y la guerra fria, y totalmente dispuesta a renacer desde sus cenizas. Era la juventud de Rusia quien marcaria el camino, le habia dicho, y este era el motivo por el que su padre, con tanta generosidad, se habia apartado a un lado a favor de un Romanov mas joven, que estaria al frente de esa juventud. Juntos llevarian a Rusia hacia un manana prospero, noble y saludable.

El discurso, retransmitido en directo a las once zonas horarias del pais y por las cadenas de television en ruso de todo el mundo, duro solo treinta y dos minutos y acabo con una segunda ovacion de pie que duro quince minutos mas. Cuando acabo, Alexander Cabrera Nikolaevich Romanov se habia convertido no solo en el zarevich de Rusia, sino en un heroe nacional.

Al cabo de veinticuatro horas, con camaras de practicamente todas las agencias de noticias existentes abarrotando el salon dorado del Kremlin que antano habia sido el salon del trono de los zares, presento a la bellisima Alexandra Elisabeth Gabrielle Christian como su prometida y como la mujer que, tras la coronacion, se convertiria en la zarina de Rusia.

– La habria llamado Alexandra, pero ella prefiere su nombre de pila, Rebecca -bromeo carinoso mientras la rodeaba con un brazo-. Supongo que es para no confundirme.

Eso hizo reir a todos. De la noche a la manana, como de la nada, habia nacido un Camelot ruso y la nacion y el mundo enloquecieron.

– ?Saluda, carino! -le grito Alexander por encima del bullicio de la muchedumbre que les lanzaba el confeti

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