arriesgue mi vida por seguir contando falsedades? ?Estoy dispuesto a morir por las mentiras que cuento?
De nuevo reino el silencio y Marten no tenia ni idea de que era lo siguiente que pensaban hacer. De pronto, alguien le quito la correa que le ataba las munecas. Oyo unos pasos que se retiraban y el sonido de una puerta que se abria y luego se cerraba con llave detras de el. Inmediatamente, se quito la venda que le tapaba los ojos. La diferencia fue minima: la habitacion a la que lo habian llevado estaba oscura como la noche.
Se levanto a tientas y trato de encontrar la puerta. Palpo con las manos por una pared y luego por otra, y por otra. Finalmente noto los paneles de madera de la puerta. Siguio buscando con las manos hasta que encontro el pomo. Giro, pero no se abrio. Tiro con fuerza, pero no consiguio nada. Siguio buscando por la pared hasta que encontro las bisagras, pero estaban bien apretadas. Necesitaria un martillo y un cincel o destornillador para sacarlas.
Volvio a cruzar la habitacion a tientas, estuvo a punto de caerse por encima de la silla y luego se sento. Estaba en un armario grande o en un trastero de algun tipo. De vez en cuando podia oir rumores de la ciudad, un claxon, una sirena, pero eso era todo. Lo unico que tenia era una silla y la oscuridad, y nada mas que la ropa que llevaba… la misma ropa que cuando salio del salon de baile de la Villa Enkratzer, el esmoquin facilitado por Alexander Cabrera, ahora roto y arrugado. Levanto la mano y se toco la cara. Lo que sintio era mas que una barba incipiente: llevaba ya una buena barba.
11
Se oyo un ruido y la puerta se abrio. Creyo ver la silueta de tres hombres con la escasa luz del pasillo de fuera.
– Venga. -Era la misma voz ronca y con acento raro de antes.
– ?Que dia es? ?Que mes? -pregunto Marten, tratando al menos de situarse en el tiempo.
– ?Silencio!
De pronto se le acercaron dos hombres, lo sujetaron y lo llevaron hacia la puerta. Por un instante vio dos cabezas con pasamontanas que aguardaban en el pasillo. Le volvieron a vendar los ojos y se lo llevaron hacia delante. Otra vez las escaleras, esta vez de bajada. Tres tramos. Y por un pasillo y luego una puerta. De pronto, el aire frio y fresco lo golpeo y el respiro profundamente.
– Orine -le ordeno una voz-, orine.
Unas manos lo empujaron contra una pared. El hurgo en su bragueta y se saco el pene. Le sento bien. Antes habia pensado que iba a reventar, habia golpeado la puerta y habia gritado para que alguien lo llevara a un lavabo, pero no vino nadie y estuvo a punto de orinar en el suelo de la habitacion. Fue entonces cuando la puerta se abrio y entraron a llevarselo adonde estaba ahora, y donde se pudo aliviar finalmente.
Al instante en que hubo terminado y se subio la bragueta, unos brazos fuertes lo llevaron por encima de un pavimento de adoquines. Luego los mismos brazos lo subieron y sintio otras manos que lo atrapaban desde alli. Oyo el sonido de una puerta corredera que se cerraba. De pronto, el lugar en que se encontraba dio una sacudida hacia delante y estuvo a punto de perder el equilibrio. De nuevo le ataron las munecas y unas manos lo cogieron y lo obligaron a echarse boca abajo en el suelo. Olia a humedad y supo que estaba en la parte de atras de un furgon y sobre algun tipo de moqueta. Sintio otra sacudida y el vehiculo cogio velocidad. De pronto noto como levantaban la moqueta por encima de sus hombros y entonces lo enrollaron con ella, una y otra vez.
«Dios mio -penso-, me estan enrollando dentro de una alfombra.»
Entonces pararon de darle vueltas y todo quedo en silencio, excepto por el ruido del furgon cuando el chofer cambiaba de marchas, se situaron en una carretera lisa y empezaron a viajar a velocidad de autopista.
12
Trece dias despues de que el inspector Beelr de la Policia Cantonal de Zurich lo hubiera metido en el correo, el sobre llego y lo esperaba en la mesita del recibidor cuando Kovalenko llego a su casa.
– Papa. -Yelena, su hija de nueve anos, corrio pasillo abajo-. ?Sabes que he hecho en el cole, papa?
– No lo se, ?que has hecho? -dijo Kovalenko, mientras cogia el sobre.
– Adivinalo.
– ?Que quieres que adivine? Haces cientos de cosas.
– Adivinalo igualmente.
– Un dibujo.
– ?Como lo sabes?
– Lo he adivinado.
– ?Un dibujo de que?
– ?Y yo que se! -Hizo girar el sobre entre las manos, dudando sobre que hacer con el. La inspectora jefe Irina Malikova le habia dicho que le llevara el disquete directamente al instante de recibirlo, de dia o de noche. ?Por que, cuando apenas unos instantes antes le habia dicho «inspector, le resultara mas que obvio que el primer
Por otro lado -con Alexander Cabrera y la hermana de Marten, una hermana adoptiva, segun se le habia recordado a la prensa, recientemente presentados como miembros de la realeza europea, un motivo de alegria no solo para Rusia sino para el mundo entero-, ?que podia hacer el con aquella informacion? Tenia ordenes de entregar el disquete al instante de recibirlo. No sabia si lo estaban vigilando los de su propio departamento para asegurarse de que lo hacia, o si el servicio de seguridad de Correos habia recibido instrucciones de estar atentos al correo que le llegara de Europa y lo notificara de inmediato a la recepcion. ?Que alternativa tenia? ?Arriesgarse a hacer una copia del mismo y luego investigar por su lado para conseguir unas huellas digitales del
Tal vez, solo tal vez, si Marten estuviera vivo, podria haber hecho una copia del disco y arriesgarse a perder su trabajo, o incluso a pasar una temporada en la carcel con el fin de poder demostrar algo juntos. Pero «tal vez» no era una idea viable porque Marten estaba muerto y a el lo habian mandado de regreso a Moscu, lo cual, basicamente, lo apartaba del caso. La inspectora jefe Malikova estaba esperando que le entregara la mercancia cuando llegara. Ahora la tenia en las manos.
– Papa -le pregunto Yelena, impaciente-, ?que estas haciendo?
– Pensar.
– ?En mi dibujo?
– Si.
– ?Y que crees que es?
– Un caballo.
– No, es una persona.
– Y supongo que ahora querras que adivine que persona es.
– No, tontito -se rio Yelena, y luego lo tomo de la mano y lo llevo por el pasillo hasta la cocina. Tatiana estaba delante del fuego, de espaldas a ellos. Sus hijos, Oleg y Konstantin, estaban ya sentados a la mesa, esperando la cena. Yelena cogio un dibujo de una mesita lateral y se lo escondio detras, mientras le sonreia a su padre con picardia.
– Es un retrato. De alguien que conoces.
– Mama.
– No.
– Oleg.
