que descargar un golpe de alfanje. ?Todos eran musulmanes! Los cristianos los esperaban apostados en las casas, en su interior y en sus terrados planos, desde donde disparaban sin cesar. ?No necesitaban ni apuntar! Los hombres caian heridos o muertos por doquier. El olor a polvora y salitre inundaba las calles y el humo de los disparos de arcabuz casi le impedia ver que era lo que sucedia. Tuvo miedo, mucho miedo. En un instante comprendio que, como los demas jinetes, sobresalia por encima de todos: era, pues, un blanco facil y atractivo para los cristianos, amen de un estorbo para los moriscos que disparaban sus arcabuces y sus saetas desde las calles hacia los terrados. Espoleo al morcillo para escapar de aquella encerrona, pero el caballo fue incapaz de abrirse paso entre la muchedumbre. Una pelota de plomo volo junto a su cabeza. Hernando oyo su silbido cortando el aire. Aguanto sobre el morcillo, rezando agachado sobre su cuello. De repente sintio un lacerante dolor en el muslo derecho; una saeta le habia dado por encima de la rodilla. El dolor se le hacia insoportable cuando el ejercito musulman empezo a retirarse. El morcillo estuvo a punto de caer al suelo ante el gentio que ahora empujaba en su retroceso. Hernando se vio incapaz de dominarlo, pero milagrosamente el caballo se revolvio, giro por si solo y salio de la villa entre la riada de gente.

Aben Humeya insistio en sus ataques a lo largo de toda la noche. En el campamento morisco, un barbero obligo a Hernando a beber agua con hashish. Le hizo esperar mientras curaba a otros heridos para despues sajar la carne de su muslo, arrancar la saeta y coser la herida con habilidad. Entonces se desmayo.

Al amanecer, Aben Humeya cejo en su empeno y ordeno la retirada. Durante toda la noche, el marques de los Velez supo usar con acierto su posicion estrategica y continuo rechazando a los moriscos. Hernando se sumo al alocado galope de la corte del rey, con su pierna derecha colgando, incapaz de calzar el estribo, y los dientes apretados, esforzandose por no caer.

Detras quedaron casi mil quinientos muertos.

—Que el Profeta y la victoria te acompanen.

Estas habian sido las palabras con que Fatima se habia despedido de el antes de que partiera hacia Berja. ?Era la despedida que se brinda a un guerrero!

El ejercito del marques de los Velez no los perseguia —habria sido absurdo que saliera a campo abierto— y los moriscos caminaban maltrechos y desanimados hacia las sierras. El dejo que el morcillo avanzase a su paso, a la querencia de los demas caballos, y se refugio en el recuerdo de Fatima para olvidar la humillante derrota y el punzante dolor que sentia en la pierna.

Durante los dias posteriores a la liberacion de Isabel, antes de que Aben Humeya decidiera atacar Berja, Fatima se le habia ido acercando mas y mas, sin rencores y sin miedos. Aisha cuidaba de Humam y de sus hijos, mientras Brahim, que habia pasado por la casa donde vivia su familia solo para dejar constancia de su existencia, continuaba en Valor al lado de Aben Aboo; Barrax disfrutaba impudicamente con sus garzones y Ubaid desaparecio en el pueblo, a la espera de ser llamado por el arraez. Salah se movia compungido por sus trescientos ducados y los costosos ropajes con que se hizo Hernando, siempre atento a los sotanos en los que guardaba su tesoro.

Fatima y Hernando se buscaban y aprovechaban cualquier momento. Charlaban, paseaban y rememoraban juntos, a la luz del dia o bajo las estrellas, rozandose siempre, los acontecimientos vividos durante los meses anteriores. En uno de esos paseos, Fatima se sincero y le hablo de su marido, aquel joven aprendiz a quien habia querido mas como un hermano que como a un amante.

—Lo recuerdo en casa desde que era muy pequena. Mi padre le cobro carino... y yo tambien. —Fatima miraba a Hernando, como si intentara decirle algo con esas palabras. El se quedo en silencio, y ella prosiguio—: Era atento, y tierno... Fue un buen

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