todo.

—?Que hay que arreglar? ?Que...?

—?No te preocupes! —la interrumpio con brusquedad.

Dedico la tarde al cuidado de los animales e intento acercarse a la zona del muro tras la que debia continuar escondida Isabel, pero no consiguio hacerlo lo suficiente como para hablar con la nina, aunque fuera con el muro de por medio. Yusuf estaba permanentemente a su lado, atento, interesado, queriendo aprender y preguntando sin cesar el porque de cada cuidado que Hernando procuraba a los animales. Con todo, en un momento en que se hallaban cerca del lugar en el que debia encontrarse Isabel, Hernando mostro a Yusuf los belfos de los caballos, impregnados de tierra.

—?Sabes por que? —le pregunto.

—Por buscar las raices —contesto el muchacho, extranado ante el hecho de que Hernando le plantease entonces una cuestion tan sencilla.

—?Es porque no hay comida! —Dijo Hernando levantando la voz, simulando mirar mas alla del muro—. Esta noche no habra comida. —Grito—: ?Hay que aguantar hasta manana!

—Ella ya ha comido —le susurro entonces Yusuf. Hernando dio un respingo—. Oi llantos y fui a ver que pasaba... —se explico el nino—. Le di un pedazo de pan. No te preocupes —anadio apresuradamente ante la evidente alarma de Hernando—: no te delatare.

?Y manana?, penso no obstante el morisco. Dio una palmada afectuosa al rostro del pequeno Yusuf y miro al cielo plomizo que cubria Sierra Nevada.

Esa noche, Fatima, instigada por una preocupada Aisha, tambien se acerco a el para enterarse de que le sucedia, y lo hizo con tal dulzura que Hernando creyo ver su rostro a traves del velo que lo cubria.

Llevo los dedos de su mano derecha al velo para alzarlo, pero un ruido hizo que Fatima escapase.

—?Y la cebada? —pregunto Salah.

Fue el mercader quien puso en fuga a Fatima justo en el momento en el que el se disponia a alzarle el velo. Pese a su obesidad, el comerciante se habia deslizado silenciosamente en la estancia en la que ella habia abordado a Hernando, antesala de las escaleras que descendian a los sotanos, donde el mercader escondia sus tesoros. En su huida, Fatima intento pasar de lado para no rozar al gordo comerciante, pero este jugueteo unos instantes con la muchacha, disfrutando de su contacto.

Hernando todavia tenia los dedos extendidos y la mano abierta hacia un velo que habia desaparecido, con el susurro de la voz de Fatima acariciandole los oidos.

—?Dejala! —grito—. ?A que tanto interes en la cebada? —replico con acritud tras comprobar que Fatima escapaba del asedio de Salah y corria al piso superior.

—Porque no habra cebada. —Los ojillos de Salah brillaron a la tenue luz de una linterna que colgaba del techo, sobre el primer escalon—. Todo el mercado habla de un joven morisco con alfanje al cinto que tiraba de una preciosa nina cristiana entregada por el rey para comprar forraje.

—?Y?

—La nina no esta aqui y tampoco la has vendido. Nadie en

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