Trotaron un largo rato antes de que la nina volviera a hablar:

—?Por que lo haces?

Hernando no contesto. ?Por que lo hacia? ?Por Gonzalico? ?Por el calor de aquellas manos que mantuvo agarradas durante la ultima noche del pequeno? ?Por la union que tuvo con Isabel mientras los dos miraban como Ubaid lo asesinaba, o simplemente porque no queria que cayese en manos de algun berberisco o cristiano renegado? Ni siquiera se lo habia planteado hasta entonces. Se limito a actuar... ?como le ordenaba su instinto! Pero realmente, ?por que lo hacia? Solo se buscaba problemas. ?Que habian hecho los cristianos por el para que defendiese a una de las suyas? Isabel volvio a preguntarle por que lo hacia. Espoleo al morcillo para que se pusiese al galope. ?Por que?, insistia la nina. Azuzo todavia mas al caballo y alcanzo el galope tendido. Agarraba a Isabel por la barriga para que no se cayese. No pesaba. Era solo una nina. Por eso lo hacia, concluyo con satisfaccion mientras el viento le azotaba el rostro. ?Porque no era mas que una nina!

Ninguno de los moriscos con los que se cruzaron intento detenerlos. Se apartaban de su camino mostrando interes en aquella extrana pareja a caballo: una figura femenina vestida de blanco con la cabeza y el rostro tapado, agarrada por un jinete que cabalgaba altivo con sus ricos ropajes y el alfanje golpeando el costado del caballo.

Antes del mediodia llegaron a los alrededores de Berja, la ciudad donde cada casa tenia un jardin y en la que varias torres defensivas descollaban por encima del vecindario. El ultimo trecho lo hicieron al paso para procurar un descanso al caballo. Fue entonces cuando sintio el contacto del joven cuerpo de Isabel. La nina se recostaba totalmente contra el. El vestido, en su abdomen, alli por donde la mantenia firme, estaba empapado en sudor, y Hernando noto la barriga de Isabel, dura y en permanente tension.

Desecho aquellas sensaciones a la vista de Berja. En el exterior de la ciudad la gente trabajaba los campos y algunos soldados cristianos descansaban mientras otros recogian forraje para los caballos. Los soldados detuvieron sus quehaceres ante la aparicion de Hernando. El sol del mediodia caia a plomo. El morcillo, refrenado, sintiendo la tension de su jinete, bailo resoplando en el sitio: el rojo de su pelo centelleaba, al igual que la capa de Hernando... Y al igual que la armadura del marques de los Velez y la de su hijo, don Diego Fajardo, ambos de pie a la entrada del pueblo.

Desmonto a Isabel en el momento en que un grupo de soldados corria ya hacia el con sus armas preparadas. Desde lo alto del morcillo, arranco el velo de la muchacha y dejo que se mostrase su cabello rubio. Entonces desenvaino el alfanje y lo apoyo en la nuca de la nina. Los soldados tropezaron entre si cuando los que iban en cabeza se detuvieron en seco, a poco mas de cincuenta pasos de la pareja.

—?Corre, nina! ?Apartate! —grito uno de ellos mientras intentaba cebar su arcabuz.

Pero Isabel se mantuvo quieta.

En la distancia, Hernando busco la mirada del marques de los Velez, que se la sostuvo durante unos instantes. Por fin parecio comprender lo que pretendia el morisco. Con un gesto de la mano indico a los hombres que se retirasen.

—La paz sea contigo, Isabel —le deseo Hernando tan pronto como los soldados cristianos obedecieron a su general.

Volvio grupas y abandono el lugar a galope tendido, volteando el alfanje en el aire y aullando como hacian los moriscos cuando atacaban a las tropas cristianas.

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