– No.

– Konstantin.

– No.

– Yelena, no puedo decir todos los nombres del mundo.

– Un intento mas.

– Va, dime quien es.

– ?Tu! -con una sonrisa radiante, Yelena le mostro una caricatura perfecta de el. Unos ojos grandes en una cara ancha y cubierta de una gran barba, y una barrigota.

– ?Es esta al pinta que tengo?

– Si, papa. Y te quiero.

Kovalenko sonrio y por un momento se olvido del disquete y de todo lo que suponia.

– Yo tambien te quiero, Yelena. -Se agacho, cogio a su hija en brazos y apoyo la cabeza contra la de ella, como si nada mas en el mundo importara.

13

Ministerio de Justicia, 21:30 h

Clic.

La foto del arresto de Raymond Oliver Thorne del LAPD aparecio en la pantalla de diecisiete pulgadas del ordenador de la inspectora jefe Irina Malikova. Dos fotos, una de frente y la otra de perfil.

Su mano toco el raton.

Clic.

Las huellas de Raymond Oliver Thorne. Claras, perfectamente legibles.

Malikova miro a Kovalenko.

– ?No hay ninguna copia mas?

– Como le dije antes, no que yo sepa. Los archivos originales y varias bases de datos con el historial de Thorne han desaparecido, algunos simplemente robados y otros pirateados y borrados. Del mismo modo que las personas que ayudaron a Thorne a fugarse del hospital, o que intervinieron en el envio del cadaver de un Juan Perez cualquiera del deposito hasta el crematorio en su lugar, han tambien desaparecido o estan muertos. El cirujano plastico que viajo a la Argentina para reconstruir la cara y el cuerpo de Cabrera despues de su «accidente de caza» tambien esta muerto, atrapado en el incendio de un edificio que no solo lo mato, sino que destruyo todos sus historiales medicos.

– ?Y esto? -Irina Malikova miro el resto del contenido del sobre que Kovalenko le habia llevado: un billete de avion a nombre de James Halliday de Los Angeles a Buenos Aires, y una pagina arrancada de la agenda de Halliday en la que habia apuntado al rastro de un cirujano plastico llamado Hermann Gray, a quien Halliday habia seguido de Los Angeles a Costa Rica, y de alli a la Argentina.

– He pensado que tenia usted que verlo todo -dijo Kovalenko a media voz. Le habia dicho a Marten que le habia entregado al inspector Beelr un sobre con el disquete y el billete de avion de Halliday para que se lo mandara a su esposa, pero no le habia dicho nada de que habia incluido una pagina de la agenda de Halliday. No hubo motivo para hacerlo.

– ?Nadie mas esta al corriente de esto?

– No.

– ?Ni los franceses?

– No.

– Gracias, inspector.

Kovalenko vacilo.

– ?Que tiene intencion de hacer con esto?

– ?Con que?

– Con este material, inspectora jefe.

– ?Que material, inspector Kovalenko?

Kovalenko la miro unos segundos.

– Entiendo -dijo, y se levanto-. Buenas noches, inspectora jefe.

– Buenas noches, inspector Kovalenko.

Kovalenko sintio como lo seguia con los ojos mientras cruzaba el cubiculo y se dirigia a la puerta.

Aquel material no existia. Ni el disquete, ni el billete de avion, ni la pagina de la agenda. Aquello por lo que Halliday habia muerto, aquello que el y Marten le habian ocultado con tanto cuidado a Lenard, aquello que el acababa de entregarle, sencillamente, no existia. Y nunca habia existido.

14

– Trabaja usted para la CIA.

– No, soy estudiante.

– ?Como se infiltro en el circulo mas privilegiado de Rusia?

– Soy estudiante.

– ?Quien es Rebecca?

– Una amiga.

– ?Donde esta ahora?

– No lo se.

– Trabaja usted para la CIA. ?Quien es su contacto? ?Cual es su base?

A oscuras, Marten no tenia ni idea de donde estaba ni de cuanto tiempo llevaba alli. Dos dias, tres, cuatro. Una semana. Tal vez hasta mas. El viaje en el furgon, atado y enrollado dentro de la alfombra, le parecio interminable, pero seguramente, en realidad no habia durado mas de cinco o seis horas. Luego lo sacaron con los ojos vendados. Como en Roterdam, tuvo que subir escaleras, esta vez cuatro tramos, y como en Roterdam, lo dejaron solo en una habitacion pequena y sin ventana. La unica diferencia era que ahora disponia de un pequeno lavabo con retrete y lavamanos, y de un catre con almohada y mantas. De la familia que le habia salvado la vida no tenia mas noticias.

En este mismo periodo, sus captores le ataron las manos y le vendaron los ojos para sacarlo de su celda al menos una docena de veces, para llevarlo un tramo de escaleras mas abajo, hasta una sala en la que el hombre de la voz gutural, aliento de fumador y el acento fuerte lo esperaba para hacerle cada vez las mismas preguntas. Y cada vez le daba las mismas respuestas. Y cuando lo hacia, las preguntas se repetian una y otra vez.

– Trabaja usted para la CIA. ?Como se infiltro en el circulo mas privilegiado de Rusia?

– Me llamo Nicholas Marten, soy estudiante.

– Trabaja usted para la CIA. ?Quien es su contacto? ?Cual es su base?

– Me llamo…

– ?Quien es Rebecca? ?Donde esta ahora?

– Una amiga. Me llamo…

A estas alturas se habia convertido en un reto de voluntades. Aunque Marten, como detective de homicidios del LAPD, estaba bien instruido en el arte del interrogatorio, no le habian ensenado lo que era estar al otro lado de la barrera, siendo interrogado en vez de haciendo las preguntas, y desde luego no contaba con ningun abogado

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